De nombres y calles

A propósito del debate en Viedma.

Redacción

Por Redacción

OPINIÓN

Un tema que me preocupa sobremanera es el cambio del nombre de algunas calles y el descolgar los cuadros de aquellos que pasaron por el gobierno en las ominosas épocas de facto, participando algunos -no todos- en los hechos más deleznables de nuestra historia reciente. De paso conviene aclarar que nunca se debe sacar de contexto a las personas que para bien o para mal les tocó en suerte desempeñarse en los cargos más encumbrados, porque eran hijos de su tiempo y fruto de una mirada particular de la historia, como siempre sesgada y parcial. No se debe caer en las viejas antinomias del pasado y en una visión maniquea de los sucesos históricos. Eran hombres y mujeres con sus aciertos y sus errores, porque así es la vida humana en todo su largo devenir y, al decir de Isidoro Blaistein, adentro de cada uno de nosotros “ruge un demonio y sonríe un ángel”. Con esos hechos muchas veces oportunistas lo único que se consigue es confundir y tergiversar la verdad histórica y, lo que es aún más grave, continuar con una mirada interesada de los mismos. Error que ha provocado grandes masacres en la historia de la humanidad, listas negras, persecuciones y represalias. En la vida de una verdadera república debe haber espacio para todos sus actores porque con sus más y sus menos dejaron una impronta en la misma. Y la memoria debe mantenerse viva para que esos malos ejemplos estén presentes para recordarnos que no debemos jamás permitir que se vuelvan a repetir. Pero eso no se hace descolgando cuadros ni cambiando nombres de calles, sino defendiendo cotidianamente una forma pluralista y democrática de vida, donde el único compromiso mayor debe ser la dignidad de las personas y el respeto que cada uno se merece sin descalificaciones arteras ni actitudes mezquinas y fundamentalistas. Y la cultura ancestral de los pueblos preexistentes se defiende promocionando su cosmovisión, profundizando su historia y en especial preservando su idioma. Y digo preexistentes y no originarios, porque todos somos originarios de alguna parte, pero en realidad por el nomadismo propio de los grupos humanos a lo largo del tiempo se produjeron desplazamientos y la ocupación de los lugares más favorables para el desarrollo de la vida humana desalojando a los que allí estaban y esa argamasa de asimilación de culturas y de costumbres diversas formó la idiosincrasia de regiones y de países. Ésta es la tierra de Moreno, Castelli y de Saavedra, de Lavalle y de Dorrego, de San Martín y de Alvear, de Rosas y de Sarmiento, de Yrigoyen y de Perón, sin ningún tipo de antinomias. Y como decía el gran Marechal -el poeta depuesto- “el tiempo es un gran trabajador y a cada uno le dará la hojita de laurel que supiera conseguir”. Los pueblos que recuerdan su pasado es muy difícil que repitan los mismos errores. Debería haber museos como en Alemania, por ejemplo, para que nos mantenga viva la memoria de aquellos años atroces, con el único objetivo que estemos siempre alertas ante el menor síntoma que pueda repetirlos. Hay lugar en nuestra historia patagónica para tehuelches, mapuches, inmigrantes y colonos, porque entre todos ellos forjaron estas tierras. Calfulcurá, Roca, Villegas, Chanel o “Negro”, Sacamata, los galeses, el perito Moreno, Bailey Willis y tantos más que no sólo deben ser recordados sino estudiados en los manuales de historia, pero colocados en su tiempo y en el contexto general de la época que les tocó en suerte vivir. Eso se llama tolerancia e integración y se llama identidad y respeto a lo diferente. Porque, como dijo La Rochefoncauld, “hay tres clases de ignorancia: no saber lo que debería saberse, saber mal lo que se sabe y saber lo que no debería saberse”. Para cerrar esta breve crónica nada mejor que elegir una frase ejemplar del Jawahrtal Nerhu, que algo sabía de estas cosas: “No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar retratos colgados en la pared”. Y yo agregaría cambiando el nombre de algunas calles. (*) Escritor. Valcheta

JORGE CASTAÑEDA (*)


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