Un periodismo mágico

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Cuando el bisoño redactor polaco emprendió viaje a la India su jefe tuvo la astucia de regalarle un ejemplar de “Los nueve libros de la historia”, un clásico de la historiografía cuyos capítulos están encabezados con el nombre de cada una de las nueve musas. Cuenta el gran periodista Ryszard Kapuscinski en su “Viajes con Heródoto” que comenzó a leer el libro en su ruta a Nueva Delhi y continuó durante el resto de su vida. En esta autobiografía narra que llegó a identificar al historiador griego –a quien, pese a su colorido poético, Cicerón habría de señalar “Padre de la Historia”– como su modelo e inspiración, tanto en su enfoque cosmopolita sobre las diferencias étnicas como en sus métodos de trabajo. Escribirá: “Yo estaba constantemente tratando de aprender el arte del reportaje y Heródoto me impresionó como el gran maestro”. (No faltan críticos que le reprochan autobombo. Uno escribió: “Su megalomanía alcanza el apogeo con ‘Viajes con Heródoto’, donde emplea el instrumento de la autoridad del gran historiador para ocultar una apología de su propio discurso”). Kapuscinski considera al griego como el primer verdadero “globalista”, uno que abrazó el “multiculturalismo” y fue un cronista que compuso el primer gran ejemplo de “reportaje” en la literatura mundial. Halla que ambos, el personaje clásico y él mismo, pertenecen a la pequeña minoría de hombres destinados desde el nacimiento a convertirse en escritores viajeros, fanáticos misioneros culturales que consagran sus vidas, a cualquier costo personal, al desaliento de la sola cosa que realmente odian: la xenofobia de las mentes pequeñas. No es ajeno a esta visión suya el hecho de que él sobreviviera a varios atentados y hasta a una sentencia judicial de muerte. El mundo geográfico y cultural de Heródoto era vastísimo para sus tiempos, que son los del siglo V a.C., el período de la gloria de Atenas luego de su triunfo contra los medos y los persas (las “Guerras Médicas”) y en pleno siglo de Pericles. Las “Historias” dejarán a la posteridad la crónica clásica de la larga lucha contra el imperio de Darío y Jerjes, vista por los griegos como la gran contienda entre Europa y Asia, la civilización y la barbarie, la democracia y la tiranía. Ese mundo del gran viajero incluía también crónicas de Asia, el Mar Negro, Persia y Babilonia, la Magna Grecia y Egipto. Sus capítulos sobre éste, el país de los faraones, son ilustración de la riqueza de lo que nos enseñó. Casi todo lo que sabemos del antiguo país del Nilo, las pirámides, los ritos, las momias y las sabidurías remotísimas proviene de sus crónicas. De la extensión de esa historia nos habla una anécdota. Cuenta que un tal Hecateo se ufanaba ante sacerdotes egipcios de su descendencia de los dioses en decimosexto grado y, ante eso, los sacerdotes de Tebas le mostraron, alineadas una junto a otra, las estatuas de sus ancestros, de hijos a padres, hasta completar trescientas cuarenta y cinco generaciones cabales. El mundo de Kapuscinski, con sus viajes y temporadas en los cinco continentes a través de medio siglo XX es, claro está, incomparablemente más vasto y menos poético que el de Heródoto. Es un mundo en el que viven simpatías suyas como Allende, el Che y Lumumba y déspotas como el etíope Haile Selassie, el sah de Persia y Stalin, un mundo politizado en el que atendió a 27 golpes y revoluciones. Pero hay evidentes paralelismos en la obra del griego y la del polaco. El intento de Ciro para subordinar a los pobladores de estepas rusas le recuerda a Napoleón tratando de doblegar a los rusos en las puertas de Moscú. Cambises, el rey persa, le provee un modelo para el Stalin paranoico. El imperio persa le da argumentos para tratar sus experiencias personales con la ocupación de Polonia por los nazis y los soviéticos. En el mundo posterior a la II Guerra percibe pronto la pérdida de influencia global de los imperialistas europeos en el Tercer Mundo y, ante la sangrienta reacción de los del Congo cuando se retiraron los belgas, evocará con fascinación la teoría de Heródoto de que “la venganza es el motor de la historia”. Kapuscinski murió en el 2007. Un discípulo suyo, Artur Domoslawski, publicó el año pasado una biografía presentando al escritor, reportero, trotamundos, poeta y fotógrafo que fue su maestro como un personaje genial y una vida controvertida. Entre las controversias que analiza el biógrafo figuran, por ejemplo, dudas sobre la autenticidad de las relaciones que manifestó con personajes de libros suyos como “El emperador”, “Ébano”, “El Sha, o la desmesura del poder” y “La guerra del fútbol” (el conflicto armado entre Honduras y El Salvador en eliminatorias para el Mundial de 1970). Recuerda reflexiones como “No creo que el poder trate del progreso y el bien de la gente; creo que el poder trata sólo del poder, y punto”. Y una cita: “El amor al poder, que es otro nombre del amor a la maldad, es natural en el hombre”. O sobre el valor de entrevistas a políticos. Cuando programaba un viaje a la URSS le preguntaron si quería entrevistar a Gorbachov; respondió “Pero ¿de qué voy a hablar con él? ¿De amor? Los políticos no dicen la verdad y no tiene sentido entrevistarlos”. Y sobre el trabajo del periodista: “Para escribir una página se deben haber leído cien”. Kapuscinski estuvo una semana en Buenos Aires a fines del 2002 dando clases en el taller internacional que organizó una fundación presidida por Gabriel García Márquez, quien lo calificó de “maestro del periodismo”. El escritor Martín Caparrós, uno de los que siguieron sus seminarios, lo despidió “Con mi mayor envidia, ¡gracias!”. Un año después apareció, prólogo de Tomás Eloy Martínez, un libro del escritor polaco titulado “Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar”). El compendio de sabiduría que representan esos cinco reclamos profesionales podría haber sido suscrito por Heródoto, el venerable patriarca de un periodismo mágico. (*) Doctor en Filosofía


HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

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