Candidatos en la niebla

Redacción

Por Redacción

Bien que mal, parecería que los resultados de las primarias bonaerenses, que con toda seguridad incidirán mucho en la evolución política del país, dependerán en buena medida de los votos de quienes no saben lo que representan los distintos candidatos. La confusión que tantos sienten puede entenderse. Aunque se trata de elecciones internas como las celebradas en Estados Unidos, donde dos partidos, el Republicano y el Demócrata, dominan el escenario, el carácter amorfo del peronismo, que se las ha arreglado para ocupar la mayor parte del territorio ideológico conocido, de por sí garantiza un grado excepcional de confusión. Y, como si ello ya no fuera más que suficiente, dos protagonistas, el gobernador Daniel Scioli y el intendente de Tigre Sergio Massa, quieren brindar la impresión de ser a un tiempo oficialistas y opositores, posicionándose así para suceder en la Casa Rosada a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, conservando lo presuntamente bueno de lo hecho en el transcurso de los últimos diez años y eliminando lo malo. Cultores de la ambigüedad, ambos se han propuesto combinar los votos de los muchos que se sienten amenazados por el cambio con los de aquellos que creen que a menos que lo haya el país se hundirá pronto en una nueva crisis sistémica. Al iniciarse la fase formal de la campaña, Massa aventajaba por más de diez puntos al delegado de Cristina, el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde, pero según las encuestas más recientes, a poco más de una semana de la jornada electoral, la brecha se redujo a apenas cinco. Pocos atribuyen la mejora así supuesta a los méritos de Insaurralde. Puede que la intervención de Cristina en la campaña lo haya ayudado, pero a juicio de los especialistas en la política bonaerense se debe principalmente al respaldo que recibe de Scioli. De ser así, el gobernador acertó cuando, para decepción de algunos, optó por no romper con el kirchnerismo duro para acompañar a Massa, lo que, además de convulsionar el mundillo político nacional, le hubiera planteado un sinfín de problemas en adelante ya que para administrar su jurisdicción necesitará contar con fondos aportados por el Poder Ejecutivo nacional que, como es notorio, no está acostumbrado a enviar dinero a “traidores”. De todos modos, aunque Massa no ha retrocedido mucho, parecería que ha perdido el apoyo de una franja de bonaerenses que lo había tomado por el “candidato de Cristina” y de Scioli pero que, luego de pensarlo, llegó a la conclusión de que en verdad es un opositor más. Si bien el tigrense no quiere asustar a quienes aún ven en él un garante de la continuidad, para conseguir más votos tendrá que subrayar su condición de disidente con la esperanza de atraer a los simpatizantes de peronistas rebeldes como Francisco de Narváez y, quizás, de otros que están más interesados en oponerse a Cristina que en encolumnarse detrás de un político determinado. En un esfuerzo por solucionar el problema engorroso así planteado, Massa ha concentrado su fuego en los militantes kirchneristas más antipáticos, afirmando que “con Moreno, D’Elía o La Cámpora la Argentina no tiene futuro”. Claro, dichos personajes y la organización supuestamente juvenil así apostrofados no tendrían ninguna capacidad para privar al país de un futuro si no fuera por Cristina, pero Massa teme que le sería contraproducente atacarla directamente. Asimismo, al igual que otros candidatos, Massa se afirma alarmado por la inseguridad ciudadana, agravada por la presencia creciente del narcotráfico –De Narváez dice que “la provincia está inundada de droga”–, y parecería que Insaurralde comparte la opinión en tal sentido de los demás participantes del torneo electoral, acaso por entender que no le convendría imputar el problema a nada más que “una sensación” difundida por periodistas no militantes. Sea como fuere, si tienen razón quienes insisten en que el porvenir del país dependerá de los resultados de las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, el panorama que nos aguarda se verá cubierto de niebla y por lo tanto será virtualmente imposible distinguir entre los resueltos a defender “el modelo” cambiando muy poco y aquellos que, de tener la oportunidad, intentarían desmantelarlo con el propósito de reemplazarlo por otro radicalmente diferente.


