El hombre que puso en jaque al Estado colombiano

Redacción

Por Redacción

Tiñó de sangre las calles de Colombia y logró huir durante años gracias a las redes de apoyo que tejió en Medellín. Pero alguna vez tenía que cometer un error y así ocurrió aquel 2 de diciembre de 1993. Pablo Escobar extrañaba mucho a su familia, habló más de la cuenta y la policía ubicó su escondite. Ese día terminó la historia del delincuente más perseguido del país, cuyo nombre cruzó fronteras y fue conocido como el principal narcotraficante del mundo, el máximo jefe del Cártel de Medellín y una de las personas más ricas del planeta, según la revista “Forbes”. Ahora, 20 años después, el hombre que apretó el gatillo recuerda lo difícil que fue encontrar a “El Patrón” para acabar con una de las épocas más duras de la historia reciente del país, cuando un puñado de delincuentes logró poner en jaque al Estado colombiano. El coronel retirado de la policía Hugo Aguilar fue el comandante del llamado Bloque de Búsqueda de Escobar y el encargado de propinarle el primer disparo cuando el mafioso trataba de huir por el techo de una casa de un sector de clase media de Medellín. Aguilar, quien luego fue gobernador del departamento de Santander y ahora está preso por vínculos con paramilitares de ultraderecha, alcanzó al capo con un disparo por la espalda que le atravesó el corazón. Un teniente le hizo otro tiro que le salió por el oído. El Bloque de Búsqueda, que llegó a tener 4.000 miembros, había logrado ubicar su refugio con la colaboración tecnológica de EE. UU. El mafioso habló ese día por teléfono con su hijo y la llamada duró lo suficiente para que equipos satelitales dieran las coordenadas exactas del lugar. Escobar se hizo desde abajo en el delito. En los 70 robaba automóviles y trabajaba como matón a sueldo del contrabandista Alfredo Gómez López, pero lo suyo no era la relación de dependencia. Comenzó a gestar su imperio como reducidor de objetos robados y con el contrabando. En poco tiempo se introdujo en el tráfico de drogas. Comenzó a ganar poder en los 80, cuando el país sufría una crisis económica y el Estado hacía frente a numerosos grupos guerrilleros que buscaban el poder por la vía armada, de los cuales aún sobreviven las FARC y el ELN. Con un espíritu “empresarial”, Escobar vio una oportunidad de ganar dinero enviando cocaína a Estados Unidos y para eso buscó contactos para comprar la materia prima, la pasta de coca, en Bolivia y Perú. Era ambicioso y no tenía escrúpulos. Paternalista con sus seguidores y temible a la vez, impuso en Medellín una modalidad de negociación a la que llamó “la ley plata o plomo”, según la cual funcionarios, policías y militares tenían dos alternativas: aceptaban sobornos o eran asesinados a balazos. Pero el crecimiento de sus ganancias tenía que ser justificado de alguna forma y Escobar buscó poder político, para lo cual se incorporó al Partido Liberal. Mientras, con dinero de la droga, levantó un barrio de 780 viviendas en Medellín que se popularizó como “El barrio de Pablo Escobar”. Hizo instalar agua corriente, edificó escuelas y también que se construyeran cerca de 50 canchas de fútbol. Miles de beneficiados comenzaron a idolatrarlo y le dieron los votos para ser electo en el Ayuntamiento de Medellín y, en 1982, fue diputado suplente del Congreso de la república. Dueño de un discurso antiimperialista y hasta con cierto tinte izquierdista, Escobar fue desenmascarado en el Congreso por el entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara. Las acusaciones marcaron un antes y un después de Escobar, quien salió del Congreso y pasó abiertamente a la clandestinidad como jefe del Cártel de Medellín y líder –en realidad casi un “dios”– de centenares de jóvenes pistoleros amantes del dinero fácil. Su primer desafío al Estado fue en abril de 1984, cuando el ministro Lara fue acribillado en Bogotá dentro de su automóvil. Para Colombia fue el inicio de una época marcada por el terrorismo con innumerables coches bomba en las principales ciudades. El Cártel de Medellín destruyó la sede del Servicio de Inteligencia y la edificación del diario “El Espectador”, cuyo director Guillermo Cano también murió por los disparos de la mafia. Su osadía llegó a derribar un avión comercial en pleno vuelo. Según John Jairo Velásquez, alias “Popeye”, un pistolero de Escobar que sigue en prisión, unas 6.000 personas murieron en esa época en los atentados ordenados por “El Patrón”. Ante la posibilidad de que el máximo tribunal avalara un tratado de extradición a Estados Unidos, Escobar contrató a un comando de la guerrilla M-19. En noviembre de 1985, tomaron el Palacio de Justicia de Bogotá, destruyeron los archivos del narcotráfico y asesinaron a 11 de los 24 jueces supremos. También estuvo detrás del magnicidio de Luis Carlos Galán, en agosto de 1989, favorito para ganar las presidenciales. La leyenda cuenta que Escobar solía burlarse de las autoridades manejando un colectivo en Bogotá y que siguió ayudando con dinero y obras a familias pobres. Tal vez por eso aún hoy es posible encontrar remeras con su foto sobre la leyenda “El Patrón”. Se entregó durante el gobierno de César Gaviria (1990-1994) tras el ofrecimiento de beneficios judiciales, pero después de un corto tiempo en una cárcel “de lujo” se fugó en 1992. Su historia terminó el 2 de diciembre de 1993, cuando la conversación con su hijo lo delató.

Rodrigo Ruiz Tovar/DANIEL CASAS (Agencias DPA y Télam)


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