El drama de Crimea

Redacción

Por Redacción

Si bien el referéndum improvisado con llamativa rapidez por el gobierno regional de Crimea, con la presencia intimidante de tropas rusas, fue condenable por muchos motivos, no cabe duda de que el resultado oficial, según el que más del 95% votó a favor de su incorporación a la Federación Rusa, refleja el sentir de la mayoría abrumadora de los habitantes de la península que, en 1954, el entonces dictador soviético Nikita Jruschov regaló caprichosamente a Ucrania. Con todo, hasta hace apenas un par de meses a pocos se les ocurrió pedir que rompiera con el país del que formaba parte, puesto que Crimea ya contaba con un grado sustancial de autonomía y los rusos no eran víctimas de discriminación por parte de los ucranianos. De haber existido un movimiento separatista o anexionista fuerte, hubiera sido por lo menos factible un divorcio amistoso, parecido al “de terciopelo” celebrado veinte años atrás por la República Checa y Eslovaquia, pero el caos en Ucrania y las ambiciones del presidente ruso Vladimir Putin eliminaron la posibilidad de que se resolvieran de manera no conflictiva los eventuales problemas planteados por la presencia de una amplia mayoría rusohablante que, es evidente, quiere más a Moscú que a Kiev. La maniobra de Putin, que no vaciló en desplegar unidades militares, disfrazadas de milicias supuestamente civiles, en un país vecino y las actividades de los separatistas crimeos han sido repudiadas por casi todos los gobiernos del mundo, entre ellos el nuestro y, de modo menos explícito, el chino, que las consideran una violación inaceptable de la integridad territorial de un país soberano. En algunos casos, como los de España y China, la adhesión a dicho principio se ha debido al temor a que el ejemplo brindado por Crimea estimule a separatistas locales en Cataluña o Tíbet. En el de Estados Unidos y la mayoría de los países europeos, empero, las actitudes son más ambiguas ya que casi todos reconocen el derecho a la autodeterminación –en septiembre, los escoceses votarán en un referéndum en que podrán elegir entre la independencia nacional y seguir formando parte del Reino Unido– pero son contrarios a una modificación oportunista del statu quo, sobre todo a una provocada por un gobierno tan inescrupuloso como el ruso actual. Por razones comprensibles, prefieren los acuerdos pacíficos a correr el riesgo de verse involucrados en enfrentamientos que en cualquier momento podrían llevar a una guerra. Antes del referéndum del domingo pasado en Crimea los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea trataron de presionar a Putin y, a través de él, a los separatistas de Crimea para que desistieran de desmembrar Ucrania. Por lo tanto, no pueden resignarse tranquilamente a respetar un hecho consumado. Asimismo, temen que, envalentonado por el éxito aparente del operativo que acaba de concretarse, Putin intente apoderarse de más pedazos del oriente y sur del país vecino en los que la mayoría, de habla rusa, podría resultar susceptible a su prédica nacionalista. Por lo demás, al otorgarse el derecho de defender a los rusos que viven en otras partes de lo que fue el imperio soviético, Putin amenaza no sólo a los ucranianos occidentales sino también a los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania que, felizmente para ellos, ya forman parte de la Unión Europea y de la OTAN. Puede que sean exagerados los temores en tal sentido, pero es natural que quienes recuerdan muy bien los horrores de la ocupación rusa sospechen que a Putin le gustaría aumentar la esfera de influencia de su país a costa de sus vecinos más débiles. Para frenarlo, los norteamericanos y europeos occidentales ya han fortalecido su presencia militar en la frontera oriental de la UE, además de comprometerse a tomar medidas económicas punitivas con el propósito de enseñarle a Putin que no sería de su propio interés, ni de aquel de sus compatriotas, entregarse a fantasías expansionistas. Hasta ahora se han negado a oponerse militarmente a Rusia por miedo a las consecuencias, de ahí la pasividad frente a la invasión de Georgia en el 2008 y a la intervención actual apenas disimulada, en los asuntos internos de Ucrania, pero entienden que les es necesario fijar un límite que sea un tanto más convincente que aquellas “líneas rojas” esporádicamente trazadas por el presidente norteamericano Barack Obama.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 19 de marzo de 2014