Bien que mal, parecería que los resultados de las primarias bonaerenses, que con toda seguridad incidirán mucho en la evolución política del país, dependerán en buena medida de los votos de quienes no saben lo que representan los distintos candidatos. La confusión que tantos sienten puede entenderse. Aunque se trata de elecciones internas como las celebradas en Estados Unidos, donde dos partidos, el Republicano y el Demócrata, dominan el escenario, el carácter amorfo del peronismo, que se las ha arreglado para ocupar la mayor parte del territorio ideológico conocido, de por sí garantiza un grado excepcional de confusión. Y, como si ello ya no fuera más que suficiente, dos protagonistas, el gobernador Daniel Scioli y el intendente de Tigre Sergio Massa, quieren brindar la impresión de ser a un tiempo oficialistas y opositores, posicionándose así para suceder en la Casa Rosada a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, conservando lo presuntamente bueno de lo hecho en el transcurso de los últimos diez años y eliminando lo malo. Cultores de la ambigüedad, ambos se han propuesto combinar los votos de los muchos que se sienten amenazados por el cambio con los de aquellos que creen que a menos que lo haya el país se hundirá pronto en una nueva crisis sistémica. Al iniciarse la fase formal de la campaña, Massa aventajaba por más de diez puntos al delegado de Cristina, el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde, pero según las encuestas más recientes, a poco más de una semana de la jornada electoral, la brecha se redujo a apenas cinco. Pocos atribuyen la mejora así supuesta a los méritos de Insaurralde. Puede que la intervención de Cristina en la campaña lo haya ayudado, pero a juicio de los especialistas en la política bonaerense se debe principalmente al respaldo que recibe de Scioli. De ser así, el gobernador acertó cuando, para decepción de algunos, optó por no romper con el kirchnerismo duro para acompañar a Massa, lo que, además de convulsionar el mundillo político nacional, le hubiera planteado un sinfín de problemas en adelante ya que para administrar su jurisdicción necesitará contar con fondos aportados por el Poder Ejecutivo nacional que, como es notorio, no está acostumbrado a enviar dinero a “traidores”. De todos modos, aunque Massa no ha retrocedido mucho, parecería que ha perdido el apoyo de una franja de bonaerenses que lo había tomado por el “candidato de Cristina” y de Scioli pero que, luego de pensarlo, llegó a la conclusión de que en verdad es un opositor más. Si bien el tigrense no quiere asustar a quienes aún ven en él un garante de la continuidad, para conseguir más votos tendrá que subrayar su condición de disidente con la esperanza de atraer a los simpatizantes de peronistas rebeldes como Francisco de Narváez y, quizás, de otros que están más interesados en oponerse a Cristina que en encolumnarse detrás de un político determinado. En un esfuerzo por solucionar el problema engorroso así planteado, Massa ha concentrado su fuego en los militantes kirchneristas más antipáticos, afirmando que “con Moreno, D’Elía o La Cámpora la Argentina no tiene futuro”. Claro, dichos personajes y la organización supuestamente juvenil así apostrofados no tendrían ninguna capacidad para privar al país de un futuro si no fuera por Cristina, pero Massa teme que le sería contraproducente atacarla directamente. Asimismo, al igual que otros candidatos, Massa se afirma alarmado por la inseguridad ciudadana, agravada por la presencia creciente del narcotráfico –De Narváez dice que “la provincia está inundada de droga”–, y parecería que Insaurralde comparte la opinión en tal sentido de los demás participantes del torneo electoral, acaso por entender que no le convendría imputar el problema a nada más que “una sensación” difundida por periodistas no militantes. Sea como fuere, si tienen razón quienes insisten en que el porvenir del país dependerá de los resultados de las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, el panorama que nos aguarda se verá cubierto de niebla y por lo tanto será virtualmente imposible distinguir entre los resueltos a defender “el modelo” cambiando muy poco y aquellos que, de tener la oportunidad, intentarían desmantelarlo con el propósito de reemplazarlo por otro radicalmente diferente.

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