Aprendizaje, sólo “parte” de evaluaciones

Redacción

Por Redacción

BUENOS AIRES (DyN) – La educación argentina se alineará el año próximo con una nueva herramienta de evaluación de la calidad, construida con los países del Mercosur y América Latina, que apuntará a ver el grado de inclusión escolar de los alumnos, la tarea docente, las prácticas de escuelas y el comportamiento político y ciudadano de niños y jóvenes. Para el 2015, en tanto, la Argentina anunció que participará de la controvertida prueba internacional PISA que evalúa conocimientos de adolescentes de 15 años, mayormente en Lengua, Comprensión Lectora y Ciencias, y de la que los alumnos argentinos no salieron bien posicionados en el 2009 y se desconoce qué ocurrió en el 2012, dado que no se difundieron los resultados. El ministro de Educación, Alberto Sileoni, explicó con acierto el lado algo tramposo de las pruebas internacionales al sostener que “a veces se compara lo incomparable”. Y, como ejemplo, citó que “China tiene 1.340 millones de habitantes, pero no participa en la prueba PISA en su totalidad, lo hace Shanghai que tiene 28 millones de habitantes y de ella se toman alrededor de 30 escuelas”. Destacó, además, que la Argentina “tiene el 1,9% de analfabetismo, mientras que el Estado de Shanghai tiene el 15%, ascendiendo al 24% en el caso de las mujeres y su tasa de cobertura de secundaria es del 64%, cifra que en las escuelas argentinas asciende a un 82%”. Lo cierto es que si Argentina aceptó medirse con las naciones desarrolladas del mundo, entre ellas las asiáticas que van al tope de las performances internacionales, no lo hará durante el actual gobierno y, sí en cambio, manifestó su voluntad de examinar la enseñanza y el aprendizaje en las escuelas del país. Y lo hará a través de un acuerdo entre países latinoamericanos –tan heterogéneos y hasta contrapuestos– a través de un instrumento que tal vez acuerden con la misma Unesco, que lleva adelante gran parte de estos estudios. Sileoni encabezó días atrás, junto con sus pares de Uruguay, Brasil, Bolivia y Ecuador, el primer Seminario Regional de Evaluación Educativa para el Mercosur, en Buenos Aires, donde acordaron, entre otros puntos de un documento, que la nueva herramienta de examinación cumplirá una función “orientadora, explicativa, motivadora” y “convocará a la reflexión, al análisis situado y la planificación de mejoras”. Los ministros de la región convinieron que, además de las disciplinas y contenidos tradicionales, se tendrán en cuenta “otros aprendizajes considerados de interés para América Latina como educación en valores, educación para la ciudadanía, convivencia, el fortalecimiento del sentido de pertenencia latinoamericana”. Más allá de que la Argentina, en algunas pruebas realizadas en los últimos dos o tres años por la oficina de la regional latinoamericana de Unesco, se ubicó en asignaturas clave como Lengua por debajo de Chile, Uruguay, Perú y Brasil, es decir que ya no lidera la educación en la región como en los años 60 y 70, tiene una composición socioeconómica de mayor movilidad que gran parte de estas naciones, que le permite posicionarse mejor para competir con el mundo más avanzado en conocimiento y tecnología. Sin embargo, la postura común de los ministros de Educación latinoamericanos es que los alumnos respondan preguntas “más regionales” en las evaluaciones, que sean medidos también con “criterios más locales” y se consideren “sus particulares realidades”. Así como en los 90 las evaluaciones no fueron remediales, es decir no tuvieron finalidades de diseñar políticas educativas para sanear las falencias en el aprendizaje, la enseñanza y el ambiente de trabajo de los maestros y sólo se ocuparon de difundir tantos “lo sabe, no lo sabe”, de los estudiantes, hoy se podría suponer que existe un miedo a “saber” si y cuánto se aprende. Esto último estaría en sintonía con el discurso que comenzó a instalarse en la última década, entre algunos pedagogos y funcionarios del gobierno nacional respecto de la importancia que los jóvenes, aunque no terminen su escolaridad, “hayan transitado algún ciclo de la escuela secundaria o la universidad”. A la luz de los resultados, esta postura no logró mejorar los altos índices de abandono del sistema educativo, ni tampoco el desempeño promedio, cuestiones que hacen indiscutidamente a la “inclusión” a la que siempre declara apuntar la gestión ministerial.

