Colombia, llena de optimismo

Redacción

Por Redacción

El 31% de los colombianos cree, no sin buenas razones, que las cosas en su país tienden a mejorar constantemente. O, lo que es lo mismo, que el futuro de Colombia será mejor que el presente. Hay, en cambio, todavía un 51% de pesimistas, que seguramente no olvidan las penurias recientes y las heridas aún abiertas. Las cifras no están nada mal, por cierto. Particularmente para un país castigado en la historia reciente, en el que todavía operan dos bien armadas milicias guerrilleras marxistas, de corte terrorista: las FARC y el ELN. Fuerzas que, muy debilitadas, ciertamente, aún impulsan (en alianza con el repulsivo narcotráfico) un conflicto armado durísimo que se arrastra desde hace décadas. Con la primera de ellas, un lento –pero oxigenante– proceso de paz parecería estar avanzando, aunque pausadamente. Lo que es esperanzador. Con la segunda, una milicia mucho más dependiente de la voluntad de los hermanos Castro, no hay conversaciones de paz. Al menos todavía. Un 64% de la población colombiana, como cabía esperar, apoya ese diálogo de paz, como corresponde. La imagen del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con un 50% de aprobación, compara bien con la del dirigente izquierdista que es el actual alcalde de Bogotá: Gustavo Petro, cuya pobre gestión municipal está generando un rechazo tan alto como contundente en nada menos que cuatro de cada cinco personas que fueron consultadas al efecto. Por esto, quienes veían en él un posible candidato a la presidencia de su país ahora callan prudentemente. En cambio el alcalde de Medellín, Aníbal Gaviria, tiene un 55% de aprobación de su gestión municipal. Mucho mejor que Petro, entonces. A su vez, el alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, obtiene apenas un 31% de aprobación para su administración; mal, pero –aun así– mejor que Petro. Lo que no necesariamente es un consuelo. Por su parte, la alcaldesa de Barranquilla, Elsa Noguera, aparece relativamente bien, desde que obtiene una aprobación del 50%. Cabe acotar, finalmente, que el combativo expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, continúa con una muy buena imagen: del 56%. Pero con un porcentaje de rechazo que es también alto, del 41%. Hay entonces muchos que lo idolatran por haber sacado a Colombia de las garras del marxismo, pero también quienes (pese a ese antecedente, que no es para nada menor) no lo quieren. Cuando Uribe estaba en el poder, su imagen positiva, recordemos, llegó a ser del 85% favorable. Todo un récord para Colombia y para la región. Y un reconocimiento a una labor inusualmente compleja que, aunque con algunos errores que quizás pudieron evitarse, devolvió a los colombianos su orgullo nacional y, más aún, las ganas de seguir creciendo, en paz. No es poco. Por esto Álvaro Uribe sigue siendo leyenda. Razón por la cual personajes de absoluta segunda línea, como el venezolano Nicolás Maduro, lo siguen atacando ferozmente. En rigor, Uribe les ganó la gran batalla de la libertad para Colombia. Lo que es difícil de olvidar. Y duele enormemente a los marxistas. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)


El 31% de los colombianos cree, no sin buenas razones, que las cosas en su país tienden a mejorar constantemente. O, lo que es lo mismo, que el futuro de Colombia será mejor que el presente. Hay, en cambio, todavía un 51% de pesimistas, que seguramente no olvidan las penurias recientes y las heridas aún abiertas. Las cifras no están nada mal, por cierto. Particularmente para un país castigado en la historia reciente, en el que todavía operan dos bien armadas milicias guerrilleras marxistas, de corte terrorista: las FARC y el ELN. Fuerzas que, muy debilitadas, ciertamente, aún impulsan (en alianza con el repulsivo narcotráfico) un conflicto armado durísimo que se arrastra desde hace décadas. Con la primera de ellas, un lento –pero oxigenante– proceso de paz parecería estar avanzando, aunque pausadamente. Lo que es esperanzador. Con la segunda, una milicia mucho más dependiente de la voluntad de los hermanos Castro, no hay conversaciones de paz. Al menos todavía. Un 64% de la población colombiana, como cabía esperar, apoya ese diálogo de paz, como corresponde. La imagen del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con un 50% de aprobación, compara bien con la del dirigente izquierdista que es el actual alcalde de Bogotá: Gustavo Petro, cuya pobre gestión municipal está generando un rechazo tan alto como contundente en nada menos que cuatro de cada cinco personas que fueron consultadas al efecto. Por esto, quienes veían en él un posible candidato a la presidencia de su país ahora callan prudentemente. En cambio el alcalde de Medellín, Aníbal Gaviria, tiene un 55% de aprobación de su gestión municipal. Mucho mejor que Petro, entonces. A su vez, el alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, obtiene apenas un 31% de aprobación para su administración; mal, pero –aun así– mejor que Petro. Lo que no necesariamente es un consuelo. Por su parte, la alcaldesa de Barranquilla, Elsa Noguera, aparece relativamente bien, desde que obtiene una aprobación del 50%. Cabe acotar, finalmente, que el combativo expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, continúa con una muy buena imagen: del 56%. Pero con un porcentaje de rechazo que es también alto, del 41%. Hay entonces muchos que lo idolatran por haber sacado a Colombia de las garras del marxismo, pero también quienes (pese a ese antecedente, que no es para nada menor) no lo quieren. Cuando Uribe estaba en el poder, su imagen positiva, recordemos, llegó a ser del 85% favorable. Todo un récord para Colombia y para la región. Y un reconocimiento a una labor inusualmente compleja que, aunque con algunos errores que quizás pudieron evitarse, devolvió a los colombianos su orgullo nacional y, más aún, las ganas de seguir creciendo, en paz. No es poco. Por esto Álvaro Uribe sigue siendo leyenda. Razón por la cual personajes de absoluta segunda línea, como el venezolano Nicolás Maduro, lo siguen atacando ferozmente. En rigor, Uribe les ganó la gran batalla de la libertad para Colombia. Lo que es difícil de olvidar. Y duele enormemente a los marxistas. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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