La ventana
Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar.
Irene Caselli irenecaselli@gmail.com Por primera vez en años no tengo asignada una ventana. Es como si me sentara en un hueco con la sensación de que así no se puede viajar. Llámenla exageración, pero ir del lado de la ventana es un estilo de vida que hoy no voy a poder respetar al cruzar todo América del Sur, de Caracas a Buenos Aires. Estiro las piernas hacia el pasillo pero no puedo parar de imaginarme la vista. El Caribe, las tierras de dinosaurios de la Gran Sabana y la infinita Amazonía hasta llegar a las luces de la ciudad de la furia que adornan la oscuridad. Hoy no tendré nada de eso. Será como haberse subido a una máquina del tiempo y del espacio. Atravesar un continente a ciegas, sin saber por dónde andas. Mi chico dice que solo se ve algo del paisaje en los tres minutos posteriores al despegue y en los previos al aterrizaje. Aunque él sospeche que me lo invento, yo sé muy bien que se ve mucho. Nunca olvidaré cuando los Himalayas se me aparecieron a las horas de vuelo. Lo mismo me pasó con los volcanes nevados de Chile y de Ecuador. A pesar de la magia de la ventana, muchos viajeros frecuentes son fanáticos de los pasillos. Se vuelven fundamentalistas al enumerar las ventajas: “Estirar las piernas, pararte y sentarte sin depender de nadie, ir al baño cuando quieras, bajar del avión inmediatamente al aterrizar… Es muy práctico. Te sientes libre”. No, señores, no. Esa libertad es ficticia. ¿Acaso los del pasillo pasan todo el tiempo de pie? Seguro que se mueren de ganas de que se levante el de la ventana para tener una excusa para otear hacia afuera. Estoy convencida de que es gente que vive apurada y compró el cuento de la practicidad, pero no puede parar de pensar en el romántico asiento de al lado. La ventana es poesía. Erykah Badu, una de mis cantantes favoritas, le dedica “Window Seat”, en la que dice: “¿Podría darme un asiento en la ventana? Sólo quiero un boleto fuera de la ciudad, echar un vistazo y un aterrizaje seguro. Solo quiero la oportunidad de volar, una oportunidad de llorar y un largo adiós”. Confieso que he llorado mirando hacia afuera y admito que es muy Hollywood. A lo mejor si fuera unos centímetros más alta la bohemia de la ventana se acabaría, eclipsada por el sufrimiento de las piernas aplastadas entre el pasajero de al lado y la maldita vista. Periodista italiana Twitter: @irenecaselli
En el camino
Irene Caselli irenecaselli@gmail.com Por primera vez en años no tengo asignada una ventana. Es como si me sentara en un hueco con la sensación de que así no se puede viajar. Llámenla exageración, pero ir del lado de la ventana es un estilo de vida que hoy no voy a poder respetar al cruzar todo América del Sur, de Caracas a Buenos Aires. Estiro las piernas hacia el pasillo pero no puedo parar de imaginarme la vista. El Caribe, las tierras de dinosaurios de la Gran Sabana y la infinita Amazonía hasta llegar a las luces de la ciudad de la furia que adornan la oscuridad. Hoy no tendré nada de eso. Será como haberse subido a una máquina del tiempo y del espacio. Atravesar un continente a ciegas, sin saber por dónde andas. Mi chico dice que solo se ve algo del paisaje en los tres minutos posteriores al despegue y en los previos al aterrizaje. Aunque él sospeche que me lo invento, yo sé muy bien que se ve mucho. Nunca olvidaré cuando los Himalayas se me aparecieron a las horas de vuelo. Lo mismo me pasó con los volcanes nevados de Chile y de Ecuador. A pesar de la magia de la ventana, muchos viajeros frecuentes son fanáticos de los pasillos. Se vuelven fundamentalistas al enumerar las ventajas: “Estirar las piernas, pararte y sentarte sin depender de nadie, ir al baño cuando quieras, bajar del avión inmediatamente al aterrizar... Es muy práctico. Te sientes libre”. No, señores, no. Esa libertad es ficticia. ¿Acaso los del pasillo pasan todo el tiempo de pie? Seguro que se mueren de ganas de que se levante el de la ventana para tener una excusa para otear hacia afuera. Estoy convencida de que es gente que vive apurada y compró el cuento de la practicidad, pero no puede parar de pensar en el romántico asiento de al lado. La ventana es poesía. Erykah Badu, una de mis cantantes favoritas, le dedica “Window Seat”, en la que dice: “¿Podría darme un asiento en la ventana? Sólo quiero un boleto fuera de la ciudad, echar un vistazo y un aterrizaje seguro. Solo quiero la oportunidad de volar, una oportunidad de llorar y un largo adiós”. Confieso que he llorado mirando hacia afuera y admito que es muy Hollywood. A lo mejor si fuera unos centímetros más alta la bohemia de la ventana se acabaría, eclipsada por el sufrimiento de las piernas aplastadas entre el pasajero de al lado y la maldita vista. Periodista italiana Twitter: @irenecaselli
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