Una expropiación muy costosa

Redacción

Por Redacción

Hace menos de dos años, los estrategas del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner aún se creían capaces de obligar al resto del mundo a adaptarse al “relato” populista oficial que, en su propia opinión por lo menos, les otorgaba el derecho de hacer todo cuanto se les ocurría en nombre de la soberanía nacional. Así, pues, en abril del 2012, cuando el gobierno tomó por asalto la participación española en YPF, el entonces viceministro de Economía, Axel Kicillof, nos dijo que, lejos de compensar a Repsol por las acciones confiscadas, la empresa tendría que indemnizar al país por los daños ecológicos que provocó cavando pozos en busca de petróleo. Los kirchneristas, encandilados por las perspectivas abiertas por el descubierto de grandes depósitos de gas shale en Vaca Muerta, imaginaban que expropiar a Repsol los haría dueños de muchísimos miles de millones de dólares que ayudarían al gobierno de la “Cristina eterna” a prolongar su gestión hasta las calendas griegas. Mucho ha cambiado desde aquellos días felices. Al darse cuenta el gobierno de que su forma excéntrica de manejar la economía sólo servía para arruinarla y por lo tanto enfrentarlo con una crisis política de dimensiones alarmantes, asumió una actitud radicalmente distinta. No bien se convirtió en ministro de Economía, Kicillof abandonó la prepotencia estudiantil que lo había caracterizado por entender que le resultaba contraproducente. Parecería que también ha dejado atrás la “heterodoxia” que, en su caso y el de muchos otros, consistía en la idea de que, en vista de que los presuntamente comprometidos con la “ortodoxia” no habían logrado mucho en la Argentina, fuera mejor hacer todo al revés. Desde que reemplazó al desafortunado Hernán Lorenzino que, por fin, pudo irse, Kicillof está a cargo de un ajuste que algunos críticos maliciosos califican de “ortodoxo” y, para más señas, está procurando, sin demasiado éxito hasta ahora, seducir a los inversores internacionales haciendo gala de su sensatez. Para conformar a la llamada “comunidad financiera” mundial, Kicillof ha tenido que alcanzar un acuerdo con Repsol, lo que, por razones no sólo ideológicas sino también personales, no le ha sido del todo fácil. Con todo, acaba de anunciarse que la petrolera española aceptará una indemnización de 5.000 millones de dólares, más algunas garantías que aún no han trascendido. De haberle ofrecido un monto parecido en abril del 2012, el país se hubiera ahorrado un sinfín de dificultades, ya que, además de la forma teatral nada amable en que bandas de militantes kirchneristas se apoderaron de las oficinas y las instalaciones de la empresa, expulsando físicamente a los ejecutivos españoles, el gobierno dejó evidente el desprecio que sienten sus integrantes por los detalles jurídicos. Es imposible estimar cuánto nos costó aquella maniobra propagandística, pero a buen seguro se ha tratado de una suma muy superior a los 5.000 millones de dólares que según se informa percibirá Repsol o a los eventuales beneficios que esperaba conseguir. Al romper de tal modo el gobierno de Cristina con “el mundo”, se condenó al aislamiento justo cuando la falta de dinero comenzaba a socavar su poder político. Puede que Kicillof haya aprendido que es muy grande la diferencia entre los argumentos que suelen impresionar en debates políticos académicos y lo que conviene hacer en el mundo real, pero el que tantos se hayan puesto a aprovechar una oportunidad para acusarlo de traicionar a sus propios principios al emprender un ajuste “liberal” hace sospechar que aún abundan los convencidos de que reglas que acaso sean válidas en otras latitudes no deberían tomarse en serio en la Argentina. Aunque a esta altura pocos negarían que el modelo voluntarista que los kirchneristas procuraron instalar ha fracasado, muchos propenden a atribuir el desastre así supuesto no a sus deficiencias inherentes sino a la ineptitud de funcionarios determinados. A pesar de todo lo ocurrido en las décadas últimas, las ideas en que se basó el modelo de Cristina conservan el apoyo de sectores muy amplios. A menos que cambien de actitud, una vez completado el ajuste muy severo que está en marcha, un gobierno nuevo de mentalidad similar armará otro modelo parecido al actual que, luego de disfrutar de un período de éxito aparente, sufrirá el mismo destino que todos los anteriores.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 25 de febrero de 2014


