El fracaso es de todos
Para sorpresa de muchos, el ministro de Educación nacional, Alberto Sileoni, acaba de afirmar que se siente personalmente responsable de los resultados nada buenos de nuestros alumnos secundarios en la prueba PISA, en la que la Argentina se ubicó en el puesto número 59 de los 65 países participantes. Que el funcionario haya dejado de minimizar la importancia del atraso educativo que, a pesar del aumento del presupuesto correspondiente, se ha agravado últimamente es, por supuesto, muy positivo, pero acaso no convendría que, al escuchar lo que muchos han tomado por una autocrítica, la mayoría atribuya el desastre educativo sólo a los errores cometidos por el gobierno nacional. Sin embargo, según Sileoni, “la sociedad argentina” tiene pleno derecho a no estar “satisfecha” con el desempeño de los jóvenes, como si a su juicio sólo fuera cuestión de otra demanda legítima frente a la que el gobierno de turno se ve obligado a reaccionar cediendo ante los reclamos de los disconformes. ¿Es así? Lo sería si “la sociedad argentina”, es decir la mayoría abrumadora de los habitantes del país, se sintiera tan comprometida con la educación de los jóvenes que estuviera dispuesta a ir a virtualmente cualquier extremo para estimularlos a aprender, pero, por desgracia, éste dista de ser el caso. Por el contrario, demasiadas personas parecen haberse convencido de que, por ser la educación “un derecho”, pueden limitarse a esperar pasivamente hasta que el gobierno les entregue lo que debería ser suyo. Así y todo, no cabe duda alguna de que el gobierno kirchnerista ha aportado mucho a la decadencia. Facilista por vocación, siempre ha estado más interesado en aprovechar el resentimiento de quienes se sienten defraudados por la vida que en recordarles a los alumnos y a sus padres de que en última instancia el nivel educativo dependerá de los esfuerzos de cada uno. También han sido proclives “los soldados” del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a privilegiar el adoctrinamiento político por encima del saber. Sileoni mismo ha reivindicado la toma de colegios por alumnos revoltosos so pretexto de que la “militancia” era forzosamente buena, sin preocuparse en absoluto por el impacto del vandalismo resultante, y las muchas horas de clases irremediablemente perdidas, en el estado de ánimo de quienes preferirían dedicarse a las materias más “burguesas” que en todas partes dominan el currículo escolar. Igualmente destructiva ha sido la conducta de los sindicatos docentes. No sólo aquí sino también en el resto del mundo, son bastiones de mediocridad porque tienen que defender los derechos adquiridos de los afiliados menos capaces, oponiéndose a iniciativas destinadas a discriminar a favor de los mejores, pero en pocos lugares han protagonizado tantos paros prolongados como en nuestro país, privando a los alumnos de muchos días de clase y por lo tanto de la posibilidad de aprender lo bastante como para permitirles abrirse camino en el futuro. Para justificar el activismo sindical, los dirigentes señalan que son bajos los salarios docentes. Tienen razón, si bien no son tan magros como los percibidos por millones de empleados, pero también son bajas las exigencias. Parecería que la docencia ya no es una profesión respetada sino algo que hacen “los trabajadores de la educación”. Tal actitud ha contribuido a devaluar la enseñanza a ojos de sectores muy amplios. Para cambiarla, sería necesario que se transformara en una profesión de elite, como es en los países de Asia oriental y en algunos de Escandinavia, lo que con toda seguridad no complacería ni a los sindicalistas ni a los populistas. La decadencia del sistema educativo nacional se ha visto agravada por la voluntad del gobierno nacional y de muchos provinciales de congraciarse con los empresarios turísticos creando nuevos feriados, reduciendo cada vez más la duración del año escolar. Es su modo de difundir el mensaje de que, en opinión de los políticos por lo menos, el turismo es más importante que la educación. Por mucho que la mayoría jure entender que la educación es fundamental, las afirmaciones en tal sentido no convencen; si fueran sinceras, la Argentina ya se habría colocado al lado de los países más exitosos de Europa en el ranking de PISA.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 14 de diciembre de 2013
