El truculento drama norcoreano
Aunque el régimen norcoreano está entre los más brutales del mundo, los gobiernos de países vecinos como Corea del Sur, China y el Japón sienten tanto temor por lo que podría suceder si se desmoronara que no se animan a procurar desestabilizarlo. Por su propia seguridad, prefieren dejar abandonados a su suerte a los aproximadamente 24 millones de norcoreanos que luchan por sobrevivir en el inmenso campo de concentración construido por la dinastía Kim y sus esbirros, a correr los riesgos que les supondría aplicar sanciones económicas u otras medidas destinadas a impulsar cambios positivos. No sólo es cuestión del peligro planteado por la capacidad nuclear, rudimentaria pero así y todo intimidante, de Corea del Norte, sino también de la posibilidad de que el eventual colapso de la dictadura se viera seguido por un éxodo masivo de refugiados famélicos. A los surcoreanos prósperos no les gustaría para nada tener que encargarse de los costos de una reunificación caótica de la península dividida que, se estima, serían mucho más altos que los pagados por Alemania occidental luego de la desintegración de la parte comunista de su país. Tampoco están dispuestos los chinos a abrir las puertas para que entren multitudes de personas desesperadas. Es comprensible, pues, que la purga feroz que ha emprendido el joven dictador Kim Jong-un haya puesto en alerta máxima a los países de una región en la que la tensión ha aumentado últimamente debido a la agresividad territorial de China que está intentando reivindicar su soberanía sobre islotes gobernados desde hace más de un siglo por el Japón. Con el presunto propósito de eliminar a rivales en potencia, Kim acaba de ordenar la ejecución, luego de un “juicio” relámpago, de su tío y mentor, Jang Song-thaek, acusándolo en público de una larga serie de crímenes: traición, corrupción, aspiraciones destituyentes, repartir fotos obscenas a fin de impulsar el capitalismo, no aplaudir con el entusiasmo debido una arenga pronunciada por el jefe y de haber ubicado en un lugar sombreado una estatua del difunto Kim Il-sung, padre del dictador actual. Por cometer delitos tan horrendos, los periodistas militantes de los medios estatales –los únicos que existen en Corea del Norte– calificaron al hombre que hasta horas antes había sido el segundo más poderoso de su país de “escoria humana” y “peor que un perro”, entre otros epítetos contundentes. Si bien los regímenes comunistas siempre han sido proclives a sufrir espasmos de histeria en que líderes máximos, como Stalin, Mao y Pol Pot, denuncian a funcionarios jerárquicos, que pronto serán fusilados o ahorcados, acusándolos de perpetrar una cantidad asombrosa de crímenes inverosímiles, la decisión de Kim de intensificar las purgas de sus enemigos internos ha ocasionado mucha alarma en Asia oriental. Según los especialistas en asuntos norcoreanos, significa que el país es escenario de una lucha despiadada por el poder entre facciones irreconciliables. Señalan que si tratan de defenderse los amenazados por Kim, un personaje que ha resultado ser tan vengativo como cualquier capo mafioso, no tardaría en estallar una guerra civil de consecuencias imprevisibles. Asimismo, aumentaría el riesgo de que Kim asuma una postura rabiosamente belicosa frente a Corea del Sur, Japón que es la odiada ex-potencia colonial, y China, con la esperanza de que le sirva para impresionar a los militares con su fervor nacionalista, de tal modo garantizándose su apoyo. Si Corea del Norte fuera un país “normal”, el régimen ya habría entendido que le convendría disfrutar de relaciones menos tirantes con sus vecinos más poderosos e, incluso en el caso de China, mucho más ricos, además de Estados Unidos, pero, huelga decirlo, no es “normal” en absoluto. Por el contrario, está en manos de sujetos que, según los criterios imperantes en los países desarrollados, son lunáticos sanguinarios que están habituados a comportarse como los delincuentes que claramente son. Es por lo tanto lógico que los vecinos teman que, al intensificarse, la lucha por el poder tenga repercusiones que trasciendan las fronteras de Corea del Norte para afectar a todos los países de la región y que, de producirse una implosión, otros se verían sin más alternativa que la de procurar intervenir en defensa de los intereses legítimos propios.
