El temor a una ruptura

Redacción

Por Redacción

Si lo que quería el papa Francisco era tranquilizarnos, eligió una forma un tanto extraña de hacerlo al advertir que “una ruptura del sistema democrático, de la Constitución, en este momento sería un error”, dando a entender así que tenía motivos concretos para temer que el país esté por experimentar una nueva convulsión. Puede que le haya llegado información precisa en tal sentido, ya que la Iglesia Católica cuenta con un servicio de inteligencia, por llamarlo así, mucho más eficaz que los del gobierno nacional o las fuerzas armadas, pero lo más probable es que lo hayan preocupado hechos de dominio público como la evolución de la economía nacional, lo difícil que le está resultando al gobierno impedir que la Justicia siga investigando los negocios de los Kirchner, la precaria salud de la jefa de Estado y los problemas legales que mantienen marginado al vicepresidente Amado Boudou. Con todo, si bien lo que está ocurriendo en el país no presagia nada bueno, el que la oposición en su conjunto parezca resuelta a asegurar que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner llegue al final de su mandato puede tomarse por una señal positiva. Sea como fuere, aunque el riesgo al que aludía el pontífice dista de ser fantasioso, de producirse la “ruptura” de que nos advirtió no sería a causa de una conspiración golpista que, huelga decirlo, nadie en sus cabales quiere, sino de un colapso sistémico provocado por la incapacidad patente del gobierno de reconciliar su propio “relato” con la realidad y de la oposición de hacer mucho más que comentar lo que está sucediendo. A veces parece que Cristina y sus colaboradores viven en un país ficticio y que el ministro de Economía, Axel Kicillof, cree más en las inverosímiles estadísticas aportadas por el Indec intervenido que en datos menos imaginativos. También ocasiona inquietud la voluntad de los voceros oficiales de defender a la familia presidencial ensañándose con quienes la acusan de haberse enriquecido por medios ilícitos, como si el problema principal que enfrenta al país fuera la presunta falta de autoridad moral del juez Claudio Bonadio, la diputada Margarita Stolbizer y aquellas personas que, según la AFIP, tienen cuentas bancarias en Suiza. Aun cuando resultara que entre los interesados en rastrear la ruta del “dinero K” se hallan personajes de trayectoria dudosa, probarlo no serviría para eliminar la sospecha de que el gobierno nacional es excepcionalmente corrupto. De todos modos, si sólo fuera cuestión de las irregularidades y errores cometidos por un gobierno determinado, la situación en que el país se encuentra no sería tan grave, pero por desgracia la crisis que estamos sufriendo tiene raíces mucho más profundas. La clase política, fragmentada en una multitud de agrupaciones cuyos integrantes suelen privilegiar las disputas internas y por lo común son más propensos a refugiarse en abstracciones ideológicas que a intentar solucionar problemas puntuales, está tan acostumbrada a aprovechar las dificultades económicas y sociales que a menudo brinda la impresión de estar conforme con el statu quo. He aquí una razón por la que muchas personas tratan a “los políticos” como un grupo homogéneo, sin distinguir entre los distintos partidos o corrientes ideológicas. Aunque muchos se quejan del autoritarismo caprichoso de un gobierno dominado por una sola persona que no dialoga con nadie, con la eventual excepción de su hijo primogénito y un par de favoritos, parece evidente que, para una proporción muy significante de la clase política nacional, el arreglo así supuesto es el mejor, ya que en caso contrario “los dirigentes” se verían constreñidos a compartir la onerosa responsabilidad de gobernar el país, algo que claramente no entusiasma a los oficialistas más abnegados puesto que, desde su punto de vista, es preferible disfrutar de los beneficios de “la lealtad” hacia la jefa sin sentirse obligados a hacer mucho más que asegurarle su apoyo incondicional. ¿Serán menos pasivos los “militantes” de los próximos gobiernos? Es de esperar que sí, ya que el problema fundamental del país tiene que ver con una cultura política en que fenómenos como el kirchnerismo han podido prosperar sin que la mayoría se preocupara por los estragos ocasionados hasta que el previsible deterioro económico comenzó a hacerse sentir.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 12 de diciembre de 2014


