País saqueado
Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y al que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales”. Esto escribió Vivianne Forrester hace ya más de 15 años, describiendo crudamente la situación extrema en la que se ubican millones y millones de personas sumergidas en una anomia sin destino cierto. No hay respuestas para ellos y no es posible obtenerlas, porque tampoco las preguntas se formulan adecuadamente desde el Estado, único responsable de estas políticas pauperizantes y que en el caso particular de nuestro país se exhiben por estos días de la mano de los saqueos. Un Estado que se cree su propia farsa y busca convencernos de que está librando dura batalla contra el desempleo, cuando en realidad lo único que hace es reemplazarlo por un asistencialismo frugal y hasta cierto punto humillante. Que distorsiona cuando habla de una distribución de la riqueza más justa y equitativa. Que se exhibe incapaz de modificar sistemas fundamentales, como el educativo y de salud, ambos demostradamente ineficaces, generadores de mayor exclusión y marginalidad. Podríamos seguir desmenuzando otros costados flacos de la burocracia estatal que hemos sabido conseguir. Parasitaria. Promotora de bolsones de pobreza que bajo la figura de asentamientos, villas, tomas, usurpaciones (o como se los quiera llamar) no paran de multiplicarse por todo el país, y ahí están sus habitantes, excluidos y relegados para siempre, hincados frente a la prepotencia de la prebenda fácil. En esos lugares viven y marchan hacia un futuro imposible de anticipar miles de hombres y mujeres, chicos y chicas, amarrados, acorralados por el propio Estado, esclavizados por éste y condenados a vivir en un mundo vacío y degradante. Son ciudadanos como nosotros, con los mismos derechos y obligaciones, que han nacido y crecido en el medio de grupos familiares víctimas también del subsidio estatal clientelizante. Ese mismo Estado es el que en algún momento se exhibe inquieto ante el avance de la inseguridad (parida por ellos mismos a partir de las políticas que acá se están cuestionando) y entonces reprime… porque no sabe hacer otra cosa. Nosotros mismos, hipócritamente, solemos pedirle que lo haga, en lugar de exigirle severamente una actitud autocrítica profunda de cara a su propia inoperancia y un consecuente cambio de rumbo hacia adelante. Es esta ineptitud, y no otra cosa, la que le ha franqueado a nuestro país las puertas de la decadencia, esa que nuestros gobernantes prefieren no ver. Idéntica a la que entra violentamente a un supermercado a robar un plasma en actitud delictiva o un paquete de arroz para comer. Da igual. Cualquiera de esas conductas, promovidas o no, han sido paridas por el mismo sistema. La degradación social que hemos transitado hasta alcanzar el cuadro de situación actual no es achacable a la gente. Es responsabilidad del Estado, gobierne quien gobierne. Ése fue y sigue siendo el verdadero “saqueador”. Tengo claro que este 2012 no es aquel 2001, pero también sé que desde entonces transcurrieron más de diez años y que resulta ilusorio esperar que alguna solución salte mágicamente de las pantallas de la tevé, mientras se juega el entretiempo demagógico del Fútbol para Todos. (*) Abogado
MARIO ÁLVAREZ (*)
Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y al que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales”. Esto escribió Vivianne Forrester hace ya más de 15 años, describiendo crudamente la situación extrema en la que se ubican millones y millones de personas sumergidas en una anomia sin destino cierto. No hay respuestas para ellos y no es posible obtenerlas, porque tampoco las preguntas se formulan adecuadamente desde el Estado, único responsable de estas políticas pauperizantes y que en el caso particular de nuestro país se exhiben por estos días de la mano de los saqueos. Un Estado que se cree su propia farsa y busca convencernos de que está librando dura batalla contra el desempleo, cuando en realidad lo único que hace es reemplazarlo por un asistencialismo frugal y hasta cierto punto humillante. Que distorsiona cuando habla de una distribución de la riqueza más justa y equitativa. Que se exhibe incapaz de modificar sistemas fundamentales, como el educativo y de salud, ambos demostradamente ineficaces, generadores de mayor exclusión y marginalidad. Podríamos seguir desmenuzando otros costados flacos de la burocracia estatal que hemos sabido conseguir. Parasitaria. Promotora de bolsones de pobreza que bajo la figura de asentamientos, villas, tomas, usurpaciones (o como se los quiera llamar) no paran de multiplicarse por todo el país, y ahí están sus habitantes, excluidos y relegados para siempre, hincados frente a la prepotencia de la prebenda fácil. En esos lugares viven y marchan hacia un futuro imposible de anticipar miles de hombres y mujeres, chicos y chicas, amarrados, acorralados por el propio Estado, esclavizados por éste y condenados a vivir en un mundo vacío y degradante. Son ciudadanos como nosotros, con los mismos derechos y obligaciones, que han nacido y crecido en el medio de grupos familiares víctimas también del subsidio estatal clientelizante. Ese mismo Estado es el que en algún momento se exhibe inquieto ante el avance de la inseguridad (parida por ellos mismos a partir de las políticas que acá se están cuestionando) y entonces reprime… porque no sabe hacer otra cosa. Nosotros mismos, hipócritamente, solemos pedirle que lo haga, en lugar de exigirle severamente una actitud autocrítica profunda de cara a su propia inoperancia y un consecuente cambio de rumbo hacia adelante. Es esta ineptitud, y no otra cosa, la que le ha franqueado a nuestro país las puertas de la decadencia, esa que nuestros gobernantes prefieren no ver. Idéntica a la que entra violentamente a un supermercado a robar un plasma en actitud delictiva o un paquete de arroz para comer. Da igual. Cualquiera de esas conductas, promovidas o no, han sido paridas por el mismo sistema. La degradación social que hemos transitado hasta alcanzar el cuadro de situación actual no es achacable a la gente. Es responsabilidad del Estado, gobierne quien gobierne. Ése fue y sigue siendo el verdadero “saqueador”. Tengo claro que este 2012 no es aquel 2001, pero también sé que desde entonces transcurrieron más de diez años y que resulta ilusorio esperar que alguna solución salte mágicamente de las pantallas de la tevé, mientras se juega el entretiempo demagógico del Fútbol para Todos. (*) Abogado
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