País agroexportador
Como es tradicional entre los preocupados por la incapacidad aparente del país para desempeñar un papel protagónico en el escenario internacional, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los ideólogos que la acompañan siempre han lamentado el hecho, a su juicio indignante, de que la Argentina nunca haya sido una gran potencia industrial sino un país que depende de sus exportaciones agrícolas, una desgracia que atribuyen a la voracidad de los imperialistas británicos primero y, más tarde, a la presunta voluntad de sus sucesores norteamericanos de impedir el eventual surgimiento de un rival de fuste en el sur del hemisferio occidental. Así las cosas, sería de suponer que luego de casi diez años de gestión kirchnerista el país contaría con un sector industrial pujante que estaría comenzando a conquistar mercados en otras partes del planeta. Sin embargo, mientras que los despreciados productores rurales siguen aportando los cuantiosos fondos que los kirchneristas necesitan para asegurarse la lealtad de su clientela política y otro sector maldito, el financiero, está disfrutando de una bonanza, la industria se niega a levantarse del suelo. Según el Indec que, como es notorio, propende a mejorar las estadísticas que confecciona a fin de adaptarlas al “relato” oficial, el año pasado la producción manufacturera cayó el 1,2%, un retroceso que, en opinión de los especialistas, se debió principalmente a los problemas que provocaron la desaceleración de la economía de nuestro socio más importante, Brasil, y al impacto negativo de medidas que obstaculizaron la importación de insumos imprescindibles. Tienen razón los que, desde el siglo XIX, señalan que la industrialización significaría más empleos bien remunerados, un estándar de vida más alto y, claro está, más poder, pero una cosa es coincidir en que sería bueno que la Argentina tuviera industrias comparables con las de los países más avanzados y otra muy distinta hacer lo necesario para alcanzar la meta así supuesta. Afirmarse a favor de la industria y, por tal motivo, en contra de “la oligarquía agropecuaria” no sirve para mucho. Sin embargo, por lo común los partidarios más fervorosos de la industrialización optan por castigar al campo, según parece por suponer que reducir su importancia relativa serviría para mejorar el perfil económico del país y “sustituir importaciones”, lo que podría ser útil en la fase inicial de un proyecto industrialista pero que pronto resulta contraproducente al acostumbrarse los empresarios a un nivel de proteccionismo que les ahorra la necesidad de competir con sus homólogos del resto del planeta. Se trata de estrategias facilistas propias de personas que nunca se han dado el trabajo de pensar en los problemas de todo tipo que sería necesario superar para que la Argentina emulara a países como Corea del Sur, que sí han conseguido industrializarse en un lapso muy breve. Con escasas excepciones, todos nuestros gobiernos, presionados o seducidos por lobbies empresariales que juran estar dispuestos a apoyarlos a cambio de medidas destinadas a permitirles continuar gozando de los beneficios de un mercado cautivo, se han habituado a subestimar las dificultades. Sin embargo, para que brindara los frutos esperados, un proyecto industrial serio tendría forzosamente que ser muy pero muy exigente. Además de obligar a los empresarios locales a hacerse más competitivos, sería necesario mejorar sustancialmente el nivel educativo de la mano de obra; no es del todo casual que los alumnos de los colegios primarios y secundarios, para no hablar de los universitarios, de los países más exitosos en este ámbito, como Japón y Corea del Sur, suelan descollar en todas las pruebas educativas internacionales. Por lo demás, mientras que aquí hay un superávit de abogados, psicólogos y sociólogos diplomados pero un déficit notorio de científicos e ingenieros, en Asia oriental la situación es muy diferente, ya que abundan los estudiantes que optan por materias consideradas más prácticas o “instrumentales”. Es que, si bien casi todos concuerdan en que sería mejor que la Argentina fuera una potencia industrial, pocos parecen entender que la transformación que dicen querer requeriría una revolución cultural que, con toda seguridad, parecería “reaccionaria” a ojos de buena parte de la clase política nacional.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 28 de enero de 2013