Si lo que quería el papa Francisco era tranquilizarnos, eligió una forma un tanto extraña de hacerlo al advertir que “una ruptura del sistema democrático, de la Constitución, en este momento sería un error”, dando a entender así que tenía motivos concretos para temer que el país esté por experimentar una nueva convulsión. Puede que le haya llegado información precisa en tal sentido, ya que la Iglesia Católica cuenta con un servicio de inteligencia, por llamarlo así, mucho más eficaz que los del gobierno nacional o las fuerzas armadas, pero lo más probable es que lo hayan preocupado hechos de dominio público como la evolución de la economía nacional, lo difícil que le está resultando al gobierno impedir que la Justicia siga investigando los negocios de los Kirchner, la precaria salud de la jefa de Estado y los problemas legales que mantienen marginado al vicepresidente Amado Boudou. Con todo, si bien lo que está ocurriendo en el país no presagia nada bueno, el que la oposición en su conjunto parezca resuelta a asegurar que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner llegue al final de su mandato puede tomarse por una señal positiva. Sea como fuere, aunque el riesgo al que aludía el pontífice dista de ser fantasioso, de producirse la “ruptura” de que nos advirtió no sería a causa de una conspiración golpista que, huelga decirlo, nadie en sus cabales quiere, sino de un colapso sistémico provocado por la incapacidad patente del gobierno de reconciliar su propio “relato” con la realidad y de la oposición de hacer mucho más que comentar lo que está sucediendo. A veces parece que Cristina y sus colaboradores viven en un país ficticio y que el ministro de Economía, Axel Kicillof, cree más en las inverosímiles estadísticas aportadas por el Indec intervenido que en datos menos imaginativos. También ocasiona inquietud la voluntad de los voceros oficiales de defender a la familia presidencial ensañándose con quienes la acusan de haberse enriquecido por medios ilícitos, como si el problema principal que enfrenta al país fuera la presunta falta de autoridad moral del juez Claudio Bonadio, la diputada Margarita Stolbizer y aquellas personas que, según la AFIP, tienen cuentas bancarias en Suiza. Aun cuando resultara que entre los interesados en rastrear la ruta del “dinero K” se hallan personajes de trayectoria dudosa, probarlo no serviría para eliminar la sospecha de que el gobierno nacional es excepcionalmente corrupto. De todos modos, si sólo fuera cuestión de las irregularidades y errores cometidos por un gobierno determinado, la situación en que el país se encuentra no sería tan grave, pero por desgracia la crisis que estamos sufriendo tiene raíces mucho más profundas. La clase política, fragmentada en una multitud de agrupaciones cuyos integrantes suelen privilegiar las disputas internas y por lo común son más propensos a refugiarse en abstracciones ideológicas que a intentar solucionar problemas puntuales, está tan acostumbrada a aprovechar las dificultades económicas y sociales que a menudo brinda la impresión de estar conforme con el statu quo. He aquí una razón por la que muchas personas tratan a “los políticos” como un grupo homogéneo, sin distinguir entre los distintos partidos o corrientes ideológicas. Aunque muchos se quejan del autoritarismo caprichoso de un gobierno dominado por una sola persona que no dialoga con nadie, con la eventual excepción de su hijo primogénito y un par de favoritos, parece evidente que, para una proporción muy significante de la clase política nacional, el arreglo así supuesto es el mejor, ya que en caso contrario “los dirigentes” se verían constreñidos a compartir la onerosa responsabilidad de gobernar el país, algo que claramente no entusiasma a los oficialistas más abnegados puesto que, desde su punto de vista, es preferible disfrutar de los beneficios de “la lealtad” hacia la jefa sin sentirse obligados a hacer mucho más que asegurarle su apoyo incondicional. ¿Serán menos pasivos los “militantes” de los próximos gobiernos? Es de esperar que sí, ya que el problema fundamental del país tiene que ver con una cultura política en que fenómenos como el kirchnerismo han podido prosperar sin que la mayoría se preocupara por los estragos ocasionados hasta que el previsible deterioro económico comenzó a hacerse sentir.

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