Partido Roca vs Cipolletti: vergüenza ajena
COLUMNISTAS
El partido del pasado miércoles entre Deportivo Roca y Cipolletti será recordado como una vergonzosa degradación de lo que debiera ser un espectáculo deportivo.
Ya no alcanza con ver partidos de escasa calidad técnica, sino que a dicho calvario hay que adosarle la primitiva reacción de quienes se dicen jugadores de fútbol. Para justificar tales conductas se suele recurrir al remanido argumento de “las ciento ochenta pulsaciones por minuto”.
Pero hay algo elemental que se olvida cuando tantos jugadores pierden el control como sucedió en la bochornosa noche roquense: el respeto.
Un jugador se debe respeto a sí mismo, a su imagen como deportista, al público que en gran cantidad paga por ir a verlos, a los colegas propios y ajenos que viven del mismo trabajo y al Club al que representan.
Por ello ser futbolista implica tener un grado de tolerancia a las provocaciones muy superior al que se espera de cualquier otro mortal.
Se sabe que en los estadios se permiten comportamientos -agresiones verbales y provocaciones de todo tipo- para los que un profesional debe, necesariamente, estar preparado.
Un deportista que no controla sus impulsos no puede, hoy en día, ser parte de un plantel competitivo.
Un jugador que pierde sus cabales deja a su equipo en desventaja, obligando a sus pares a redoblar esfuerzos, exponiéndolos a una situación de vulnerabilidad mayor. Se ignora, de tal modo, el trabajo de mucha gente (compañeros, cuerpo técnico, dirigencia, simpatizantes) que no escatima esfuerzos detrás de un proyecto deportivo.
Por ello el control emocional de los jugadores debiera ser una de las premisas a trabajar en toda institución seria, la que, por otra parte, no debiera titubear en imponer sanciones en casos como el expuesto.
Todo juego deportivo está sometido a reglas que deben ser respetadas. Cuando las mismas se infringen, el árbitro puede aplicar las sanciones previstas en el reglamento. De acuerdo a la gravedad de las mismas, puede elevar un informe para que el Tribunal de Disciplina aplique medidas aún más drásticas.
Cualquier ignoto conoce tal protocolo, pero pocos son los que saben que un jugador que comete una falta groseramente antirreglamentaria, y con intención de cometer daño o con grave imprudencia, puede a su vez comprometer su propia responsabilidad civil (art. 1072 y 1109 C.C.) y la del club al que representa (art. 113 C.C.).
Además la norma del art. 902 C.C. vigente establece que, “cuanto mayor sea el deber de obrar con prudencia y pleno conocimiento de las cosas, mayor será la obligación que resulte de las consecuencias posibles de los hechos”.
En el común de los casos la violencia suele provenir de las tribunas, ¿pero qué sucede cuando la circunstancia es a la inversa?
En tal orden, tampoco debiera soslayarse la responsabilidad que les cabe a las entidades y asociaciones participantes por los daños y perjuicios que se generen en los espectáculos públicos deportivos, tanto a espectadores como a los protagonistas de los encuentros. Ello a tenor de lo dispuesto por las leyes 23184, 24192, el caso “Mosca” de la CSJN y la ley 26358.
Hoy no basta con que un jugador domine los gestos técnicos, sino que su formación debe ser más amplia y abarcar cuestiones extrafutbolísticas, como el manejo de sus emociones y su responsabilidad frente a terceros.
El antagonismo bien entendido es propio de toda gesta deportiva. Es natural que haya confrontación dentro y fuera de la cancha, más el límite tolerable lo constituye la violencia.
El fútbol no ha sido pensado como un bill de indemnidad, en el que un jugador puede hacer lo que le dé la gana.
Cuando ello ocurre, el deportista pierde su estatus para transformarse en una caricatura y el juego asiste a su propio suicidio.
Por ello lo sucedido en el Luis Maiolino debe ser una postal del antideporte. Una triste imagen que, por respeto a tantos valletanos que aman el fútbol y los colores de su club, no debiera volverse a repetir.
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN
Abogado. Profesor nacional de Educación Física
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN
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