Acerca de la cremación

Redacción

Por Redacción

Héctor Reynal (*)

Se observa en Occidente el creciente y silencioso fenómeno de la cremación de los cuerpos. Es un hecho notable pues en el cristianismo, que está en la base cultural de Occidente, la cremación siempre fue vista con recelo, como una práctica violenta sobre los restos mortales de quien espera la resurrección para la vida eterna. Al advenimiento del cristianismo la cremación era común en Roma, pero la creciente influencia cristiana la hizo marginal hasta hacerla desaparecer hacia el siglo V. Luego Occidente fue testigo de la práctica sólo de modo excepcional hasta tiempos recientes. ¿Por qué, entonces, se revitalizó esta práctica? Sin pretender dar respuesta a la cuestión, pueden mencionarse tendencias en la cultura actual que o bien la favorecen o bien hacen ociosa la propia pregunta. En primer lugar, hoy se quiere ocultar el hecho de la muerte, no se piensa más que en hoy y si el hombre sólo es un ser que camina a la muerte para disolverse en ella, mejor es acomodarse a esta corta vida que agobiarse con preguntas sin respuestas (o sin esperanza). En consecuencia, ciertas prácticas y ritos, como exequias o entierros públicos, pierden relevancia o desaparecen (muchas veces apartando niños y jóvenes). La meditación sobre la muerte desaparece en cierta consonancia con un ateísmo práctico muy difuso o con una visión panteísta donde el hombre es sólo una parte de la naturaleza. Es decir, en ambos casos, la muerte no es una puerta sino un fin. En segundo término, se extiende una cultura que tienta al hombre con la superación de todo límite. Muchas veces con ayuda de una técnica que “todo lo puede”, el hombre elige en una amplísima oferta aquello que venga a su imaginación. En esa concepción todo es humano y, por lo tanto, lícito y la idea que más repugna es la muerte, puesto que es un límite a esa voluntad omnímoda. Ante ella, el hombre se percibe como una creatura finita y débil. En tercer lugar, la primacía de una racionalidad económico-utilitarista que todo lo resuelve según un cálculo costo-beneficio sugiere la conveniencia de terminar con los gastos asociados a la preservación de los cuerpos. Aquí es notable una cierta displicencia de los gobiernos que no facilitan las inhumaciones sino más bien las obstaculizan (“no hay lugar”, “es caro”, etcétera). No mejoran ni amplían la infraestructura de los cementerios públicos puesto que no parece estar en la sensibilidad predominante, ni tener que ver con el bien común ni ser una prioridad. La alternativa, entonces, son cementerios privados que suelen ser muy caros. Así, las familias se ven presionadas y, no queriendo la cremación, se inclinan por ella ante la dificultad y el costo de la inhumación. La cremación, más allá de que puedan existir atendibles motivos, expresa mejor que la inhumación la desaparición del horizonte humano de la muerte. Es decir, si los restos mortales no significan nada, la cremación es el camino más fácil y económico. El cristianismo impulsó la inhumación por su revalorización del cuerpo humano. Creer en la resurrección de los muertos es esencial a la fe cristiana. Sin embargo, no es que Dios necesite los despojos mortales para la resurrección sino que su conservación les es adecuada a los hombres como signo de espera del tiempo final. Así, luego de la muerte, la Iglesia ofrece al Padre ese hijo y deposita en la tierra con esperanza el germen del cuerpo que resucitará en la gloria. Por ello, los cementerios son un lugar privilegiado de oración por los difuntos y símbolo de apacible vigilia. Hay recuerdo y hay esperanza, pasado y futuro de una comunidad. Es claro que la cremación puede cumplir con esto de modo imperfecto. Por eso la Iglesia, si bien permite la cremación, es contraria a que las cenizas sean esparcidas al viento o se conserven en las casas ya que de ese modo se elude la obra de misericordia de proporcionar santa sepultura a los difuntos. Las cenizas debieran quedar en cementerios e iglesias que son lugares comunitarios. La cremación es un asunto que merece ser pensado. En última instancia, las preguntas sobre el sentido de la vida siempre existirán y la muerte será un capítulo de ellas ya que según se piense la muerte se pensará la vida. (*) Lic. en Administración de Empresas y Teología


Héctor Reynal (*)

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