“El pueblo de Neuquén eligió a don Jaime”
En el contexto del avance arrasador del neoliberalismo y de las políticas de impunidad respecto de los crímenes perpetrados por la dictadura, el 10 de abril de 1994, el pueblo eligió a sus representantes a la Convención Nacional Constituyente. La ley de convocatoria había convalidado el “Núcleo de Coincidencias Básicas”, que la opinión pública conoció como Pacto de Olivos, un acuerdo sellado en la residencia presidencial entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín. Tenía por objeto condicionar la tarea de la Convención respecto de determinados temas, acomodándola a las conveniencias de las dos principales fuerzas políticas. Unos meses antes, los referentes del Frente Grande decidieron convocar a personalidades extrapartidarias de reconocida trayectoria. Buscaban “oxigenar” el escenario partidario y reforzar su representatividad, vista la extraordinaria trascendencia que reviste una reforma constitucional. Y le ofrecieron a Jaime De Nevares encabezar la lista de candidatos a convencionales de su provincia, por el Frente Grande. El obispo tenía sobrados méritos: abogado, defensor de los perseguidos, humillados, exiliados y excluidos; de los trabajadores en conflicto y gestor de la Asamblea por los Derechos Humanos durante la dictadura. Su vida pastoral y su compromiso en la búsqueda de justicia para la sociedad en su conjunto le habían granjeado un reconocimiento que desbordaba los límites de la región, incluso del país. En 1994, don Jaime ya no era titular de la Diócesis de Neuquén. Porque es norma de la Iglesia Católica que los obispos se jubilen al cumplir los 75 años. Como premio consuelo, había sido nombrado “obispo emérito”. Pero De Nevares no era persona “de jubilarse”. Siempre estuvo muy atento a los desafíos que la sociedad le propuso y, en esta ocasión, no dejaría pasar el tren. En sus palabras: “Cuando atendí el teléfono y me hicieron la propuesta no pude negarme. Me subí así nomás, como venía la montura”. Él mismo contaba que su respuesta fue inmediata, contundente y que se produjo entonces un largo silencio en la línea. Había dejado sin habla a su interlocutor. La noticia corrió rápidamente. Fue sorpresa para todos. Tanto para quienes la recibimos con algarabía como para los defensores del “Pacto”, que el novel candidato impugnó, decidido como estaba a responder según sus convicciones al “más alto honor al que un ciudadano pueda aspirar: participar en una Convención Constituyente”. El “sí” de De Nevares fortaleció la propuesta del Frente Grande en Neuquén, en la capital federal y en tantísimos otros rincones del país. Muchos ciudadanos, ajenos a la política partidaria, vieron en la “patriada” de don Jaime la oportunidad de convertir a esta elección en un puente capaz de reanimar una sociedad –una república– malherida por la impunidad y la corrupción. Sobre todo, descreída, desesperanzada. En Neuquén, la joven abogada Edith Galarza lo acompañó en cabeza de lista. Se sumaron otros referentes sociales, con o sin trayectoria partidaria. De pronto fueron cientos, miles, los activistas que en toda la provincia hacían campaña por el candidato de los excluidos, de los docentes, de los obreros, de las Madres de Plaza de Mayo. Enfrentaban los aparatos del MPN, el PJ y la UCR. Ninguno de ellos se había opuesto al Pacto de Olivos, ya sea por simpatía o por conveniencia. Sólo don Jaime fue claro y preciso: “Hay una realidad primordial y es que el Pacto, y su cláusula cerrojo para la Convención, es inaceptable por inconstitucional. El Ejecutivo y el Legislativo no pueden erigirse en poderes constituyentes y determinar qué temas debe tratar la Convención y cuáles no, porque ella es soberana; puede aceptar o modificar el temario propuesto en la ley 24309”. También rechazaba de plano la reelección presidencial, tema que desvelaba al entonces presidente Menem: “Es una cuestión coyuntural y responde a ambiciones personales y de sector. La Constituyente es algo mucho más importante que eso. Debe legislar sólo a favor de lo que convenga al país. Ahora y en el futuro”. “Triunfo rotundo de De Nevares”, titularon los medios al día siguiente de la elección. Cuando ésta estaba en pleno desarrollo, algunos fiscales de mesa denunciaron el robo de boletas de don Jaime, porque desaparecían prestamente del cuarto oscuro. No las robaban: se amontonaban en las urnas. El pueblo había sabido votar. De Nevares adjudicó el triunfo “al renacer de la utopía de construir un mundo mejor; al renacer del espíritu cívico”. El fin de su participación en la Convención es más conocido. Defendió el mandato asumido, hasta que vencieron los intereses de los más poderosos. Entonces, don Jaime se fue, para no asistir “a los funerales de la República”. Su despedida –su aporte– fue un brillante alegato, reclamando respeto por las instituciones republicanas. Una lección más, ya en el límite de sus fuerzas; de su vida. Partió el 19 de mayo de l995. Jaime De Nevares no sólo pregonó y alentó la participación y movilización como forma de defender la democracia, sino que hizo de ellas una práctica constante. Por eso, el recuerdo de don Jaime está en el corazón de muchos argentinos, en cualquier tiempo y lugar. Dejó profundas huellas en la historia de este país. Huellas que marcan un camino duro, difícil –pero posible–, hacia el compromiso con la verdad, la justicia y la solidaridad. Pablo Meuli APDH – Neuquén
Pablo Meuli APDH – Neuquén