Para sorpresa de muchos, el ministro de Educación nacional, Alberto Sileoni, acaba de afirmar que se siente personalmente responsable de los resultados nada buenos de nuestros alumnos secundarios en la prueba PISA, en la que la Argentina se ubicó en el puesto número 59 de los 65 países participantes. Que el funcionario haya dejado de minimizar la importancia del atraso educativo que, a pesar del aumento del presupuesto correspondiente, se ha agravado últimamente es, por supuesto, muy positivo, pero acaso no convendría que, al escuchar lo que muchos han tomado por una autocrítica, la mayoría atribuya el desastre educativo sólo a los errores cometidos por el gobierno nacional. Sin embargo, según Sileoni, “la sociedad argentina” tiene pleno derecho a no estar “satisfecha” con el desempeño de los jóvenes, como si a su juicio sólo fuera cuestión de otra demanda legítima frente a la que el gobierno de turno se ve obligado a reaccionar cediendo ante los reclamos de los disconformes. ¿Es así? Lo sería si “la sociedad argentina”, es decir la mayoría abrumadora de los habitantes del país, se sintiera tan comprometida con la educación de los jóvenes que estuviera dispuesta a ir a virtualmente cualquier extremo para estimularlos a aprender, pero, por desgracia, éste dista de ser el caso. Por el contrario, demasiadas personas parecen haberse convencido de que, por ser la educación “un derecho”, pueden limitarse a esperar pasivamente hasta que el gobierno les entregue lo que debería ser suyo. Así y todo, no cabe duda alguna de que el gobierno kirchnerista ha aportado mucho a la decadencia. Facilista por vocación, siempre ha estado más interesado en aprovechar el resentimiento de quienes se sienten defraudados por la vida que en recordarles a los alumnos y a sus padres de que en última instancia el nivel educativo dependerá de los esfuerzos de cada uno. También han sido proclives “los soldados” del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a privilegiar el adoctrinamiento político por encima del saber. Sileoni mismo ha reivindicado la toma de colegios por alumnos revoltosos so pretexto de que la “militancia” era forzosamente buena, sin preocuparse en absoluto por el impacto del vandalismo resultante, y las muchas horas de clases irremediablemente perdidas, en el estado de ánimo de quienes preferirían dedicarse a las materias más “burguesas” que en todas partes dominan el currículo escolar. Igualmente destructiva ha sido la conducta de los sindicatos docentes. No sólo aquí sino también en el resto del mundo, son bastiones de mediocridad porque tienen que defender los derechos adquiridos de los afiliados menos capaces, oponiéndose a iniciativas destinadas a discriminar a favor de los mejores, pero en pocos lugares han protagonizado tantos paros prolongados como en nuestro país, privando a los alumnos de muchos días de clase y por lo tanto de la posibilidad de aprender lo bastante como para permitirles abrirse camino en el futuro. Para justificar el activismo sindical, los dirigentes señalan que son bajos los salarios docentes. Tienen razón, si bien no son tan magros como los percibidos por millones de empleados, pero también son bajas las exigencias. Parecería que la docencia ya no es una profesión respetada sino algo que hacen “los trabajadores de la educación”. Tal actitud ha contribuido a devaluar la enseñanza a ojos de sectores muy amplios. Para cambiarla, sería necesario que se transformara en una profesión de elite, como es en los países de Asia oriental y en algunos de Escandinavia, lo que con toda seguridad no complacería ni a los sindicalistas ni a los populistas. La decadencia del sistema educativo nacional se ha visto agravada por la voluntad del gobierno nacional y de muchos provinciales de congraciarse con los empresarios turísticos creando nuevos feriados, reduciendo cada vez más la duración del año escolar. Es su modo de difundir el mensaje de que, en opinión de los políticos por lo menos, el turismo es más importante que la educación. Por mucho que la mayoría jure entender que la educación es fundamental, las afirmaciones en tal sentido no convencen; si fueran sinceras, la Argentina ya se habría colocado al lado de los países más exitosos de Europa en el ranking de PISA.
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