Laura Hojman


BUENOS AIRES (DyN) - La educación argentina se alineará el año próximo con una nueva herramienta de evaluación de la calidad, construida con los países del Mercosur y América Latina, que apuntará a ver el grado de inclusión escolar de los alumnos, la tarea docente, las prácticas de escuelas y el comportamiento político y ciudadano de niños y jóvenes. Para el 2015, en tanto, la Argentina anunció que participará de la controvertida prueba internacional PISA que evalúa conocimientos de adolescentes de 15 años, mayormente en Lengua, Comprensión Lectora y Ciencias, y de la que los alumnos argentinos no salieron bien posicionados en el 2009 y se desconoce qué ocurrió en el 2012, dado que no se difundieron los resultados. El ministro de Educación, Alberto Sileoni, explicó con acierto el lado algo tramposo de las pruebas internacionales al sostener que “a veces se compara lo incomparable”. Y, como ejemplo, citó que “China tiene 1.340 millones de habitantes, pero no participa en la prueba PISA en su totalidad, lo hace Shanghai que tiene 28 millones de habitantes y de ella se toman alrededor de 30 escuelas”. Destacó, además, que la Argentina “tiene el 1,9% de analfabetismo, mientras que el Estado de Shanghai tiene el 15%, ascendiendo al 24% en el caso de las mujeres y su tasa de cobertura de secundaria es del 64%, cifra que en las escuelas argentinas asciende a un 82%”. Lo cierto es que si Argentina aceptó medirse con las naciones desarrolladas del mundo, entre ellas las asiáticas que van al tope de las performances internacionales, no lo hará durante el actual gobierno y, sí en cambio, manifestó su voluntad de examinar la enseñanza y el aprendizaje en las escuelas del país. Y lo hará a través de un acuerdo entre países latinoamericanos –tan heterogéneos y hasta contrapuestos– a través de un instrumento que tal vez acuerden con la misma Unesco, que lleva adelante gran parte de estos estudios. Sileoni encabezó días atrás, junto con sus pares de Uruguay, Brasil, Bolivia y Ecuador, el primer Seminario Regional de Evaluación Educativa para el Mercosur, en Buenos Aires, donde acordaron, entre otros puntos de un documento, que la nueva herramienta de examinación cumplirá una función “orientadora, explicativa, motivadora” y “convocará a la reflexión, al análisis situado y la planificación de mejoras”. Los ministros de la región convinieron que, además de las disciplinas y contenidos tradicionales, se tendrán en cuenta “otros aprendizajes considerados de interés para América Latina como educación en valores, educación para la ciudadanía, convivencia, el fortalecimiento del sentido de pertenencia latinoamericana”. Más allá de que la Argentina, en algunas pruebas realizadas en los últimos dos o tres años por la oficina de la regional latinoamericana de Unesco, se ubicó en asignaturas clave como Lengua por debajo de Chile, Uruguay, Perú y Brasil, es decir que ya no lidera la educación en la región como en los años 60 y 70, tiene una composición socioeconómica de mayor movilidad que gran parte de estas naciones, que le permite posicionarse mejor para competir con el mundo más avanzado en conocimiento y tecnología. Sin embargo, la postura común de los ministros de Educación latinoamericanos es que los alumnos respondan preguntas “más regionales” en las evaluaciones, que sean medidos también con “criterios más locales” y se consideren “sus particulares realidades”. Así como en los 90 las evaluaciones no fueron remediales, es decir no tuvieron finalidades de diseñar políticas educativas para sanear las falencias en el aprendizaje, la enseñanza y el ambiente de trabajo de los maestros y sólo se ocuparon de difundir tantos “lo sabe, no lo sabe”, de los estudiantes, hoy se podría suponer que existe un miedo a “saber” si y cuánto se aprende. Esto último estaría en sintonía con el discurso que comenzó a instalarse en la última década, entre algunos pedagogos y funcionarios del gobierno nacional respecto de la importancia que los jóvenes, aunque no terminen su escolaridad, “hayan transitado algún ciclo de la escuela secundaria o la universidad”. A la luz de los resultados, esta postura no logró mejorar los altos índices de abandono del sistema educativo, ni tampoco el desempeño promedio, cuestiones que hacen indiscutidamente a la “inclusión” a la que siempre declara apuntar la gestión ministerial.

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