En el contexto del avance arrasador del neoliberalismo y de las políticas de impunidad respecto de los crímenes perpetrados por la dictadura, el 10 de abril de 1994, el pueblo eligió a sus representantes a la Convención Nacional Constituyente. La ley de convocatoria había convalidado el “Núcleo de Coincidencias Básicas”, que la opinión pública conoció como Pacto de Olivos, un acuerdo sellado en la residencia presidencial entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín. Tenía por objeto condicionar la tarea de la Convención respecto de determinados temas, acomodándola a las conveniencias de las dos principales fuerzas políticas. Unos meses antes, los referentes del Frente Grande decidieron convocar a personalidades extrapartidarias de reconocida trayectoria. Buscaban “oxigenar” el escenario partidario y reforzar su representatividad, vista la extraordinaria trascendencia que reviste una reforma constitucional. Y le ofrecieron a Jaime De Nevares encabezar la lista de candidatos a convencionales de su provincia, por el Frente Grande. El obispo tenía sobrados méritos: abogado, defensor de los perseguidos, humillados, exiliados y excluidos; de los trabajadores en conflicto y gestor de la Asamblea por los Derechos Humanos durante la dictadura. Su vida pastoral y su compromiso en la búsqueda de justicia para la sociedad en su conjunto le habían granjeado un reconocimiento que desbordaba los límites de la región, incluso del país. En 1994, don Jaime ya no era titular de la Diócesis de Neuquén. Porque es norma de la Iglesia Católica que los obispos se jubilen al cumplir los 75 años. Como premio consuelo, había sido nombrado “obispo emérito”. Pero De Nevares no era persona “de jubilarse”. Siempre estuvo muy atento a los desafíos que la sociedad le propuso y, en esta ocasión, no dejaría pasar el tren. En sus palabras: “Cuando atendí el teléfono y me hicieron la propuesta no pude negarme. Me subí así nomás, como venía la montura”. Él mismo contaba que su respuesta fue inmediata, contundente y que se produjo entonces un largo silencio en la línea. Había dejado sin habla a su interlocutor. La noticia corrió rápidamente. Fue sorpresa para todos. Tanto para quienes la recibimos con algarabía como para los defensores del “Pacto”, que el novel candidato impugnó, decidido como estaba a responder según sus convicciones al “más alto honor al que un ciudadano pueda aspirar: participar en una Convención Constituyente”. El “sí” de De Nevares fortaleció la propuesta del Frente Grande en Neuquén, en la capital federal y en tantísimos otros rincones del país. Muchos ciudadanos, ajenos a la política partidaria, vieron en la “patriada” de don Jaime la oportunidad de convertir a esta elección en un puente capaz de reanimar una sociedad –una república– malherida por la impunidad y la corrupción. Sobre todo, descreída, desesperanzada. En Neuquén, la joven abogada Edith Galarza lo acompañó en cabeza de lista. Se sumaron otros referentes sociales, con o sin trayectoria partidaria. De pronto fueron cientos, miles, los activistas que en toda la provincia hacían campaña por el candidato de los excluidos, de los docentes, de los obreros, de las Madres de Plaza de Mayo. Enfrentaban los aparatos del MPN, el PJ y la UCR. Ninguno de ellos se había opuesto al Pacto de Olivos, ya sea por simpatía o por conveniencia. Sólo don Jaime fue claro y preciso: “Hay una realidad primordial y es que el Pacto, y su cláusula cerrojo para la Convención, es inaceptable por inconstitucional. El Ejecutivo y el Legislativo no pueden erigirse en poderes constituyentes y determinar qué temas debe tratar la Convención y cuáles no, porque ella es soberana; puede aceptar o modificar el temario propuesto en la ley 24309”. También rechazaba de plano la reelección presidencial, tema que desvelaba al entonces presidente Menem: “Es una cuestión coyuntural y responde a ambiciones personales y de sector. La Constituyente es algo mucho más importante que eso. Debe legislar sólo a favor de lo que convenga al país. Ahora y en el futuro”. “Triunfo rotundo de De Nevares”, titularon los medios al día siguiente de la elección. Cuando ésta estaba en pleno desarrollo, algunos fiscales de mesa denunciaron el robo de boletas de don Jaime, porque desaparecían prestamente del cuarto oscuro. No las robaban: se amontonaban en las urnas. El pueblo había sabido votar. De Nevares adjudicó el triunfo “al renacer de la utopía de construir un mundo mejor; al renacer del espíritu cívico”. El fin de su participación en la Convención es más conocido. Defendió el mandato asumido, hasta que vencieron los intereses de los más poderosos. Entonces, don Jaime se fue, para no asistir “a los funerales de la República”. Su despedida –su aporte– fue un brillante alegato, reclamando respeto por las instituciones republicanas. Una lección más, ya en el límite de sus fuerzas; de su vida. Partió el 19 de mayo de l995. Jaime De Nevares no sólo pregonó y alentó la participación y movilización como forma de defender la democracia, sino que hizo de ellas una práctica constante. Por eso, el recuerdo de don Jaime está en el corazón de muchos argentinos, en cualquier tiempo y lugar. Dejó profundas huellas en la historia de este país. Huellas que marcan un camino duro, difícil –pero posible–, hacia el compromiso con la verdad, la justicia y la solidaridad. Pablo Meuli APDH - Neuquén
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