Aunque el régimen norcoreano está entre los más brutales del mundo, los gobiernos de países vecinos como Corea del Sur, China y el Japón sienten tanto temor por lo que podría suceder si se desmoronara que no se animan a procurar desestabilizarlo. Por su propia seguridad, prefieren dejar abandonados a su suerte a los aproximadamente 24 millones de norcoreanos que luchan por sobrevivir en el inmenso campo de concentración construido por la dinastía Kim y sus esbirros, a correr los riesgos que les supondría aplicar sanciones económicas u otras medidas destinadas a impulsar cambios positivos. No sólo es cuestión del peligro planteado por la capacidad nuclear, rudimentaria pero así y todo intimidante, de Corea del Norte, sino también de la posibilidad de que el eventual colapso de la dictadura se viera seguido por un éxodo masivo de refugiados famélicos. A los surcoreanos prósperos no les gustaría para nada tener que encargarse de los costos de una reunificación caótica de la península dividida que, se estima, serían mucho más altos que los pagados por Alemania occidental luego de la desintegración de la parte comunista de su país. Tampoco están dispuestos los chinos a abrir las puertas para que entren multitudes de personas desesperadas. Es comprensible, pues, que la purga feroz que ha emprendido el joven dictador Kim Jong-un haya puesto en alerta máxima a los países de una región en la que la tensión ha aumentado últimamente debido a la agresividad territorial de China que está intentando reivindicar su soberanía sobre islotes gobernados desde hace más de un siglo por el Japón. Con el presunto propósito de eliminar a rivales en potencia, Kim acaba de ordenar la ejecución, luego de un “juicio” relámpago, de su tío y mentor, Jang Song-thaek, acusándolo en público de una larga serie de crímenes: traición, corrupción, aspiraciones destituyentes, repartir fotos obscenas a fin de impulsar el capitalismo, no aplaudir con el entusiasmo debido una arenga pronunciada por el jefe y de haber ubicado en un lugar sombreado una estatua del difunto Kim Il-sung, padre del dictador actual. Por cometer delitos tan horrendos, los periodistas militantes de los medios estatales –los únicos que existen en Corea del Norte– calificaron al hombre que hasta horas antes había sido el segundo más poderoso de su país de “escoria humana” y “peor que un perro”, entre otros epítetos contundentes. Si bien los regímenes comunistas siempre han sido proclives a sufrir espasmos de histeria en que líderes máximos, como Stalin, Mao y Pol Pot, denuncian a funcionarios jerárquicos, que pronto serán fusilados o ahorcados, acusándolos de perpetrar una cantidad asombrosa de crímenes inverosímiles, la decisión de Kim de intensificar las purgas de sus enemigos internos ha ocasionado mucha alarma en Asia oriental. Según los especialistas en asuntos norcoreanos, significa que el país es escenario de una lucha despiadada por el poder entre facciones irreconciliables. Señalan que si tratan de defenderse los amenazados por Kim, un personaje que ha resultado ser tan vengativo como cualquier capo mafioso, no tardaría en estallar una guerra civil de consecuencias imprevisibles. Asimismo, aumentaría el riesgo de que Kim asuma una postura rabiosamente belicosa frente a Corea del Sur, Japón que es la odiada ex-potencia colonial, y China, con la esperanza de que le sirva para impresionar a los militares con su fervor nacionalista, de tal modo garantizándose su apoyo. Si Corea del Norte fuera un país “normal”, el régimen ya habría entendido que le convendría disfrutar de relaciones menos tirantes con sus vecinos más poderosos e, incluso en el caso de China, mucho más ricos, además de Estados Unidos, pero, huelga decirlo, no es “normal” en absoluto. Por el contrario, está en manos de sujetos que, según los criterios imperantes en los países desarrollados, son lunáticos sanguinarios que están habituados a comportarse como los delincuentes que claramente son. Es por lo tanto lógico que los vecinos teman que, al intensificarse, la lucha por el poder tenga repercusiones que trasciendan las fronteras de Corea del Norte para afectar a todos los países de la región y que, de producirse una implosión, otros se verían sin más alternativa que la de procurar intervenir en defensa de los intereses legítimos propios.
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