El desmembramiento de Ucrania

Redacción

Por Redacción

Es posible que, por motivos tácticos, el presidente ruso Vladimir Putin realmente hubiera querido que los militantes del sudeste de Ucrania postergaran el referéndum que terminaron celebrando el domingo pasado, en el que la mayoría abrumadora se afirmó a favor de la independencia que, desde su punto de vista, significaría la pronta incorporación a la madre Rusia del territorio que habitan, pero hay muchos motivos para dudarlo. Sucede que a Putin le conviene que se difunda la impresión de que se trata de una rebelión espontánea de los ucranianos de origen ruso contra el gobierno “fascista” de Kiev y que, puesto que no está en condiciones de controlar a los activistas que están apoderándose de edificios públicos, no serviría para nada castigar a Rusia con sanciones económicas, como ya han comenzado a hacer Estados Unidos y la Unión Europea. Si bien a juicio de casi todos los observadores el separatismo en el sur y el este de Ucrania, que ya ha dado lugar a la anexión de Crimea por Rusia, es obra casi exclusiva de Putin y activistas encapuchados y óptimamente armados son militares rusos, muchos norteamericanos y europeos preferirían permitirle a Moscú apropiarse de una franja amplia del país vecino a hacer cuanto resultara necesario para defender su integridad territorial. Tal actitud puede entenderse. Descartada una reacción militar, los presuntos aliados de Ucrania tendrían que limitarse a librar una guerra económica que, en vista de la dependencia de muchos países europeos, entre ellos Alemania, del gas ruso, no les sería inocua. Asimismo, saben que es sumamente escaso el impacto de medidas meramente simbólicas, con la exclusión de Rusia del G8. Además de la ventaja que le supone la falta de voluntad de sus adversarios occidentales, Putin cuenta con el apoyo decidido de una proporción sustancial de los rusos que se vieron separados del país que sienten como suyo por el colapso de la Unión Soviética. Salvando las distancias, la situación en que se encuentran se asemeja a la del millón de colonos franceses en Argelia al lograr dicho país en 1962 su independencia de lo que había sido la metrópoli. Sin embargo, a diferencia de los franceses y otros europeos que tuvieron que repatriarse, los rusos viven en zonas colindantes con la expotencia imperial y en muchas constituyen una mayoría. Hasta hace poco no habían manifestado mucho interés en modificar el statu quo –felizmente para ellos, no fueron blancos de persecución sistemática–, pero la caída violenta del gobierno de Viktor Yanukovich dio a Putin una oportunidad que no estaba dispuesto a desaprovechar. Si fuera factible retrazar las fronteras de Europa oriental de tal modo que casi todos se sintieran conformes con los resultados, sería difícil negarles a los rusohablantes el derecho a ser gobernados desde Moscú, si así deseara una mayoría importante, pero por desgracia no lo es. Tanto en Ucrania como en otros países que una vez formaron parte del imperio soviético, como Estonia, Letonia, Lituania y Moldavia, para no dejar desubicadas minorías significantes sería forzoso realizar un intercambio de población similar a los que provocaron tantas tragedias en Europa en la primera mitad del siglo pasado. Asimismo, de adoptar otros pueblos la doctrina de Putin según la cual es su deber defender los derechos de compatriotas que viven en países vecinos, el Viejo Continente no tardaría en transformarse en un aquelarre, ya que en Hungría, Polonia, Rumania y los pequeños Estados herederos de la ex-Yugoslavia el irredentismo sigue latente. Parecería que ya se ha decidido el destino de Crimea y puede que a Ucrania no le sea dado recuperar la soberanía efectiva sobre Donetsk y otras ciudades del Este. A menos que los europeos occidentales y sus aliados norteamericanos se animen a hacer algo más que quejarse, tendrían que apostar a que, a la larga, quienes han optado por aferrarse a su identidad rusa, oponiéndose a la reivindicada por la Unión Europea, entiendan haber cometido un error muy grande. Para lograrlo, les sería necesario hacer un esfuerzo auténtico por impulsar el desarrollo político, económico y cultural de lo que finalmente quede de la Ucrania independiente para que, luego de un lapso breve, sus habitantes puedan incorporarse definitivamente a lo que los optimistas llaman la familia europea.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 16 de mayo de 2014


