La educación espasmódica
Columnistas
El gobierno de la provincia de Buenos Aires ha dispuesto que, desde el próximo año, los alumnos primarios no podrán ser aplazados. Tampoco podrán ser calificados con una nota inferior a 4.
La resolución, que no ahorra en eufemismos, intenta evitar la “estigmatización” y la exclusión escolar en el distrito más densamente poblado de nuestro país.
Por su parte, Río Negro ha aumentado sus índices de repitencia en el nivel secundario (14,5% en el 2013, 2,6 puntos más que el año anterior), a pesar de la adopción de numerosas medidas que flexibilizan las exigencias en las escuelas.
Por tal razón acaba de anunciar un plan articulador entre la educación primaria y secundaria común, con un nuevo sistema de calificación para primer año, en un claro intento por contrarrestar el fracaso escolar en el pasaje de un nivel a otro.
Dentro de dicho programa se designarán “maestros de fortalecimiento de la trayectoria escolar”, que deberán responder a normas facilitadoras de acreditación, evaluación y promoción para los estudiantes de primer año.
Así, el sistema de premios y castigos tan caro a generaciones enteras de argentinos poco a poco se va transformado en uno de “parches y remiendos”, donde los alumnos egresan ya no tanto por los méritos obtenidos sobre la base de su propio esfuerzo, sino por el mero permanecer y transcurrir.
Estas reacciones espasmódicas jamás podrán ser una solución a futuro. Ello por cuanto:
• Su ambiguo postulado, en apariencia loable, tiene como finalidad sortear una coyuntura minada por índices de repitencia y deserción escolar.
• Se instaura la preocupante idea de “escuelas depósito”.
• Se envía un desestimulante mensaje al alumno cumplidor, premiándose a aquel que falta o se lleva gran cantidad de materias. Ergo, se nivela para abajo.
• Se prepara al alumno para un mundo irreal, donde la falta de competencia y conocimientos limita.
• Se acrecienta la brecha con la educación privada que resista a estos espejismos.
• Se genera un daño a futuro, afectando la ya resentida continuidad educativa terciaria o universitaria.
Todas estas asimetrías de la vida real nos llevan a pensar que, en aras a una pretendida inclusión, llegaremos en un término mediato a una exclusión silenciosa e inexorable.
De persistir en esta política, la educación pública, que siempre fue garantía de igualdad de oportunidades, formará personas acostumbradas a un Estado paternalista al que luego recurrirán, arrogándose casi un derecho adquirido.
¿Cómo podremos hablar de calidad, si no hay estímulos para alcanzarla? ¿Cómo se destaca a aquel que se exige? Cuesta recordar una sola norma que apunte en esa dirección, a la superación del alumno.
El facilismo y la laxitud de este tipo de medidas hiere la idea madre de la inclusión: el esfuerzo personal como camino para vencer adversidades.
So pretexto de la inclusión educativa -sobre la que difícilmente alguien pueda no estar de acuerdo- se favorece la degradación cualitativa. En cada nivel y en su medida, la educación debe guardar mínimos de calidad.
Una calidad a la que se debe llegar con planes sustentables. Con una escolaridad que renuncie a los espasmos y cuyo fin esté mucho más allá de los circunstanciales gobernantes de turno.
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN
marceloangriman@ciudad.com.ar
Abogado. Profesor nacional de Educación Física
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN
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