Manolo Juárez hace historia
Entrevista al pianista, compositor y maestro que editó un nuevo disco, “Manolo Juárez Cuarteto”. Un encuentro con recuerdos.
Pianista, compositor, arreglador, maestro de generaciones y máximo exponente musical argentino, Manolo, viene presentando “Manolo Juárez Cuarteto”. En el nuevo compacto, con su particular estilo que supera estructuras pero no las deforma, Juárez trabajó junto a Roberto Calvo en guitarra, el contrabajista Horacio Hurtado y José Luis Belmonte en percusión. Ahí están con original sonoridad, versiones de temas mil veces escuchados como “Luna tucumana” y “Manuelita”, y composiciones de Atahualpa Yupanqui, Oscar Valle Jaime Dávalos, Manuel Tejón, Andrés Chazarreta, Gustavo Leguizamón, entre otros. Una palmaria demostración de cómo desarrollar la belleza de nuestro folclore. Cada encuentro con Juárez entra por el lado de los recuerdos que en él ya son como un libro que se abre en cualquier página, y despiertan con solo mirar una foto sobre su escritorio de trabajo, encima del piano, en un hueco de su enorme biblio-discoteca del primer piso de Chacabuco entre Brasil y Caseros. “Era tal la diversidad de cosas que había en Buenos Aires, Astor (Piazzolla) en “Tucumán 676” con Maysa Mattarazzo, el grupo vocal del Chango Farías Gómez o el Mono Villegas a pocas cuadras, Horacio Salgán con (Ubaldo) D’Elío, (Aníbal) Troilo con (Roberto) Grela… Los 70 fueron una explosión musical, sumadas las artes plásticas. Hervía Buenos Aires con el movimiento cultural, una pleamar de la vida. Después vino el Proceso que se encargó de hacer pedazo todo. No hay cosa más peligrosa que el hombre que piensa… El creador, el que tiene el camino de la opción es un enemigo feroz de los déspotas de las dictaduras. Primo de Rivera, organizador de la Falange en España, decía: escucho la palabra cultura y echo mano a la pistola. Todos los regímenes dictatoriales son la cumbre de lo horrendo”, cuenta a “Río Negro” “Ahora, en el mundo, estamos en una época en que la cultura no es un hecho frecuente. Un día vino a saludarme un candidato que luego fue intendente de acá. Era domingo y andaba de campaña por el barrio. Yo estaba durmiendo la resaca del vino y el asado, bajé y lo atendí en la puerta de pantalones cortos. Le pregunté qué planes tenía para educación, cultura y sanidad. Están en preparación, me contestó. Y agregó que si yo estaba preocupado por ello, que fuera y me pusiera a trabajar. Le repliqué que tenía sesenta años y no necesitaba que alguien apareciera a torearme a mi casa. Lo eché por altanero… –Todo lo que integra tu capital de conocimientos que has entregado a tantísimos alumnos, cómo funciona al juntarte con otros músicos, al armar el cuarteto con el que grabaste el último disco? -Elegimos un sonido acústico, tradicional te diría… Yo tengo allí un gran guitarrista y director del grupo vocal Santaires, Roberto (Calvo), que fue alumno mío. Como bajista está mi sobrino, el Mono Hurtado, a quien volví loco… Y el Colorado Belmonte que toca tan bien, sutil, que no se siente. Y está el tema que canta Basurto, que iba a hacer con el Chango (Farías Gómez) y se me murió, con esa voz de botellero. –¿Cómo da paso a la emoción? –¿Sabés qué pasa? Primero está la emoción, la cuestión volitiva de sentir, de hacer algo. Cuando compongo música sinfónica de cámara, siento una turgencia interna. No es verso. Decía (Igor) Stravinsky que primero sentía zonas de conflicto en su interior, después determinaba regiones –agudos, graves, medios–, luego los instrumentos y le ponía ritmo; y las notas iban al final. Lo lindo es cuando algo tiene identidad regional y no cae en lo panfletario.
Eduardo Rouillet
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