Un personaje de película
De prisa y sin pausa, Hugo Chávez fue dibujando una singular caricatura de sí mismo. Desde hace un tiempo, no mucho, había heredado las características de los personajes de Gabriel García Márquez que aparecen en novelas como “El coronel no tiene quién le escriba”, “100 años de soledad” y “El otoño del patriarca”. A Chávez, como a los actores, le interesaba mucho más parecer que ser. Su vozarrón impostado, sus luchas (o diatribas, mejor dicho) contra el “imperialismo”, sus peleas más o menos a muerte, cual Quijote pasado de kilos, con molinos de viento que empujan los vientos del poscapitalismo, en fin. Estas causas perdidas de antemano y a conciencia, lo igualaban al estereotipo de presidente bananero y autoritario que a Hollywood le gusta explotar cada tanto. Sin ir demasiado lejos, el “Dictador” que aparece en la primera película de “Los Indestructibles” tiene un parecido amplio con el fallecido presidente de Venezuela. No es ni remotamente una casualidad. En el fondo, no había nada nuevo en el personaje que creó para las cámaras. El héroe solitario, el libertador sin fronteras, el alegre dictador que acariciaba con afecto el pelo corto y sucio de los chicos de un barrio pobre. Son todos elementos de un mismo cliché que ha venido taladrando la conciencia latinoamericana por siglos. En sus discursos de prosa romántica al estilo XVIII, Chávez invocaba héroes de un pasado Dorado pero históricamente inexistente. Hablaba de Bolívar, de San Martín, de O‘Higgins, sin ningún filtro y, despojado de criterio, los transportaba al siglo XXI con una nueva voz, la suya, la de Chávez. Los hacía cómplices de su patriada. Una causa extravagante y cinematográfica. Como cualquier otro artista de varieté o de la pantalla grande y chica, Chávez amaba las cámaras, disfrutaba a más no poder robándose la película sobre el estrado, haciendo chistes picantes en momentos de tensión, haciendo un drama de lo pequeño y un detalle de lo importante. Si algunos libros pasaron por sus manos estos deben haber sido aquellos donde se inflamaba la figura de los grandes líderes de la historia. No pocos de ellos hombres sangrientos. Aunque a Chávez, con su pose de John Wayne listo para disparar una arenga a sus seguidores, le importaba muy poco la exactitud de los hechos. Al igual que otros presidentes escasamente democráticos, estaba convencido de que a la historia había que contarla “bien”. Reinterpretar su sentido hasta volverla una aliada del gobierno de turno. Y el gobierno, era él. De todos los presidentes latinoamericanos en democracia –aunque aquí cabría discutir qué tipo de gobierno representaba este hombre– el de Chávez ha sido el más literario y el más fantasioso. Si uno se dejaba llevar por sus cuentos, podía imaginarse a Fidel Castro, El Che, Cristina Fernández, Simón Bolívar y probablemente Gandhi y Sid Vicius, alrededor de un mismo fogón, cantando canciones de protesta. No por nada aceptó participar de un filme elogioso dirigido por un confundido e inexplicable Oliver Stone. Uno no puede estar muy seguro de si Chávez creía en su propias palabras. Acaso ya no venga al caso. Si puede apostarse a que su biografía será llamativa y hasta escandalosa. Y que, en no pocos años, una película, una súper producción americana, sin duda, llevará su nombre.
Claudio Andrade
De prisa y sin pausa, Hugo Chávez fue dibujando una singular caricatura de sí mismo. Desde hace un tiempo, no mucho, había heredado las características de los personajes de Gabriel García Márquez que aparecen en novelas como “El coronel no tiene quién le escriba”, “100 años de soledad” y “El otoño del patriarca”. A Chávez, como a los actores, le interesaba mucho más parecer que ser. Su vozarrón impostado, sus luchas (o diatribas, mejor dicho) contra el “imperialismo”, sus peleas más o menos a muerte, cual Quijote pasado de kilos, con molinos de viento que empujan los vientos del poscapitalismo, en fin. Estas causas perdidas de antemano y a conciencia, lo igualaban al estereotipo de presidente bananero y autoritario que a Hollywood le gusta explotar cada tanto. Sin ir demasiado lejos, el “Dictador” que aparece en la primera película de “Los Indestructibles” tiene un parecido amplio con el fallecido presidente de Venezuela. No es ni remotamente una casualidad. En el fondo, no había nada nuevo en el personaje que creó para las cámaras. El héroe solitario, el libertador sin fronteras, el alegre dictador que acariciaba con afecto el pelo corto y sucio de los chicos de un barrio pobre. Son todos elementos de un mismo cliché que ha venido taladrando la conciencia latinoamericana por siglos. En sus discursos de prosa romántica al estilo XVIII, Chávez invocaba héroes de un pasado Dorado pero históricamente inexistente. Hablaba de Bolívar, de San Martín, de O‘Higgins, sin ningún filtro y, despojado de criterio, los transportaba al siglo XXI con una nueva voz, la suya, la de Chávez. Los hacía cómplices de su patriada. Una causa extravagante y cinematográfica. Como cualquier otro artista de varieté o de la pantalla grande y chica, Chávez amaba las cámaras, disfrutaba a más no poder robándose la película sobre el estrado, haciendo chistes picantes en momentos de tensión, haciendo un drama de lo pequeño y un detalle de lo importante. Si algunos libros pasaron por sus manos estos deben haber sido aquellos donde se inflamaba la figura de los grandes líderes de la historia. No pocos de ellos hombres sangrientos. Aunque a Chávez, con su pose de John Wayne listo para disparar una arenga a sus seguidores, le importaba muy poco la exactitud de los hechos. Al igual que otros presidentes escasamente democráticos, estaba convencido de que a la historia había que contarla “bien”. Reinterpretar su sentido hasta volverla una aliada del gobierno de turno. Y el gobierno, era él. De todos los presidentes latinoamericanos en democracia –aunque aquí cabría discutir qué tipo de gobierno representaba este hombre– el de Chávez ha sido el más literario y el más fantasioso. Si uno se dejaba llevar por sus cuentos, podía imaginarse a Fidel Castro, El Che, Cristina Fernández, Simón Bolívar y probablemente Gandhi y Sid Vicius, alrededor de un mismo fogón, cantando canciones de protesta. No por nada aceptó participar de un filme elogioso dirigido por un confundido e inexplicable Oliver Stone. Uno no puede estar muy seguro de si Chávez creía en su propias palabras. Acaso ya no venga al caso. Si puede apostarse a que su biografía será llamativa y hasta escandalosa. Y que, en no pocos años, una película, una súper producción americana, sin duda, llevará su nombre.
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