Cuando respeto es desprecio
JAMES NEILSON
A menudo, la presunta voluntad de los biempensantes de ciertos países de respetar las diferencias entre las diversas sociedades se basa en nada más que la convicción despectiva de que sería inútil pedirles ponerse a la altura de las consideradas más exitosas, detalle éste que, huelga decirlo, suelen pasar por alto los líderes de países supuestamente incapaces de mejorar su desempeño. Antes bien, les encanta que otros los juzguen inferiores. En Europa, la canciller alemana Angela Merkel y sus aliados, los funcionarios supranacionales estigmatizados como los “burócratas de Bruselas”, están bajo ataque por una coalición cuyos integrantes han levantado la bandera de las particularidades nacionales. Con el presidente galo François Hollande a la cabeza, dicen que principios económicos que podrían resultar apropiados para un país determinado no lo serían para otros, los suyos. Se trata de una variante de la tesis de quienes critican al FMI por su costumbre de proponer “un modelo único para todos” sin prestar la debida atención a las diferencias entre las diversas sociedades. Asimismo, en Asia abundan los dirigentes que dicen que lo de los derechos humanos es un invento europeo y por lo tanto no tiene lugar en regiones de tradiciones distintas; comparten la opinión de aquellos voceros de la dictadura militar argentina más reciente que, si bien se afirmaban resueltos a defender por los medios que fueran al Occidente cristiano, protestaban amargamente contra “el imperialismo de los derechos humanos” de los progres norteamericanos y europeos. Si sólo fuera cuestión de oponerse a la homogeneidad cultural y de sentirse horrorizado por la mediocridad comercializada que está estimulando la globalización, los planteos de los contrarios a la idea de que haya principios universales merecerían simpatía, pero por lo común quienes piensan así están más interesados en sus propios intereses que en cualquier otra cosa. Los franceses y sus aliados de la franja sureña de la Unión Europea no quieren verse sometidos a una dosis de rigor teutón porque en tal caso tendrían que desmantelar esquemas que sirven para proteger los privilegios conquistados por minorías a costa de los demás. Lo mismo podría decirse de los indignados por la actitud severa de Christine Lagarde y su equipo de técnicos cuando insisten en la necesidad de reducir el gasto público o hacer un esfuerzo por frenar la inflación y también, en otro ámbito, de los paladines de los valores “asiáticos”, entre ellos los comunistas neoliberales de China, que se ven amenazados por la sensiblería europea. Los progresistas occidentales, herederos a su modo de la Ilustración dieciochesca europea, no saben cómo hacer frente al desafío planteado por quienes los acusan de imperialismo cultural. En el fondo, creen que hay valores universales, pero no les gusta para nada brindar la impresión de imaginarse superiores a los demás. Aunque los hay que siguen aferrándose al universalismo –a su juicio, la tortura y las ejecuciones sumarias son malas aun cuando tengan lugar en un campo de concentración china o una cárcel de Arabia Saudita–, se trata de una minoría. Muchos otros, seducidos por el multiculturalismo, son reacios a condenar las prácticas de pueblos de tradiciones más robustas. La actitud así supuesta se ha generalizado hasta tal punto que, hace algunos días, la policía londinense detuvo, para entonces esposarla, a una señora de 85 años por haber murmurado algo insultante frente a una mezquita, pero se negó a tratar de la misma manera a clérigos musulmanes que en público exhortaban a viva voz a sus correligionarios a decapitar a todos los infieles que se animaran a hablar mal de su profeta. ¿Discriminar así entre personas de origen distinto es una forma de respetar a las presuntas víctimas de siglos de prepotencia imperialista, o es más bien una manifestación de desprecio? Aunque no lo dicen, los acostumbrados a pasar por alto la conducta antisocial de individuos procedentes de culturas distintas, pero que son sumamente severos cuando se trata de alguien de la propia, dan por descontado que sería excesivo pedirles a aquéllos ponerse a la altura de éstos. Tal postura se ve reflejada en la reacción de tantos progresistas frente a lo que está sucediendo en el Oriente Medio: de golpear un israelí, o sea, un occidental, a un árabe, hordas de activistas protestarán contra tamaño abuso de poder; de masacrar un dictador árabe o una banda de guerreros santos a decenas de miles de compatriotas, dichos activistas tratarán de atribuir el horror a la maligna influencia de las viejas potencias coloniales, de Estados Unidos y, por supuesto, de los sionistas ubicuos. La discriminación económica reivindicada por los muchos que se ensañan con los funcionarios de la Unión Europea y, por motivos idénticos, con la gente del FMI, por la falta de imaginación que, aseguran, les impide entender que es absurdo creer que recetas que han brindado buenos resultados en algunos países deberían aplicarse en todos, es igualmente ambigua. En realidad, lo que quisieran es que los organismos internacionales ubiquen a los distintos países en clases según sus capacidades; en una se incluirían a los que estarían en condiciones de soportar un ajuste similar al emprendido una década atrás por Alemania; en otra, a los más débiles pero así y todo rescatables; en una tercera, los que nunca conseguirían ordenar sus finanzas y que, por lo tanto, sería mejor abandonar a su suerte, ya que cualquier intento de ayudarlos se vería aprovechado por políticos, sindicalistas y empresarios resueltos a mantener el statu quo. Por razones evidentes, ni los dirigentes de la Unión Europea ni los técnicos del FMI pueden poner a los países en categorías diferentes como si fueran deportistas, recomendando para unos un régimen apto para una persona que se prepare para ganar una medalla en los Juegos Olímpicos y para otros uno que, a lo sumo, podría ayudarlo a bajar de peso. Tienen forzosamente que tratar a todos de la misma manera, de ahí los muchos fracasos que les han sido achacados. Si bien nadie ignora que España no es Alemania y que Grecia no se parece demasiado a Holanda, durante años los españoles y griegos creyeron que les sería maravillosamente fácil compartir el mismo espacio económico con aquellos norteños adustos e industriosos. En la década de los 90, la Argentina se permitió una ilusión similar pero, a diferencia de lo que aún es el caso en España y Grecia, nadie hizo del acatamiento de las reglas fijadas por los partidarios foráneos del rigor fiscal un asunto de orgullo patriótico, razón por la que culparlos por el desastre que puso fin al equivalente local del euro, el uno a uno, les pareció natural.
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