Los nacionalistas frente a la Unión Europea

Redacción

Por Redacción

Según lo veo

Nacionalistas escoceses, catalanes, vascos y flamencos, además de algunos -por lo común pocos- occitanos, bretones, bávaros, galeses y “padanos” del aún próspero norte de Italia sueñan con separarse de los Estados en que se ven incluidos. Dicen creer que sólo la independencia nacional soberana, plena, les permitiría sentirse libres para cultivar las esencias patrias propias. Pero lo que tienen en mente es a lo sumo la independencia a medias, ya que todos quieren seguir formando parte de la Unión Europea y, por lo tanto, continuar obedeciendo las órdenes tajantes que emanan de Bruselas, donde abundan funcionarios que raramente manifiestan mucho respeto por las entrañables particularidades nacionales o regionales. Antes bien, están resueltos a eliminarlas.

Con todo, a pesar del desprecio que tantos sienten por tradiciones que en muchos casos se remontan al medioevo, cuando no a la antigüedad, sería lógico que los despectivamente llamados “eurócratas” se aliaran con nacionalistas decididos a socavar el poder que aún conservan los gobiernos ubicados en capitales como Londres, Madrid, París, Berlín y Roma. Al fin y al cabo, les convendría una Europa conformada por un centenar de países chicos que podrían dominar con facilidad sin preocuparse por las protestas de gobiernos reacios a someterse a sus dictados. Podrían acumular más poder si aprovecharan con astucia los nacionalismos localistas. Como han entendido generaciones de políticos ambiciosos, la estrategia resumida en la consigna maquiavélica “dividir para reinar” suele ser muy eficaz.

Así y todo, los comprometidos con la construcción de una Europa unida, forzosamente más homogénea que la existente, que reemplazaría al viejo aglomerado de Estados nacionales, prefieren no arriesgarse. Además de entender que les resultaría peligroso enojar demasiado a los gobiernos de los países miembros más grandes, temen que los nacionalismos relativamente pequeños, si bien en principio viables, como los de Escocia y Cataluña, terminen alimentando otros un tanto mayores que, para oponérseles, se ensañarían con Bruselas, tentación ésta que ya es muy fuerte entre los ingleses y los franceses partidarios de Marine Le Pen.

El escocés Alex Salmond y el catalán Artur Mas se afirman europeístas convencidos pero, para frenarlos, tanto el primer ministro británico David Cameron como su homólogo español, el presidente del gobierno Mariano Rajoy, les han advertido que una eventual declaración de independencia dejaría sus feudos fuera de la Unión Europea. Aunque la experiencia de países como Noruega, Islandia y Suiza hace pensar que el destino así dispuesto no sería tan terrible, a los nacionalistas les asusta la posibilidad de verse obligados a suplicar la readmisión que, con toda probabilidad, demorarían con sus vetos los gobiernos despechados de los países que se vieran constreñidos a dejarlos irse.

El Reino Unido sobrevivió intacto al referéndum de septiembre en que, como siempre sucede en tales ocasiones, temas ajenos a las opciones propuestas, comenzando con la escasa popularidad actual de los conservadores escoceses y las deficiencias coyunturales del sistema de salud estatal, pesaron más que lo que formalmente estaba en juego, lo que ayudó mucho a los nacionalistas que supieron movilizar a los insatisfechos con el statu quo en ciudades deprimidas, parcialmente desindustrializadas, como Glasgow y Dundee.

En España, donde el gobierno central no quiere brindar a los catalanes una oportunidad para desvincularse del resto del país, la situación es mucho más complicada. A diferencia de Cameron, Rajoy no piensa en arriesgarse desafiando a los nacionalistas con la esperanza de que un referéndum les enseñara que no cuentan con el apoyo del grueso de sus compatriotas. A juzgar por el nivel de participación en el simulacro informal de la semana pasada organizado por Mas y su gente, los independentistas hubieran perdido, acaso por un margen estrecho, en una consulta convocada por Madrid pero, puesto que la mayoría abrumadora de quienes votaron se pronunció a favor de una ruptura, los nacionalistas se sienten reivindicados y por lo tanto redoblarán sus esfuerzos.

Puesto que Escocia ya tiene sus propias leyes, que son distintas de las inglesas, y su propio papel moneda y el gobierno escocés disfruta de un grado sustancial de autonomía, la eventual independencia formal cambiaría muy poco. Lo mismo podría decirse de Cataluña, aunque, a diferencia de lo que sucede en Escocia, donde el ministro principal Salmond y sus allegados ni siquiera se han dado el trabajo de aprender el gaélico nativo, el idioma catalán está en la raíz de movimiento separatista; de no ser por la fidelidad apasionada de tantos a su lengua y a las tradiciones que encarna, el nacionalismo catalán sería un fenómeno limitado a un puñado de excéntricos.

En Europa hay muchos nacionalistas que se las arreglan para militar a un tiempo en contra del centralismo de las viejas metrópolis y a favor del centralismo bruselense que, suponen, sigue siéndoles remoto y que, de todos modos, carece de las truculentas connotaciones históricas que todo nacionalista que se precie sabe aprovechar. Dan a entender que los pueblos a los que dicen representar han sido víctimas de la maldad de otros más poderosos y que, de liberarse de ellos, también se liberarían de una multitud de problemas económicos y sociales. Se trata de una ilusión, claro está. Los únicos beneficiados por el éxito de un movimiento nacionalista serían aquellos líderes que en adelante podrían pavonearse en el escenario mundial.

Los contrarios por principio al nacionalismo suelen aludir a los horrores que provocó en la Europa del siglo pasado. Por suerte, las versiones adoptadas por los escoceses y catalanes son benignas en comparación con las que tanto contribuyeron a desatar dos guerras mundiales pero, de ponerse de moda el separatismo, podrían surgir movimientos mucho peores, más violentos y más preocupados por la pureza étnica o cultural, en otras zonas del continente. Sería un desastre para la Unión Europea, que fue concebida como un antídoto a las pulsiones nacionalistas más destructivas, pero a menos que sus dirigentes logren asegurar que las que están reapareciendo sirvan para fortalecer las bases de lo que aún es una obra en construcción, las tendencias centrífugas podrían hacer estallar un proyecto que, en su fase actual, se ve amenazado más por los partidarios de la uniformidad que por los interesados en hacer valer las diferencias que se atribuyen.

JAMES NEILSON

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