Hace menos de dos años, los estrategas del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner aún se creían capaces de obligar al resto del mundo a adaptarse al “relato” populista oficial que, en su propia opinión por lo menos, les otorgaba el derecho de hacer todo cuanto se les ocurría en nombre de la soberanía nacional. Así, pues, en abril del 2012, cuando el gobierno tomó por asalto la participación española en YPF, el entonces viceministro de Economía, Axel Kicillof, nos dijo que, lejos de compensar a Repsol por las acciones confiscadas, la empresa tendría que indemnizar al país por los daños ecológicos que provocó cavando pozos en busca de petróleo. Los kirchneristas, encandilados por las perspectivas abiertas por el descubierto de grandes depósitos de gas shale en Vaca Muerta, imaginaban que expropiar a Repsol los haría dueños de muchísimos miles de millones de dólares que ayudarían al gobierno de la “Cristina eterna” a prolongar su gestión hasta las calendas griegas. Mucho ha cambiado desde aquellos días felices. Al darse cuenta el gobierno de que su forma excéntrica de manejar la economía sólo servía para arruinarla y por lo tanto enfrentarlo con una crisis política de dimensiones alarmantes, asumió una actitud radicalmente distinta. No bien se convirtió en ministro de Economía, Kicillof abandonó la prepotencia estudiantil que lo había caracterizado por entender que le resultaba contraproducente. Parecería que también ha dejado atrás la “heterodoxia” que, en su caso y el de muchos otros, consistía en la idea de que, en vista de que los presuntamente comprometidos con la “ortodoxia” no habían logrado mucho en la Argentina, fuera mejor hacer todo al revés. Desde que reemplazó al desafortunado Hernán Lorenzino que, por fin, pudo irse, Kicillof está a cargo de un ajuste que algunos críticos maliciosos califican de “ortodoxo” y, para más señas, está procurando, sin demasiado éxito hasta ahora, seducir a los inversores internacionales haciendo gala de su sensatez. Para conformar a la llamada “comunidad financiera” mundial, Kicillof ha tenido que alcanzar un acuerdo con Repsol, lo que, por razones no sólo ideológicas sino también personales, no le ha sido del todo fácil. Con todo, acaba de anunciarse que la petrolera española aceptará una indemnización de 5.000 millones de dólares, más algunas garantías que aún no han trascendido. De haberle ofrecido un monto parecido en abril del 2012, el país se hubiera ahorrado un sinfín de dificultades, ya que, además de la forma teatral nada amable en que bandas de militantes kirchneristas se apoderaron de las oficinas y las instalaciones de la empresa, expulsando físicamente a los ejecutivos españoles, el gobierno dejó evidente el desprecio que sienten sus integrantes por los detalles jurídicos. Es imposible estimar cuánto nos costó aquella maniobra propagandística, pero a buen seguro se ha tratado de una suma muy superior a los 5.000 millones de dólares que según se informa percibirá Repsol o a los eventuales beneficios que esperaba conseguir. Al romper de tal modo el gobierno de Cristina con “el mundo”, se condenó al aislamiento justo cuando la falta de dinero comenzaba a socavar su poder político. Puede que Kicillof haya aprendido que es muy grande la diferencia entre los argumentos que suelen impresionar en debates políticos académicos y lo que conviene hacer en el mundo real, pero el que tantos se hayan puesto a aprovechar una oportunidad para acusarlo de traicionar a sus propios principios al emprender un ajuste “liberal” hace sospechar que aún abundan los convencidos de que reglas que acaso sean válidas en otras latitudes no deberían tomarse en serio en la Argentina. Aunque a esta altura pocos negarían que el modelo voluntarista que los kirchneristas procuraron instalar ha fracasado, muchos propenden a atribuir el desastre así supuesto no a sus deficiencias inherentes sino a la ineptitud de funcionarios determinados. A pesar de todo lo ocurrido en las décadas últimas, las ideas en que se basó el modelo de Cristina conservan el apoyo de sectores muy amplios. A menos que cambien de actitud, una vez completado el ajuste muy severo que está en marcha, un gobierno nuevo de mentalidad similar armará otro modelo parecido al actual que, luego de disfrutar de un período de éxito aparente, sufrirá el mismo destino que todos los anteriores.

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