“Calesita, calesitero”
Sin sorpresa por ser silencioso testigo de la despedida anticipada, de las fotos que inmortalizarán 20 años de sueños propios y ajenos, de ilusiones de niños de antes que hasta ayer trajeron aquí las ilusiones de sus niños de hoy, como así también de la desidia y el desamor de quienes sin importarle el esfuerzo del otro hicieron flaquear tu voluntad de continuidad en alguna que otra ocasión. Salvo la soledad que siempre es una novedad cuando no es deseada, que dará vida ahora a los recuerdos del tiempo reciente, he visto en cada amanecer su quietud expectante sólo visitada por el madrugador jilguero en el retorno después de la siesta o en el regreso a casa en la noche. Su cansino girar impulsado por sus ingeniosas máquinas, acompañada por aquel repetido repertorio pegadizo a la memoria. Soledad del bullicio, del llanto caprichoso de un niño deseoso a la risa espontánea y sin prejuicio de aquél montado en su imaginación, del espacio vacío en el que esta mañana solo veía al laborioso hornerito preparando la mezcla para su castillo, en el chirrido de la hamaca de cadenas sueltas o aquella del asiento desflecado, del tobogán que mira impávido tu ausencia y de aquel subibaja que azotado por el viento de hoy se agita en una constante negación a tu partida, de las hojas que corren y se amontonan junto a los papeles de golosinas y las bandejitas de la vianda que ya no escuchan aterradas tu paso firme y tempranero que llega a juntarlas en la bolsa azul, de la caseta sin música y la vuelta sin sortija, del chevete al rayo del sol esperando una nueva mudanza para llevarle a Miki el agua fresca o los enseres del mate. Soledad por la partida del viejo gruñón pero siempre generoso, el del gesto simple, del mate frío, la charla trivial y llena de humor o la conversación más profunda y didáctica, el de la discusión sobre las políticas sin solución o la mano abierta para aportar su bondad. Ya no te tendrán el niño con los ojos saltones que venía solo a pedirte la vuelta, el caballito de galope fijo, el león verde, el auto cuadrado ni el helicóptero sin aspas. Tampoco el descuidado papá con un billete de cien por un boleto de cinco ni los horarios de apertura que te hacían interrumpir nuestras charlas para no llegar tarde ni te encontrarán en la plaza Facu y Mati para luego caminar junto a vos, riendo de tus desplantes y andanzas. Ya no te avergonzarás del grito “Ballester, pagá las cuentas” ni tendrás que explicarle a tu amada nieta que sólo son chistes que recibís por tu graciosa amistad. Hoy, querido amigo Jorge, he visto la soledad, la soledad de muchas cosas con alma que ya no están, ese alma que te pertenece, esa soledad de tu libertad. José Luis Mayer DNI 13.646.130 Roca
José Luis Mayer DNI 13.646.130 Roca
Sin sorpresa por ser silencioso testigo de la despedida anticipada, de las fotos que inmortalizarán 20 años de sueños propios y ajenos, de ilusiones de niños de antes que hasta ayer trajeron aquí las ilusiones de sus niños de hoy, como así también de la desidia y el desamor de quienes sin importarle el esfuerzo del otro hicieron flaquear tu voluntad de continuidad en alguna que otra ocasión. Salvo la soledad que siempre es una novedad cuando no es deseada, que dará vida ahora a los recuerdos del tiempo reciente, he visto en cada amanecer su quietud expectante sólo visitada por el madrugador jilguero en el retorno después de la siesta o en el regreso a casa en la noche. Su cansino girar impulsado por sus ingeniosas máquinas, acompañada por aquel repetido repertorio pegadizo a la memoria. Soledad del bullicio, del llanto caprichoso de un niño deseoso a la risa espontánea y sin prejuicio de aquél montado en su imaginación, del espacio vacío en el que esta mañana solo veía al laborioso hornerito preparando la mezcla para su castillo, en el chirrido de la hamaca de cadenas sueltas o aquella del asiento desflecado, del tobogán que mira impávido tu ausencia y de aquel subibaja que azotado por el viento de hoy se agita en una constante negación a tu partida, de las hojas que corren y se amontonan junto a los papeles de golosinas y las bandejitas de la vianda que ya no escuchan aterradas tu paso firme y tempranero que llega a juntarlas en la bolsa azul, de la caseta sin música y la vuelta sin sortija, del chevete al rayo del sol esperando una nueva mudanza para llevarle a Miki el agua fresca o los enseres del mate. Soledad por la partida del viejo gruñón pero siempre generoso, el del gesto simple, del mate frío, la charla trivial y llena de humor o la conversación más profunda y didáctica, el de la discusión sobre las políticas sin solución o la mano abierta para aportar su bondad. Ya no te tendrán el niño con los ojos saltones que venía solo a pedirte la vuelta, el caballito de galope fijo, el león verde, el auto cuadrado ni el helicóptero sin aspas. Tampoco el descuidado papá con un billete de cien por un boleto de cinco ni los horarios de apertura que te hacían interrumpir nuestras charlas para no llegar tarde ni te encontrarán en la plaza Facu y Mati para luego caminar junto a vos, riendo de tus desplantes y andanzas. Ya no te avergonzarás del grito “Ballester, pagá las cuentas” ni tendrás que explicarle a tu amada nieta que sólo son chistes que recibís por tu graciosa amistad. Hoy, querido amigo Jorge, he visto la soledad, la soledad de muchas cosas con alma que ya no están, ese alma que te pertenece, esa soledad de tu libertad. José Luis Mayer DNI 13.646.130 Roca
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