Rivadavia, Sarmiento, Roca… ¿y Cristina?

Redacción

Por Redacción

En épocas de Arturo Frondizi, el presidente argentino (1958-62) y sus seguidores se ocupaban de señalar que el movimiento político que protagonizaban se identificaba con una línea histórica cuyos protagonistas eran Yrigoyen, Perón y –obviamente– Frondizi. La esencia de esta cosmovisión ideológica se basaba en el apoyo popular que tuvo el radicalismo en su momento, que luego asumió con creces el peronismo, y en que Frondizi le agregaba a esa exaltada continuidad una visión desarrollista de la economía y la política. La historia se ocupó de demostrar que la huella dejada por el frondizismo al frente de un gobierno honesto, jaqueado por planteos militares y que trató de superar antinomias políticas estuvo lejos de la fama que tuvieron los gobiernos de Yrigoyen y Perón. Al comparar, e incluir en una misma línea histórica, al primer presidente argentino, al famoso sanjuanino y al conquistador del desierto con la actual jefa de Estado, no pretendo realizar un juego provocador. El parangón obedece a la idea, poco difundida pero real, que indica que hasta los gobiernos de signo opuesto han hecho algo en común y positivo para el país. ¿Qué identifica, entonces, a las gestiones de Rivadavia, Sarmiento y Roca con la de Fernández? A pesar de que este cotejo sucesorio provocará escozor en la piel kirchnerista, debe decirse que estos líderes políticos se preocuparon por la enseñanza de la ciencia y de la técnica. Nuestro primer presidente fue ¡nada menos! que el creador de la Universidad de Buenos Aires (1821) y de la Academia Nacional de Medicina. Y, hasta el más acérrimo opositor al actual gobierno debe reconocer que el convenio entre nuestro país y el Instituto Max Planck, de Alemania, para el avance de la ciencia es logro y mérito del gobierno cristinista. Esta colaboración en materia científica entre los germanos y nosotros no es nueva. La inició Domingo Faustino Sarmiento al invitar al país al científico alemán Carlos Germán Burmeister, el que dirigiera el Museo de Ciencias Naturales –creado por Rivadavia– y fundara la Academia de Ciencias de Córdoba. Las limitaciones ideológicas de Cristina (una visión dialéctica de la historia) nunca le permitirán reconocer en forma explícita estos antecedentes. En la reciente conmemoración de los 190 años de la creación de la Universidad de Buenos Aires, tanto en el gobierno nacional como en la propia Universidad se ignoró, vergonzosamente, a Rivadavia, su fundador. Pero este negamiento de las realidades históricas no logra ocultar las coincidencias y las semejanzas existentes entre los distintos gobiernos en esta materia. Cuando la presidenta lanzó el plan Procrear, destinado a otorgar créditos hipotecarios para adquirir la vivienda propia, señaló que el agente financiero de ese emprendimiento sería el Banco Hipotecario… Nacional. Un rictus en la cara de Cristina, que pasó inadvertido para la oposición, señalaba que había cometido un error. El yerro consistió en nombrar un banco ya desaparecido: el Banco Hipotecario Nacional. Esta institución financiera, creada por el entonces presidente Roca en 1886, permitió durante su siglo de vida obtener la casa propia a millones de argentinos e inmigrantes. El rictus aludido no fue provocado por el equívoco en sí; el reflejo en el rostro de Cristina se produjo al darse ella cuenta de que había nombrado una obra realizada por el máximo satanás del credo oficialista: el general Roca. Una situación parecida se produjo el 1 de marzo pasado, durante el discurso inaugural de las sesiones ordinarias del Congreso nacional. En determinado momento de la exposición de la presidenta, y al abordar cuestiones educativas, Cristina se refirió al carácter inclusivo de la famosa ley 1420. Esta norma, obra también del general Roca, indica en su texto que la educación es “laica, obligatoria y gratuita”. Se trata de una de las leyes más inclusivas, democráticas y de notable eficacia educativa de la legislación argentina. Al percibir la presidenta que se había referido a una ley de Roca, su reacción no se produjo en la cara. Cambió –bajó– el tono de la voz y se refirió a otra cosa. Por más que se tengan prejuicios ideológicos, como los detentados por la presidenta, que pretenden ignorar ciertas realidades históricas, éstas finalmente logran manifestarse. Su revelación se produce a través de cierta incontrolable gestualidad corporal o con algún furcio que aparece en el discurso. La coherente línea histórica de franco apoyo a la enseñanza de la técnica y de la ciencia iniciada por Rivadavia, proseguida por Sarmiento y consagrada por Roca (el general creó, además, la Escuela Otto Krause, paradigma de la enseñanza técnica argentina) logró para la Argentina tres premios Nobel de ciencias: Houssay, Leloir y Milstein; epítome no logrado por ningún país hispano parlante. La continuadora implícita, cuya actividad no admite, de esa línea histórica es la presidenta Cristina. ¿Obtendrá un logro semejante al de sus antecesores? (*) Exejecutivo de la industria editorial argentina

HÉCTOR LANDOLFI (*)


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