Si bien el referéndum improvisado con llamativa rapidez por el gobierno regional de Crimea, con la presencia intimidante de tropas rusas, fue condenable por muchos motivos, no cabe duda de que el resultado oficial, según el que más del 95% votó a favor de su incorporación a la Federación Rusa, refleja el sentir de la mayoría abrumadora de los habitantes de la península que, en 1954, el entonces dictador soviético Nikita Jruschov regaló caprichosamente a Ucrania. Con todo, hasta hace apenas un par de meses a pocos se les ocurrió pedir que rompiera con el país del que formaba parte, puesto que Crimea ya contaba con un grado sustancial de autonomía y los rusos no eran víctimas de discriminación por parte de los ucranianos. De haber existido un movimiento separatista o anexionista fuerte, hubiera sido por lo menos factible un divorcio amistoso, parecido al “de terciopelo” celebrado veinte años atrás por la República Checa y Eslovaquia, pero el caos en Ucrania y las ambiciones del presidente ruso Vladimir Putin eliminaron la posibilidad de que se resolvieran de manera no conflictiva los eventuales problemas planteados por la presencia de una amplia mayoría rusohablante que, es evidente, quiere más a Moscú que a Kiev. La maniobra de Putin, que no vaciló en desplegar unidades militares, disfrazadas de milicias supuestamente civiles, en un país vecino y las actividades de los separatistas crimeos han sido repudiadas por casi todos los gobiernos del mundo, entre ellos el nuestro y, de modo menos explícito, el chino, que las consideran una violación inaceptable de la integridad territorial de un país soberano. En algunos casos, como los de España y China, la adhesión a dicho principio se ha debido al temor a que el ejemplo brindado por Crimea estimule a separatistas locales en Cataluña o Tíbet. En el de Estados Unidos y la mayoría de los países europeos, empero, las actitudes son más ambiguas ya que casi todos reconocen el derecho a la autodeterminación –en septiembre, los escoceses votarán en un referéndum en que podrán elegir entre la independencia nacional y seguir formando parte del Reino Unido– pero son contrarios a una modificación oportunista del statu quo, sobre todo a una provocada por un gobierno tan inescrupuloso como el ruso actual. Por razones comprensibles, prefieren los acuerdos pacíficos a correr el riesgo de verse involucrados en enfrentamientos que en cualquier momento podrían llevar a una guerra. Antes del referéndum del domingo pasado en Crimea los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea trataron de presionar a Putin y, a través de él, a los separatistas de Crimea para que desistieran de desmembrar Ucrania. Por lo tanto, no pueden resignarse tranquilamente a respetar un hecho consumado. Asimismo, temen que, envalentonado por el éxito aparente del operativo que acaba de concretarse, Putin intente apoderarse de más pedazos del oriente y sur del país vecino en los que la mayoría, de habla rusa, podría resultar susceptible a su prédica nacionalista. Por lo demás, al otorgarse el derecho de defender a los rusos que viven en otras partes de lo que fue el imperio soviético, Putin amenaza no sólo a los ucranianos occidentales sino también a los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania que, felizmente para ellos, ya forman parte de la Unión Europea y de la OTAN. Puede que sean exagerados los temores en tal sentido, pero es natural que quienes recuerdan muy bien los horrores de la ocupación rusa sospechen que a Putin le gustaría aumentar la esfera de influencia de su país a costa de sus vecinos más débiles. Para frenarlo, los norteamericanos y europeos occidentales ya han fortalecido su presencia militar en la frontera oriental de la UE, además de comprometerse a tomar medidas económicas punitivas con el propósito de enseñarle a Putin que no sería de su propio interés, ni de aquel de sus compatriotas, entregarse a fantasías expansionistas. Hasta ahora se han negado a oponerse militarmente a Rusia por miedo a las consecuencias, de ahí la pasividad frente a la invasión de Georgia en el 2008 y a la intervención actual apenas disimulada, en los asuntos internos de Ucrania, pero entienden que les es necesario fijar un límite que sea un tanto más convincente que aquellas “líneas rojas” esporádicamente trazadas por el presidente norteamericano Barack Obama.

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