Como es tradicional entre los preocupados por la incapacidad aparente del país para desempeñar un papel protagónico en el escenario internacional, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los ideólogos que la acompañan siempre han lamentado el hecho, a su juicio indignante, de que la Argentina nunca haya sido una gran potencia industrial sino un país que depende de sus exportaciones agrícolas, una desgracia que atribuyen a la voracidad de los imperialistas británicos primero y, más tarde, a la presunta voluntad de sus sucesores norteamericanos de impedir el eventual surgimiento de un rival de fuste en el sur del hemisferio occidental. Así las cosas, sería de suponer que luego de casi diez años de gestión kirchnerista el país contaría con un sector industrial pujante que estaría comenzando a conquistar mercados en otras partes del planeta. Sin embargo, mientras que los despreciados productores rurales siguen aportando los cuantiosos fondos que los kirchneristas necesitan para asegurarse la lealtad de su clientela política y otro sector maldito, el financiero, está disfrutando de una bonanza, la industria se niega a levantarse del suelo. Según el Indec que, como es notorio, propende a mejorar las estadísticas que confecciona a fin de adaptarlas al “relato” oficial, el año pasado la producción manufacturera cayó el 1,2%, un retroceso que, en opinión de los especialistas, se debió principalmente a los problemas que provocaron la desaceleración de la economía de nuestro socio más importante, Brasil, y al impacto negativo de medidas que obstaculizaron la importación de insumos imprescindibles. Tienen razón los que, desde el siglo XIX, señalan que la industrialización significaría más empleos bien remunerados, un estándar de vida más alto y, claro está, más poder, pero una cosa es coincidir en que sería bueno que la Argentina tuviera industrias comparables con las de los países más avanzados y otra muy distinta hacer lo necesario para alcanzar la meta así supuesta. Afirmarse a favor de la industria y, por tal motivo, en contra de “la oligarquía agropecuaria” no sirve para mucho. Sin embargo, por lo común los partidarios más fervorosos de la industrialización optan por castigar al campo, según parece por suponer que reducir su importancia relativa serviría para mejorar el perfil económico del país y “sustituir importaciones”, lo que podría ser útil en la fase inicial de un proyecto industrialista pero que pronto resulta contraproducente al acostumbrarse los empresarios a un nivel de proteccionismo que les ahorra la necesidad de competir con sus homólogos del resto del planeta. Se trata de estrategias facilistas propias de personas que nunca se han dado el trabajo de pensar en los problemas de todo tipo que sería necesario superar para que la Argentina emulara a países como Corea del Sur, que sí han conseguido industrializarse en un lapso muy breve. Con escasas excepciones, todos nuestros gobiernos, presionados o seducidos por lobbies empresariales que juran estar dispuestos a apoyarlos a cambio de medidas destinadas a permitirles continuar gozando de los beneficios de un mercado cautivo, se han habituado a subestimar las dificultades. Sin embargo, para que brindara los frutos esperados, un proyecto industrial serio tendría forzosamente que ser muy pero muy exigente. Además de obligar a los empresarios locales a hacerse más competitivos, sería necesario mejorar sustancialmente el nivel educativo de la mano de obra; no es del todo casual que los alumnos de los colegios primarios y secundarios, para no hablar de los universitarios, de los países más exitosos en este ámbito, como Japón y Corea del Sur, suelan descollar en todas las pruebas educativas internacionales. Por lo demás, mientras que aquí hay un superávit de abogados, psicólogos y sociólogos diplomados pero un déficit notorio de científicos e ingenieros, en Asia oriental la situación es muy diferente, ya que abundan los estudiantes que optan por materias consideradas más prácticas o “instrumentales”. Es que, si bien casi todos concuerdan en que sería mejor que la Argentina fuera una potencia industrial, pocos parecen entender que la transformación que dicen querer requeriría una revolución cultural que, con toda seguridad, parecería “reaccionaria” a ojos de buena parte de la clase política nacional.
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