Es posible que, por motivos tácticos, el presidente ruso Vladimir Putin realmente hubiera querido que los militantes del sudeste de Ucrania postergaran el referéndum que terminaron celebrando el domingo pasado, en el que la mayoría abrumadora se afirmó a favor de la independencia que, desde su punto de vista, significaría la pronta incorporación a la madre Rusia del territorio que habitan, pero hay muchos motivos para dudarlo. Sucede que a Putin le conviene que se difunda la impresión de que se trata de una rebelión espontánea de los ucranianos de origen ruso contra el gobierno “fascista” de Kiev y que, puesto que no está en condiciones de controlar a los activistas que están apoderándose de edificios públicos, no serviría para nada castigar a Rusia con sanciones económicas, como ya han comenzado a hacer Estados Unidos y la Unión Europea. Si bien a juicio de casi todos los observadores el separatismo en el sur y el este de Ucrania, que ya ha dado lugar a la anexión de Crimea por Rusia, es obra casi exclusiva de Putin y activistas encapuchados y óptimamente armados son militares rusos, muchos norteamericanos y europeos preferirían permitirle a Moscú apropiarse de una franja amplia del país vecino a hacer cuanto resultara necesario para defender su integridad territorial. Tal actitud puede entenderse. Descartada una reacción militar, los presuntos aliados de Ucrania tendrían que limitarse a librar una guerra económica que, en vista de la dependencia de muchos países europeos, entre ellos Alemania, del gas ruso, no les sería inocua. Asimismo, saben que es sumamente escaso el impacto de medidas meramente simbólicas, con la exclusión de Rusia del G8. Además de la ventaja que le supone la falta de voluntad de sus adversarios occidentales, Putin cuenta con el apoyo decidido de una proporción sustancial de los rusos que se vieron separados del país que sienten como suyo por el colapso de la Unión Soviética. Salvando las distancias, la situación en que se encuentran se asemeja a la del millón de colonos franceses en Argelia al lograr dicho país en 1962 su independencia de lo que había sido la metrópoli. Sin embargo, a diferencia de los franceses y otros europeos que tuvieron que repatriarse, los rusos viven en zonas colindantes con la expotencia imperial y en muchas constituyen una mayoría. Hasta hace poco no habían manifestado mucho interés en modificar el statu quo –felizmente para ellos, no fueron blancos de persecución sistemática–, pero la caída violenta del gobierno de Viktor Yanukovich dio a Putin una oportunidad que no estaba dispuesto a desaprovechar. Si fuera factible retrazar las fronteras de Europa oriental de tal modo que casi todos se sintieran conformes con los resultados, sería difícil negarles a los rusohablantes el derecho a ser gobernados desde Moscú, si así deseara una mayoría importante, pero por desgracia no lo es. Tanto en Ucrania como en otros países que una vez formaron parte del imperio soviético, como Estonia, Letonia, Lituania y Moldavia, para no dejar desubicadas minorías significantes sería forzoso realizar un intercambio de población similar a los que provocaron tantas tragedias en Europa en la primera mitad del siglo pasado. Asimismo, de adoptar otros pueblos la doctrina de Putin según la cual es su deber defender los derechos de compatriotas que viven en países vecinos, el Viejo Continente no tardaría en transformarse en un aquelarre, ya que en Hungría, Polonia, Rumania y los pequeños Estados herederos de la ex-Yugoslavia el irredentismo sigue latente. Parecería que ya se ha decidido el destino de Crimea y puede que a Ucrania no le sea dado recuperar la soberanía efectiva sobre Donetsk y otras ciudades del Este. A menos que los europeos occidentales y sus aliados norteamericanos se animen a hacer algo más que quejarse, tendrían que apostar a que, a la larga, quienes han optado por aferrarse a su identidad rusa, oponiéndose a la reivindicada por la Unión Europea, entiendan haber cometido un error muy grande. Para lograrlo, les sería necesario hacer un esfuerzo auténtico por impulsar el desarrollo político, económico y cultural de lo que finalmente quede de la Ucrania independiente para que, luego de un lapso breve, sus habitantes puedan incorporarse definitivamente a lo que los optimistas llaman la familia europea.

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