Crisis en el mundo árabe
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Entre los países del golfo (para los árabes, el golfo Árabe y para los iraníes el golfo Pérsico) acaba de estallar una crisis diplomática inusual. Arabia Saudita, Bahrein y los Emiratos Árabes han decidido, los tres, retirar simultáneamente a sus embajadores de la vecina Qatar, la pequeña y riquísima península emplazada precisamente entre Arabia Saudita, Bahrein y los Emiratos. Lo han hecho en expresión de lo que luce –en superficie– como una disputa casi familiar, pero que ciertamente no lo es. Es, en verdad, la peor crisis diplomática en ese lugar del mundo de los tiempos recientes. Pero quizás no demasiado inesperada. Porque las desavenencias en materia de apoyos a los movimientos árabes eran ya evidentes desde la deposición de Mohamed Morsi como presidente de Egipto. Lo sucedido tiene, en esencia, que ver con la política exterior. Más específicamente con las relaciones y las alianzas en materia de seguridad en el seno del particular mundo islámico. Entre países que conforman parte del universo de los sunnitas (pese a que Bahrein tiene una población importada de mayoría chiita). El tema central del diferendo es el de la coordinación en materia de seguridad en el seno de esas naciones. Esto es cómo tratar al fundamentalismo islámico. Dicho de otra manera, se trata de un profundo disgusto por el apoyo que presta Qatar a las actividades de la Hermandad Musulmana. Especialmente en el convulsionado Egipto y respecto de las andanzas de Hamas. Qatar apoya fuertemente a la Hermandad Musulmana. Los otros tres países, en cambio, están –en ese tema– casi en las antípodas. Desde que endosan el golpe militar en Egipto y prefieren lidiar con al ahora mariscal Abdel Fattah al Sisi que va camino a presentarse como candidato a la presidencia de Egipto, a la manera de “caballo del comisario”. Arabia Saudita, por su parte, acaba de incluir a la Hermandad Musulmana en la lista de las organizaciones a las que considera “terroristas”. Hay entonces diferencias graves en el seno del llamado Consejo de Cooperación del Golfo, que tiene ya 32 años de existencia y que se ocupa esencialmente de la seguridad y estabilidad en el interior de sus miembros. La conducta de Qatar, particularmente respecto de los problemas internos de Bahrein, es ya inaceptable para los demás. Porque creen que pone en riesgo al gobierno local y porque no acepta alinearse con los demás miembros del Consejo. Los otros dos miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, Omán y Kuwait, no han, por su parte, tomado determinaciones drásticas respecto de Qatar. De Omán, que a diferencia de los demás no siempre coordina su andar con el de los otros países, no podía esperarse reacción airada o desencantada alguna. Kuwait, por su parte, ha preferido mantener su embajador en Qatar, pese a que suele estar más bien de acuerdo con los tres países que los han retirado. El andar errático del nuevo emir de Qatar, el joven Sheikh Tamin bin Hamad al Khalifa, ha sido el determinante de la crisis. Particularmente, cuando dejó de integrar su conducta en materia de seguridad con la de los demás; pese a las promesas de hacerlo, que fueran formuladas en noviembre del año pasado. El retiro de los embajadores debe entonces leerse como una sanción moderada hecha pública. Como una expresión de frustración con Qatar y como denunciando una desavenencia seria, en el delicado capítulo de la seguridad interna de sus miembros. Algunos además sugieren la existencia de una desilusión y desconfianza por la cercanía que Qatar parece mantener con Irán (el archienemigo de Arabia Saudita) en algunos temas que son particularmente delicados. A todo lo que cabe agregar la prédica constante del líder espiritual de la hermandad musulmana, Sheikh Qaradawi, quien reside en Doha, la capital de Qatar, y sigue defendiendo al expresidente Mohamed Morsi que, ahora preso, está siendo juzgado por traición a la patria, en Egipto. Así como el desaliento acerca de los contenidos que difunde el canal Al Jazeera, emisora de televisión sumamente popular en el mundo árabe que parece defender –a capa y espada– a la Hermandad Musulmana. Contra viento y marea. Sólo el 20% de la población de Qatar es qatarí. El resto está compuesto por inmigrantes. Esta mezcla aconseja a sus gobernantes no adoptar y mantener posiciones extremas que puedan disgustar a algunos de los grupos de extranjeros que viven expatriados en Qatar. Incluyendo a los palestinos. El malestar con Qatar venía cocinándose desde hace rato, pero la dureza de la reacción de los tres países que –considerando a la Hermandad Musulmana como una amenaza existencial– retiraron sus embajadores sorprendió a muchos. A las conocidas turbulencias de la región se acaba de agregar una más, queda visto. Algunos hablan ya de “próximos pasos”, que incluirían sanciones a Qatar. Si fuera así, la homogeneidad árabe en el golfo no estaría dañada, sino seriamente comprometida. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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