El archipiélago político

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

A esta altura muy pocos ignoran que a Cristina no le gusta para nada el mundo en que viven los demás, razón por la que prefiere el propio, el del relato triunfal en que, acompañada por los muchachos de La Cámpora, está cambiando la Argentina para que se asemeje más al país paradisíaco de ciertos sueños estudiantiles de medio siglo atrás. ¿Y los demás integrantes de la clase política nacional? ¿Tienen los pies firmemente plantados en la tierra, son más realistas que la presidenta, menos propensos a buscar refugio en la fantasía? Puede que sí, pero sucede que ellos también suelen minimizar la gravedad de los problemas que cualquier gobierno tendría que enfrentar, sobre todo los planteados por una tasa de inflación que está entre las más altas del planeta. En cuanto a las distintas organizaciones políticas, están tan fragmentadas que el conjunto se parece más a un archipiélago conformado por un sinnúmero de pequeñas islas que al orden relativamente sencillo que se da en países de instituciones más fuertes y menos quebradizas. Dijo una vez el poeta T. S. Eliot que “la humanidad no puede aguantar mucha realidad”; los políticos, por deformación profesional, siempre están dispuestos a ofrecerle una alternativa más soportable. Aunque saben que no existen soluciones fáciles, si es que hay soluciones, para muchos problemas que afectan a millones de hombres, mujeres y niños, tienen que hacer creer que las tienen a mano y que, si no fuera por la terquedad, estupidez o malignidad de sus adversarios, las aplicarían enseguida en beneficio de virtualmente todos. Sólo en circunstancias muy especiales se animan a insinuar que para muchas personas buenas el futuro será peor que el presente. A su modo, son optimistas vocacionales. Incluso los presuntamente convencidos de que el país corre peligro de precipitarse muy pronto en una crisis descomunal se sienten constreñidos a dar a entender que todo saldría bien si el gobierno de turno prestara la atención debida a sus consejos. Por ser la política una actividad competitiva en que los participantes no tienen más opción que la de intentar incomodar a rivales tanto externos como internos, los “dirigentes” suelen atribuir la condición nada satisfactoria del país a los errores que a su juicio cometieron sus contrincantes actuales o, a lo sumo, sus antecesores inmediatos. Así, pues, los kirchneristas hablan como si creyeran que, en vísperas del golpe de marzo de 1976, la Argentina era un país próspero e igualitario, pero que militares envidiosos, seducidos por neoliberales aún más perversos, se las arreglaron para arruinar todo. Se trata de una ficción, claro está. En aquel entonces imperaba el caos más absoluto, razón por la que amplios sectores sociales se sintieron aliviados cuando la cadena nacional se puso a difundir música marcial. Lejos de estar en vías de transformarse en una socialdemocracia pujante, la Argentina se depauperaba con rapidez, mientras que el gobierno del general Juan Domingo Perón y quien sería su viuda ya había iniciado la guerra sucia contra Montoneros y un enjambre de bandas marxistas, maoístas o, por raro que parezca, una que se decía de inspiración norcoreana, de tal manera preparando el terreno para el baño de sangre que no tardaría en producirse. Otros, más olvidadizos aún, ubican el momento en que todo se vino abajo en la década menemista de los noventa cuando, dicen, desembarcaron los “neoliberales” con sus recetas antipopulares y antinacionales, con el propósito de destruir una economía que funcionaba muy bien. ¿Fue así? Desde luego que no. De no haber sido por la convertibilidad –un arreglo que Néstor Kirchner y su esposa apoyaron con entusiasmo–, la hiperinflación que sufría el país hubiera tenido consecuencias tan nefastas como las que siguieron al colapso del dique que, por algunos años, había servido para contenerla pero que finalmente se derrumbó debido a una coyuntura internacional insólitamente adversa combinada con la manía, al parecer incurable, de quienes estaban en condiciones de hacerlo de endeudarse hasta el cuello. Por desgracia, los problemas básicos del país no pueden ser imputados a la irrupción relativamente reciente de un grupo determinado de derechistas, izquierdistas, populistas o liberales. Tienen raíces muy profundas, ya que en muchos casos se remontan a la época colonial, lo que, huelga decirlo, significa que atenuarlos exigiría cambios un tanto más ambiciosos que los propuestos por políticos, oficialistas u opositores, que por motivos comprensibles son reacios a alarmar a la ciudadanía hablándole de reformas “estructurales” auténticas. Lo mismo que sus homólogos europeos y norteamericanos, se limitan a recomendar algunos retoques menores, aunque no pueden sino reconocer que sería mejor no tratar de prolongar por mucho tiempo más la vida de un “modelo” que ya está penosamente desactualizado. Bien que mal, la Argentina cuenta con ventajas que no tienen otros países que están en apuros, por motivos no tan diferentes, como Grecia, España, Portugal e Italia, pero la situación en que se encuentran los dirigentes es la misma; en una democracia, medidas que saben serían necesarias para rescatar una economía que está hundiéndose podrían resultar políticamente inviables. Todos los opositores y, según parece, algunos funcionarios del gobierno de Cristina coinciden en que hay que hacer algo a fin de frenar la inflación, pero nadie quiere entrar en detalles, lo que puede entenderse puesto que en todas partes los programas antiinflacionarios suponen ajustes dolorosos. Una vez más, pues, el país tiene que elegir entre apretarse el cinturón ya y mantener cruzados los dedos con la esperanza de que, de algún modo u otro, la inflación se vaya sin que nadie pierda nada. Puesto que es muy poco probable que un nuevo viento de cola procedente de China nos permita postergar las antipáticas reformas estructurales necesarias para que la Argentina aproveche mejor sus recursos más valiosos, los humanos, no sorprendería en absoluto que le aguardara una etapa signada por la estanflación, una recesión exasperante, pujas salariales inmanejables, protestas callejeras gigantescas y enfrentamientos políticos confusos, ya que el país no cuenta con partidos grandes equiparables con los que, en otras latitudes, ayudan a hacer más comprensibles los conflictos entre los diversos grupos de interés que, como es natural, quieren convencer a la ciudadanía de que su propio programa es el mejor.

SEGÚN LO VEO


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