“Hoy me embriago con el aroma de las flores”

Redacción

Por Redacción

Sucedió como un cuento: ese principio que nos va llevando a diferentes finales. En este caso, lo que a mi me sucedió: un mal comienzo y un excelente final gracias a la capacidad y profesionalismo que hallé en el hospital de San Martín de los Andes. Caminando por mi ciudad, en un instante me sentí mareado. Mi compañera me aconsejó concurrir a dicho hospital y al llegar a la sala de guardia, “urgencias”, mi salud, mi vida en sí, pertenecía a un médico, destacable ser humano llamado Luciano Eliceche. Gracias a él se extendió mi existir. Luego de convencerme de ser trasladado a la ciudad de Cipolletti, a la Fundación Médica de Río Negro y Neuquén (Instituto Cardiovascular del Sur), lo vi alejarse de mí con una sonrisa que me decía: “Ahora todo está bien”. Al trasladarme a aquel lugar me acompañaron médicos y enfermeras de las que no pude saber sus nombres –yo les llamo ángeles porque el trato y las palabras de aliento modificaban para bien mi estado de salud–. Me sentí protegido, cuidado. ¡Cuánta bondad! Ahí me dejaron y se fueron dándome fuerza. Luego, ya en la citada fundación, fui atendido rápidamente con extrema dedicación. En un instante tenían todo controlado. Yo me sentí tranquilo, estabilizado. Al otro día se presentó un médico, llegó y me dijo: “Yo lo voy a operar”. Sorprendido le dije: “Un gusto, doctor, conocerlo. Muchas gracias”. Ese médico cirujano del que después supe su nombre, José Pereyra, fue para mí Dios operando, porque sentí la seguridad con que lo hace, el extremo conocimiento volcado en mi vida y en todas las vidas que pasan por sus manos. En tres días estuve dado de alta. En ese tiempo me atendieron médicos, enfermeros y jóvenes. No me acuerdo cuántos fueron, pero sí recuerdo que fui cuidado a cada instante y con una sonrisa. Quiero decirles que tuve un infarto y hoy me deleito, me embriago, con el aroma de las flores. “¡La bella primavera!” Siempre agradecido. Jorge Pedro Fernández Silva LE 4.636.656 San Martín de los Andes


Sucedió como un cuento: ese principio que nos va llevando a diferentes finales. En este caso, lo que a mi me sucedió: un mal comienzo y un excelente final gracias a la capacidad y profesionalismo que hallé en el hospital de San Martín de los Andes. Caminando por mi ciudad, en un instante me sentí mareado. Mi compañera me aconsejó concurrir a dicho hospital y al llegar a la sala de guardia, “urgencias”, mi salud, mi vida en sí, pertenecía a un médico, destacable ser humano llamado Luciano Eliceche. Gracias a él se extendió mi existir. Luego de convencerme de ser trasladado a la ciudad de Cipolletti, a la Fundación Médica de Río Negro y Neuquén (Instituto Cardiovascular del Sur), lo vi alejarse de mí con una sonrisa que me decía: “Ahora todo está bien”. Al trasladarme a aquel lugar me acompañaron médicos y enfermeras de las que no pude saber sus nombres –yo les llamo ángeles porque el trato y las palabras de aliento modificaban para bien mi estado de salud–. Me sentí protegido, cuidado. ¡Cuánta bondad! Ahí me dejaron y se fueron dándome fuerza. Luego, ya en la citada fundación, fui atendido rápidamente con extrema dedicación. En un instante tenían todo controlado. Yo me sentí tranquilo, estabilizado. Al otro día se presentó un médico, llegó y me dijo: “Yo lo voy a operar”. Sorprendido le dije: “Un gusto, doctor, conocerlo. Muchas gracias”. Ese médico cirujano del que después supe su nombre, José Pereyra, fue para mí Dios operando, porque sentí la seguridad con que lo hace, el extremo conocimiento volcado en mi vida y en todas las vidas que pasan por sus manos. En tres días estuve dado de alta. En ese tiempo me atendieron médicos, enfermeros y jóvenes. No me acuerdo cuántos fueron, pero sí recuerdo que fui cuidado a cada instante y con una sonrisa. Quiero decirles que tuve un infarto y hoy me deleito, me embriago, con el aroma de las flores. “¡La bella primavera!” Siempre agradecido. Jorge Pedro Fernández Silva LE 4.636.656 San Martín de los Andes

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