La era de la información

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

En un denso ensayo titulado “How We Know” que vale reseñar comprimido en una nota, Freeman Dyson analizó a través de un libro reciente el fenómeno central de la época que vivimos, tan vertiginosa como para que se la defina “Information Age”. El centro del artículo es “The Information. A History, a Theory, a Flood”, una obra en la que James Gleick, notable divulgador científico, estudia, como marca el subtítulo, la historia, la teoría y la inundación del fenómeno que signa la contemporaneidad. En cuanto a la historia de la información, luego de un primer capítulo sobre orígenes primitivos y antiguos de la difusión de noticias el autor del libro reflexiona en particular sobre el desarrollo moderno de la tecnología de la información, dominada por dos estadounidenses, Samuel Morse y Claude Shannon. El primero fue el inventor del código que lleva su nombre en 1838 y uno de los primeros que construyeron un sistema de telégrafo usando electricidad transportada por cables. En los cien años posteriores al telégrafo eléctrico fueron llegando, por obra de ingenieros y tecnólogos, el teléfono, la radio y la televisión. En relación con la teoría, explica que Shannon (1916-2001), un genio matemático y uno de los fundadores de la criptografía científica, fue quien la produjo en 1945 con un artículo secreto (por motivos militares) seguido por una versión expurgada que publicó en 1948 la revista de Bell Telephone Laboratories bajo el título “A Mathematical Theory of Communication”. Esa teoría, que define la información como una cantidad abstracta inherente al mensaje que realizan los artefactos físicos, sirve para comprender todos estos sistemas juntos. El dogma central dice: “Meaning is irrelevant” (el sentido, la significación, es irrelevante). La información es independiente del significado que expresa y del lenguaje utilizado para expresarlo. Es un concepto abstracto, puede ser incorporada igual de bien en el habla humana, por escrito o por tambores como lo hacía primitivamente con el lenguaje Kele una tribu del Congo. Todo lo que se necesita para transferir información de un idioma a otro es un sistema de codificación. Sintetiza el comentario: “Después de Shannon, la tecnología de la información siguió hacia delante, con ordenadores electrónicos, cámaras digitales, internet y la World Wide Web”. Sobre la inundación actual, según Gleick, el impacto de la información sobre los asuntos humanos, que venía históricamente en goteos, se hizo ver claramente como una realidad dinámica en 1965 por el establecimiento de la Ley de Moore que predijo que el precio de los componentes electrónicos disminuiría y su número aumentaría por un factor de dos cada dieciocho meses. Medio siglo después comprobamos que la predicción era casi exacta. En cuatro décadas y media el precio ha disminuido y el número se ha incrementado por un factor de mil millones; nueve potencias de diez son suficientes para convertir el goteo en un diluvio de información. Hoy en día una unidad de disco de memoria, por ejemplo, pesa unas pocas libras y se puede comprar por mil dólares. Una de las empresas creativas que la inundación ha hecho posible es la Wikipedia, iniciada hace doce años por Jimmy Wales. Entre mis amigos y conocidos, sigue Dyson, todo el mundo desconfía de la Wikipedia y todo el mundo la usa. Contiene artículos en 262 idiomas y la información no es siempre fiable pero es precisa cuando los artículos han sido corregidos por los que saben. Se ha convertido en el mayor almacén de información del planeta y es el más ruidoso campo de batalla de opiniones en conflicto. El crecimiento y la avalancha de información hizo posible la Wikipedia y la inundación misma hizo posible la ciencia del siglo XXI, que está dominada por grandes almacenes de información que llamamos bases de datos. La genética y la astronomía dan ejemplos impactantes de la revolución desatada. Freeman Dyson, el autor del ensayo que se reseña aquí, es –además de un admirable expositor– un físico y matemático activo y en tal razón su texto se extiende ampliamente en la última parte, imposible de resumir en una nota, sobre las consecuencias y posibilidades de la inundación para la ciencia. Piensa que la visión del futuro como un infinito campo de juegos, con una secuencia interminable de misterios a entender por infinitos investigadores, es una visión gloriosa para los científicos. Les da propósito a su existencia y les promete una interminable fuente de trabajos. Es menos atractiva para artistas, literatos y gente común. La gente corriente está más interesada en sus amigos y familiares que en la ciencia. No dan bienvenida a un futuro consumido en nadar en flujos de información. Una visión más oscura del universo dominado por la información fue descrita en el cuento de Borges “La Biblioteca de Babel”, de 1941. Una biblioteca con una variedad infinita de libros, estantes y espejos, como una metáfora del universo. Recuerda en ese sentido que el libro de Gleick tiene un epílogo que anota las preocupaciones de las personas que se sienten alienadas respecto de la cultura científica imperante y explica que la enorme efectividad de la teoría de la información provino de separar información de significado. Su dogma central (“El sentido es irrelevante”) declaraba que la información podía ser manipulada con mayor libertad si era tratada como una abstracción matemática independiente de significado. La consecuencia de esta libertad es la marea de información en la que nos estamos ahogando. El inmenso tamaño de las bases de datos nos dan una sensación de falta de sentido. Esta abundancia nos recuerda a la biblioteca de Borges que se extiende infinitamente en todas direcciones. Dyson postula que es nuestra tarea como seres humanos dar sentido de nuevo a ese yermo, crear islas de significado en el mar de la información. Gleick termina su libro con la imagen de Borges sobre la condición humana: “Recorremos los pasillos, buscando los estantes y reordenándolos, buscando líneas de sentido en medio de asociaciones de cacofonía e incoherencia, leyendo la historia del pasado y del futuro, recogiendo nuestros pensamientos y recogiendo los pensamientos de los demás, y de vez en cuando vislumbrando espejos en los que podemos reconocer las criaturas de la información”. (*) Doctor en Filosofía


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