Caminando entre abismos
JAMES NEILSON
Como el célebre barón de Münchhausen, aquel héroe dieciochesco alemán que en una ocasión logró sustraerse de un pantano tirándose de su propio pelo, Barack Obama y sus asesores parecen haberse convencido de que, para salir del pozo financiero en que los norteamericanos se han metido, tendrán que seguir cavando, o sea endeudándose cada vez más. Lo que se han propuesto es aplastar una deuda que ya es gigantesca –en torno a los 16 billones de dólares, es decir el equivalente de todo lo que la Argentina podría producir en aproximadamente medio siglo– con otras que sean todavía mayores hasta que, un buen día, la economía de la superpotencia despegue como un cohete, dejando atrás todos aquellos problemas contables engorrosos que tanto preocupan a quienes sencillamente no entienden que, a menos que el gobierno de Estados Unidos gaste más, mucho más, de lo que recauda, el planeta entero se hundirá en el terrible abismo fiscal, un agujero negro económico que, nos advierten, devoraría todo cuanto lo rodea. Por desgracia, entre los incrédulos se encuentran no sólo los despreciados “ultraconservadores” del Tea Party, una agrupación informal de gente poco sofisticada cuya mera existencia indigna a los biempensantes, sino también “la mujer más poderosa del mundo”, la canciller alemana Angela Merkel, además de su gurú financiero Wolfgang Schäuble. A diferencia de los keynesianos que por ahora llevan la voz cantante en Estados Unidos, a los dos les repugna la noción de que sea mejor endeudarse que ajustar. No respetan las enseñanzas de su gran compatriota, el barón, que sí sabía que para todo problema, por difícil que parezca, hay a mano una solución indolora con tal que uno sea lo bastante imaginativo. Por motivos que podrían calificarse de culturales, los alemanes son partidarios del rigor fiscal, del ahorro y de otras presuntas virtudes que en opinión de los progresistas son tan antipáticas como anticuadas. Lejos de sentirse asustados por el abismo fiscal, la combinación de aumentos impositivos y cortes presupuestarios draconianos cuya proximidad tuvo en vilo a todos los mercados bursátiles hasta que, para el alivio universal, los legisladores norteamericanos optaron por no arriesgarse, lo toman por una especie de spa para obesos que necesitan adelgazar, razón por la que ya han obligado a los griegos, italianos, españoles y portugueses a ponerse a régimen, asegurándoles que una vez terminado el tratamiento se sentirán mucho mejor. Por lo demás, para disgusto del presidente galo François Hollande, los teutones más severos dan a entender que a los franceses les convendría emular a sus primos “latinos”. A juicio de los progres norteamericanos, lo que está sucediendo en el sur de Europa es evidencia suficiente de que sería un error cataclísmico procurar equilibrar las finanzas antes de que el país se haya recuperado plenamente de los golpes que le fueron asestados por el derrumbe financiero de hace un lustro, cuando una serie de entidades bancarias se esfumaron. Los alemanes contestan diciéndoles que, a menos que lo hagan, muchos norteamericanos no tardarán en compartir el destino ingrato de decenas de millones de europeos de clase media que se han visto depauperados debido al repliegue del Estado, el desempleo masivo y la ausencia de crédito fácil. ¿Quiénes tienen razón? Según las pautas tradicionales, Angela Merkel y sus simpatizantes, pero economistas destacados como el premio Nobel Paul Krugman insisten en que, dadas las circunstancias, hay que probar suerte con un “paquete de estímulo” atiborrado de dólares frescos tras otro hasta que por fin todo funcione como es debido. Aunque el estado actual de la economía norteamericana no parece ser tan malo como muchos suponen, ya que el año pasado creció, sin inflación, a un ritmo un poco más vigoroso que el alcanzado por el mundialmente festejado “modelo” kirchnerista, se ha difundido la sospecha de que, al permitirse endeudarse hasta el cuello, Estados Unidos ha dejado de ser una superpotencia sin rivales, que mal que les pese a sus dirigentes en adelante tendrá que resignarse a desempeñar un papel decididamente modesto en el escenario internacional. Los persuadidos de que “el siglo norteamericano” ha llegado a su fin han podido señalar que ya depende tanto de prestamistas chinos que, sobre la base de los intereses que ellos cobrarán, les será dado expandir sus fuerzas armadas sin tener que gastar un solo yuan propio. Puede que no sea para tanto, pero no cabe duda de que las tribulaciones económicas de Estados Unidos han tenido un impacto muy fuerte en las percepciones de los norteamericanos mismos y de todos los demás miembros de “la comunidad internacional”. La sensación de que el mundo está pasando por una fase de reordenamiento, al replegarse un poder imperial hasta hace poco hegemónico y procurar aprovechar las oportunidades así creadas otros de valores muy distintos, no presagia nada bueno. Por el contrario, hay motivos de sobra para temer que los años próximos resulten ser tan convulsivos como los de la primera mitad del siglo pasado. Con todo, en comparación con Europa, la situación en que se encuentra Estados Unidos no parece muy grave; posee tantos recursos materiales y humanos que por mucho tiempo seguirá siendo el país más poderoso y, entre los grandes, más rico. En cambio, por razones demográficas y porque están perdiendo competitividad, los países europeos se ven frente a desafíos que tal vez no estén en condiciones de superar. Entre otras cosas, los gobiernos del bien llamado Viejo Continente no tendrán más alternativa que la de intentar desmantelar el Estado de bienestar que crearon luego de la Segunda Guerra Mundial, pero no podrán hacerlo sin correr el peligro de provocar grandes problemas sociales y políticos. Asimismo, con el propósito de expiar los crímenes monstruosos que cometieron sus padres y abuelos racistas, las elites europeas abrieron las puertas a decenas de millones de inmigrantes de otras culturas que, por motivos comprensibles, no tienen ninguna intención de dejarse asimilar. La renovada militancia islamista, que tantos dolores de cabeza ya está dando a los europeos nativos y que con toda seguridad les dará muchos más, se debe en buena medida a la a menudo cómica falta de confianza de los imperialistas arrepentidos en sus propias tradiciones.
Según lo veo
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