Orwellianas

Redacción

Por Redacción

Un artículo firmado por James Bamford, publicado en la “New York Review” con fecha (adelantada) 15 de este mes y titulado “What the NSA knows” (Qué sabe la NSA), está encabezado por una foto monumental del edificio y los multitudinarios aparcamientos de la National Security Agency ubicados en Fort Meade, Maryland. La nota trae un amplísimo relato de los antecedentes del caso que protagoniza Edward Snowden, el agente que reveló –primariamente por el inglés “The Guardian” y el “Washington Post”– un sistema de escuchas furtivas manejado por esa agencia del gobierno americano. Los diarios argentinos han venido informando sobre las contingencias de asilo del informático en rebeldía, ahora aceptado en Rusia, y comentando particularmente las reacciones de gobiernos europeos ante la comprobación de programas de espionaje furtivo que los han afectado. Desde otro ángulo, este artículo se ocupa particularmente de denunciar lo revelado en cuanto afecta a los ciudadanos de Estados Unidos. Para dar una idea de su tono, veamos el párrafo inicial. “A mediados de mayo, Edward Snowden, un americano en sus veinte años maduros, traspasó la entrada del Mira Hotel de Hong Kong e hizo el chequeo. Llevaba una pequeña valija de viaje y cierta cantidad de cajas en una mochila colgada a sus espaldas. Dentro de las cajas estaban cuatro computadoras que contenían algunos de los secretos más rigurosamente guardados de su país”. Y a continuación comenta la inmediata respuesta del público a la revelación periodística del escándalo: una trepada explosiva de las ventas de “Nineteen Eighty Four” (“1984”), el libro de ficción en que George Orwell describió una sociedad totalitaria del futuro donde un tenebroso Hermano Mayor regía –con telepantallas, micrófonos, cámaras escondidas y la ayuda de un ejército de informantes– una Policía del Pensamiento encargada de la estricta vigilancia de los habitantes. En cuanto a lo concreto, y sintetizando al máximo la información de la nota, los documentos liberados por Snowden muestran que la National Security Agency controla actualmente todas las llamadas telefónicas, monitorea las comunicaciones y analiza las intenciones a través de bancos de datos y múltiples tareas on-line. Ante inquietudes de algunas personalidades, en ocasiones la Agencia se había defendido afirmando que su aparataje electrónico de control había hecho posible desbaratar conspiraciones y atentados terroristas. Pero, se dice en la nota, los estadounidenses no tenían noción de las características y los extremos de esas actividades. Hay comités del Congreso encargados de supervisarlas pero, obligados al secreto, responden exclusivamente a demandas informativas de la Casa Blanca. Una recorrida por antecedentes muestra que ya en 1920 hubo un humilde predecesor de la NSA, una llamada “Black Chamber”, que hizo inteligencia subrepticia para el presidente Woodrow Wilson. Actividades de ese tipo prosiguieron durante el siglo hasta que chocaron, en 1975, con un comité senatorial que las evidenció. Hubo hasta sistemas legales, por ejemplo la Foreign Intelligence Surveillance Act (FISA), en 1978, en cuya consecución gravitó la alarma del senador Frank Church, especializado en el seguimiento, pero ninguna reglamentación llegó a ser salvaguardia eficiente. Mucho después, con el gobierno de George W. Bush y luego del atentado de las Torres Gemelas del 11S, se instaló una poderosa estructura ilegal. Todas las leyes se tiraron por la ventana y, consecuentemente, hasta las conversaciones privadas pasaron a no tener garantías. Bush declaró en un discurso que todo se hacía bajo consulta judicial, pero eso era falso. Incluso el Congreso aligeró la ley vigente, facilitando más el espionaje. El proceso llegó a su perfeccionamiento en los últimos años con la administración Obama. Los poderes de la NSA se expandieron. En marzo del 2012 la revista “Wired” publicó un ejemplo: la historia sobre nuevas instalaciones en Utah, un centro edilicio de un millón de pies cuadrados. En la nota un agente jubilado de la Agencia denunciaba que un sistema diseñado para evitar atentados desde el exterior se había perfeccionado para vigilar a los norteamericanos. AT&T y Verizon, entre otras grandes empresas, se integraron al sistema. Los documentos liberados por Snowden demuestran acuerdos que incluyen hasta llamadas telefónicas por línea o celular. Revelan que, por ejemplo, con el programa Prism la Agencia tiene acceso a datos de internet de las mayores comunicadoras del país, como Google y Yahoo. Muestran cómo la NSA conduce sus programas de escuchas furtivas y en qué grado el gobierno ha procedido al ocultamiento de sus actividades. Todo fue ratificado en abril por el propio Snowden en entrevista con periodistas en el Hotel Mira. Explicó que un analista puede grabar desde su escritorio a cualquier persona, desde un contador que maneja impuestos de particulares hasta un juez federal o un presidente. Según un slide de Snowden la NSA, con capacidad para acceso en tiempo real a voz, texto, e-mail y servicios de chateo por internet, tenía más de 117.000 objetivos bajo control riguroso. Pero esto sólo constituía la punta de un sistema que ampliaron varios otros extremadamente potentes y sofisticados para monitorear informaciones nacionales e internacionales, que será mayor con varios nuevos planificados para septiembre de este año. El articulista cierra el largo relato reseñado aquí con una cita de Frank Church, el legislador que, en tiempos en que la NSA tenía una pequeña fracción de su dimensión actual, impulsó desde 1975 la ley FISA de resguardo frente al peligro de la “inteligencia” militar y la Policía del Pensamiento. Su advertencia ante programas de espionaje interno que se insinuaban con el avance de las tecnologías de información cobran actualidad y dramatismo ahora que aparece de nuevo una alarma (quizá levantada por el Gran Hermano, la NSA, para tapar lo de Snowden, bien podría suponerse) en la forma de un supuesto peligro de nuevos atentados de Al Qaeda en lugares indeterminados del mundo. El senador demócrata temía como al diablo a la tentación totalitaria en el momento en que fuese imposible esconder nada. Decía que, dada la potencialidad de estas tecnologías, era imprescindible lograr que las agencias dueñas de ellas fueran obligadas siempre a operar dentro de la ley y bajo una firme supervisión democrática. Hay un abismo entre democracia y tiranía, sostuvo, que si se anula es fatal, no hay retorno. Aquello de Frank Church suena, dice el articulista, “como si él hubiera absorbido las lecciones de Orwell en su clásico ‘1984’. Según la evidencia reciente, concluye, esas lecciones tienen todavía que ser aprendidas”. (*) Doctor en Filosofía

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)


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