Ante un mundo cada vez más desordenado
SEGÚN LO VEO
Por ser los manicomios lugares tan horribles, muchas personas benévolas en Estados Unidos y otros países decidieron que sería mejor liberar a los enfermos mentales recluidos en ellos para reintegrarlos a la comunidad. En algunos casos, la “desinstitucionalización” funcionó como habían previsto, pero en muchos otros fracasó: las calles de ciudades como Nueva York se llenaron de sin techo andrajosos y a veces violentos que claramente no estaban en condiciones de afrontar las exigencias de la vida moderna.
Algo parecido ha sucedido en otra comunidad, la “internacional”. Hay sociedades que, por razones que podrían calificarse de culturales, son incapaces de brindar a la mayoría de sus integrantes un mínimo de bienestar material o seguridad y que, para colmo, plantean una amenaza mortal a todas las demás. Hasta hace muy poco, existía consenso acerca de que si los países considerados avanzados respetaban la soberanía ajena, limitándose a enviar ayuda a los rezagados, pronto se curarían de las patologías que los mantenían atrasados, pero la reaparición del islamismo militante y el estallido del ébola en una zona paupérrima y caótica de África occidental están obligando a los líderes de la “comunidad internacional” a revisar ciertas opiniones.
En los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, docenas de países -algunos de tradiciones que se remontaban a la antigüedad y otros recién ensamblados de partes que tenían muy poco en común- se independizaron de sus amos imperiales. A juicio de casi todos, se trató de un avance histórico en la larga marcha del género humano desde un pasado vergonzoso hacia un futuro mejor. ¿Lo fue? Para los que lograron insertarse en las nuevas elites poscoloniales no cabe duda de que sí, pero para los millones que morirían en las luchas posteriores a la liberación o que se verían marginados política, social y económicamente el cambio fue una calamidad sin atenuantes.
La desintegración de los imperios europeos se debió sólo en parte a que, en Londres, París, Bruselas y otras metrópolis, los principios liberales reivindicados por casi todos eran incompatibles con el colonialismo, razón por la cual fueron apropiados por los rebeldes del Tercer Mundo. También incidió el hecho raramente mencionado de que los costos económicos de gobernar territorios díscolos en África o Asia superaban los beneficios. Lo que en épocas anteriores era un negocio redondo había dejado de serlo, razón por la que la mayoría de los europeos preferiría abandonar a su suerte posesiones imperiales que habían motivado el orgullo de sus antepasados.
Así, pues, durante medio siglo los europeos y, a su modo, los norteamericanos y japoneses pudieron felicitarse por haberse lavado las manos de la responsabilidad de administrar lugares exóticos, atribuyendo su actitud a los sentimientos igualitarios, cuando no antiimperialistas, propios, pero entonces descubrieron que no les sería tan fácil desprenderse del resto del mundo. Para decepción de los optimistas, no todos los países liberados prosperarían; algunos ni siquiera serían viables. Al comienzo, los “Estados fallidos” eran pocos, con Somalia como el más notorio. Luego de un intento breve de intervenir, los europeos y norteamericanos decidieron que les convendría más que los somalíes se cocinaran en su propia salsa: sería terrible, claro está, pero se suponía que las alternativas concebibles serían peores y, de todas maneras, los habitantes de un país soberano tendrían que aprender a gobernarse como es debido.
Pero puede que Somalia no sea un caso especial, que los “Estados fallidos” pronto se cuenten por docenas y que incluyan a algunos países muy grandes. La negativa a intervenir sigue siendo la doctrina internacional predominante, pero sería difícil continuar resistiéndose a entrometerse en los asuntos de países soberanos que plantean una amenaza intolerable no sólo a sus vecinos sino también a muchos más. Sólo “contener” lo que está sucediendo en Siria, Irak y Libia, o en países como Liberia y Sierra Leona, devastados por el ébola, no parece ser una opción muy sensata. Asimismo, es legítimo preguntarse qué pasará en Yemen, un país desértico que dentro de apenas treinta años podría tener más de 100 millones de habitantes, o en Pakistán, una potencia nuclear ya desgarrada por salvajes conflictos sectarios cuyos servicios de inteligencia, además de apoyar a los islamistas de Afganistán, a menudo se desahogan ensañándose con la India.
Con cierta frecuencia, personajes como el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, nos advierten que muchos problemas requieren soluciones mundiales: los supuestos por el cambio climático, epidemias, la globalización económica, las migraciones en gran escala y así largamente por el estilo, además, claro está, de los planteados por la guerra santa librada por quienes se mofan de las fronteras nacionales puesto que no fueron trazadas por Alá. A los descendientes de los imperialistas de antaño no les gustan tales mensajes; quieren liberarse definitivamente de otras partes del planeta, pero las circunstancias los están obligando a reasumir responsabilidades que creían abandonadas para siempre. Gracias en buena medida a los éxitos económicos y tecnológicos de los países ricos, quienes se sienten excluidos de la bonanza así posibilitada quieren compartirla. Ya que no son capaces de reproducir las mismas condiciones en sus propios países, millones tratan de mudarse a los más prósperos, algunos con el propósito de buscar trabajo pero otros, por fortuna menos, porque les parecen débiles y por lo tanto presas fáciles.
Hay países africanos que parecen haberse reincorporado voluntariamente a una versión informal y presuntamente efímera del imperio francés o británico; tanto la seguridad como el funcionamiento de instituciones sanitarias básicas dependen casi por completo de la ayuda enviada desde la vieja metrópoli. En amplias zonas de Oriente Medio, fuerzas militares occidentales están activas con la aprobación de los gobiernos locales; tal y como están las cosas, la aviación pronto se verá acompañada por contingentes mayores de tropas terrestres. Los países de África del Norte están recibiendo presiones crecientes para que frenen las corrientes migratorias que se dirigen hacia Europa. Y China, cuyos líderes entienden que el resurgimiento de su propio país sería mucho más difícil si el mundo se desestabilizara todavía más, parece dispuesta a desempeñar un papel menos pasivo. No sorprendería, pues, que los países mejor ordenados, encabezados por Estados Unidos, China y los miembros de la Unión Europea, formaran una especie de directorio mundial que actuaría de manera muy similar a la de las potencias imperiales decimonónicas.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
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