Opinión (I)

Redacción

Por Redacción

De verbo arrabalero. Sabedor, en serio, de cafishos, fiolos y prostitutas de la calle Tucumán al 700. Ahí donde de los hoteles sale tanto la cumbia villera como el fragor del tango. Cantor de los que ya no quedan. Porque el tango, hoy que es tanto una cuestión de espíritu como una industria, hoy -siglo XXI- en que un grupo de grandes del género ha decidido crear un posgrado en la materia que volvió famoso a Carlos Gardel, los hombres de la noche, hijos auténticos de la fiebre del dos por cuatro, no son tantos como se supone.

Su voz afinada y poderosa, su expresión poblada de juegos, su presencia de cantor inagotable, lo hicieron una leyenda contemporánea. Si quedará o no en el álbum de figuritas de los que forjaron la música porteña por excelencia y que hoy es música de países como Colombia, Chile, Japón y París, habrá que discutirlo dentro de unos años.

Alberto Castillo fue un tanguero de ley. Un diploma que no se consigue más que en la calle. No casualmente lo llamaban el cantor de los cien barrios porteños. Porque estaba al tanto de como suena la lluvia en los adoquines, y de los interminables festivales del rubro en plaza Almafuerte, ahí en la frontera entre Pompeya y Parque Patricios.

Si, ya se sabe, no son cien los barrios porteños. Son algo más de cuarenta. Pero qué importa la inflación barrial que definió a Alberto Castillo cuando nos entregó tanto con tanto desparpajo.

(C.T./C.A.)


De verbo arrabalero. Sabedor, en serio, de cafishos, fiolos y prostitutas de la calle Tucumán al 700. Ahí donde de los hoteles sale tanto la cumbia villera como el fragor del tango. Cantor de los que ya no quedan. Porque el tango, hoy que es tanto una cuestión de espíritu como una industria, hoy -siglo XXI- en que un grupo de grandes del género ha decidido crear un posgrado en la materia que volvió famoso a Carlos Gardel, los hombres de la noche, hijos auténticos de la fiebre del dos por cuatro, no son tantos como se supone.

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