La llegada de Lula

Redacción

Por Redacción

Para decepción de los muchos que en octubre tomaron su triunfo arrollador en las elecciones presidenciales brasileñas por el comienzo de una nueva epopeya de características sin duda revolucionarias, a partir de entonces el propio Luiz Inácio Lula da Silva se ha esforzado por actuar y hablar con moderación, dando a entender que es plenamente consciente de que cualquier ruptura sólo serviría para perjudicar a los más pobres. Si bien tal actitud ha enojado a algunos popes izquierdistas, refleja el mayor realismo de un líder surgido de la clase obrera que, a diferencia del grueso de sus simpatizantes progresistas, sabe muy bien que la política debería ser algo más que una suerte de juego ideológico y que en última instancia lo que importa serán los resultados concretos, no la eventual fidelidad a alguno que otro principio dogmático. Por lo tanto, es probable que pronto Lula se vea acusado del pecado de continuismo por no emprender un rumbo llamativamente distinto del seguido por Fernando Henrique Cardoso, mandatario que antes de iniciar su gestión era habitualmente calificado de «progresista» o «izquierdista», pero que no tardó en ser recatalogado como «neoliberal» por su voluntad de prestar atención a los límites fijados por el estado de la economía.

Desgraciadamente para Lula, la «herencia» que recibirá el 1º de enero no le permitirá poner en marcha programas sociales a gran escala ni mucho menos intentar modificar radicalmente la distribución de ingresos que, con la posible excepción de lo que se da en algunos feudos totalitarios, es la menos equitativa del mundo entero. Aunque, como ya es tradicional en nuestra región, el presidente entrante ha atribuido esta situación calamitosa a los errores del saliente, es de esperar que Lula reconozca que las causas fundamentales son mucho más profundas. Si bien por razones partidarias e incluso anímicas puede convenir a los políticos fingir creer que todo fue culpa de un adversario contemporáneo determinado, sólo se trata de una forma de negarse a afrontar la realidad y en consecuencia de no sentirse obligado a tomar medidas que, andando el tiempo, podrían arrojar resultados positivos. En el Brasil, lo mismo que en el resto de América Latina, el cortoplacismo a menudo absurdo del que suelen hacer gala no sólo los políticos sino también el grueso de los analistas, es esencialmente escapista y constituye uno de los motivos básicos por los que las lacras actuales son en buena medida iguales a las que enfrentaban sus precursores de cien años antes.

El desafío ante Lula es enorme. Además de tratar de asegurar que el Brasil no siga el mismo camino que la Argentina, precipitándose a un «default» al cual le sería muy arduo sustraerse, se ha propuesto intentar hacer que sea menos abismal la brecha que separa a los acomodados de la gran masa de indigentes. Para lograrlo, tendrá que emular a Cardoso concentrándose en mejorar el nivel educativo, que tradicionalmente ha sido lamentable, de la mayoría de los brasileños, y también le convendría procurar reducir al mínimo la cantidad de barreras burocráticas que desalientan las aspiraciones de quienes sueñan con fundar «microempresas» a pesar de que entre sus aliados mejor organizados se encuentren muchos que consideran la educación un instrumento propagandístico y que estén en favor de más burocracia, no de menos.

Si Lula realmente quiere «utilizar la extraordinaria voluntad de la sociedad brasileña para hacer las cosas que deben ser hechas en el Brasil», como ha afirmado, habrá de permitirles a los brasileños de carne y hueso acceder a los medios necesarios y también deberá despejar el camino de los obstáculos que han sido colocados por los comprometidos con diversos intereses creados. Para que su gestión sea exitosa o, cuando menos, para que no sea un fracaso, pues, Lula, que ya ha reconocido que «vamos a tener un año muy difícil» debido a las presiones financieras que están causando estragos en toda la región por depender ésta tanto del ahorro externo, tendrá que asumir el hecho de que los problemas «estructurales» no hayan sido la obra exclusiva de los gobernantes de los años últimos y que si actúa como si lo fueran, los resultados serán a lo mejor mediocres, a lo peor catastróficos.


Para decepción de los muchos que en octubre tomaron su triunfo arrollador en las elecciones presidenciales brasileñas por el comienzo de una nueva epopeya de características sin duda revolucionarias, a partir de entonces el propio Luiz Inácio Lula da Silva se ha esforzado por actuar y hablar con moderación, dando a entender que es plenamente consciente de que cualquier ruptura sólo serviría para perjudicar a los más pobres. Si bien tal actitud ha enojado a algunos popes izquierdistas, refleja el mayor realismo de un líder surgido de la clase obrera que, a diferencia del grueso de sus simpatizantes progresistas, sabe muy bien que la política debería ser algo más que una suerte de juego ideológico y que en última instancia lo que importa serán los resultados concretos, no la eventual fidelidad a alguno que otro principio dogmático. Por lo tanto, es probable que pronto Lula se vea acusado del pecado de continuismo por no emprender un rumbo llamativamente distinto del seguido por Fernando Henrique Cardoso, mandatario que antes de iniciar su gestión era habitualmente calificado de "progresista" o "izquierdista", pero que no tardó en ser recatalogado como "neoliberal" por su voluntad de prestar atención a los límites fijados por el estado de la economía.

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