“La muerte del fiscal”

Redacción

Por Redacción

Creímos, tal vez embriagados por el retorno a la libertad, a la vigencia plena del derecho y a la vida en democracia, que aquel emocionado “¡nunca más!” sepultaba en el ominoso pasado el brazo criminal del sicario alimentado por el terrorismo de Estado; que desaparecía para siempre el vil asesinato de todos aquellos que no comulgaban con los soberbios embriagados por el poder, alucinados por las candilejas que los encumbraban como semidioses mitológicos que les hacían creer en una falsa como torpe eternidad, alimentados por el pasto de la impunidad que diariamente consumían. Pero una minúscula parte de esa resaca histórica, muy a pesar de aquel valiente “¡nunca más!”, quedó en la borrasca del poder y se salvó, no sé por qué misterioso sortilegio, del implacable peso de la Justicia, que enarboló su bandera –sostenida por miles de víctimas– en los aún latentes juicios contra los genocidas. Y supieron subsistir en las sombras, para volver a la realidad y acosar a todos aquellos ciudadanos libres encaramados en el altar de Astrea que tuvieron y tienen el coraje cívico de enfrentarlos, no con la bala asesina ni con la hiriente espada vengativa, sino con la balanza de la Justicia, levantando el dedo, a lo Víctor Hugo, y diciendo “¡yo acuso!”, en defensa de la decencia pública y en salvaguarda de la honorabilidad y dignidad ciudadanas, para evitar una nueva traición a la patria. Y aquella augusta misión encargada al fiscal Nisman es destruida con la bala asesina, ya sea material o psicológica. Y su muerte cae sobre la conciencia ciudadana que lo eligió como bandera, pero más pesadamente aún cae sobre la conciencia de un gobierno que no lo supo proteger. La muerte de Nisman hiere profundamente a la Justicia independiente, pura, no contaminada y valiente, que hoy llora su martirio. Sus últimas palabras todo lo dicen y ponen de resalto su angustia ciudadana, que se convierte en una solapada alerta: “¡Tengo más miedo de tener razón que de no tenerla!”. Las garras siniestras de la antipatria nos han arrebatado a un hombre que se distinguió por su vocación a la equidad y a la justicia y por la percepción del derecho. Como fiscal pudo ser mejor o peor que el hombre que fue, pero lo más seguro es que fue un fiscal con todo lo que se es hombre, con el instinto igualitario con el que se alineó, sin pretender excepciones personales, y con el desinterés que le hizo prevalecer sobre su propio bien uno de mayor entidad. Vivió en busca de la verdad para imponer la justicia. Fue un fiscal que vivió con la meditación del derecho como sentido de la conducta, con la capacidad de superar los convencionalismos que esterilizan y las reglas que han dejado de ser ordenadoras. Sobre cuatro tablones edificó la vida que lo distinguió: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Quiera Dios que esa muerte no haya sido en vano, que la sangre derramada sirva para mantener incólumes los ideales de todos los fiscales del mundo, celosos vigías de la verdad, para que la ley se imponga sobre la impunidad, para que se destapen las hediondas ollas de la corrupción, para que se encuentren y destruyan los nidos de ratas donde se elabora y distribuye la droga asesina y para que las cárceles dejen de ser dolorosos albergues de chivos expiatorios y se conviertan en seguras celdas de los intocables encaramados en el poder que les brinda eterna impunidad. Hoy nos queda la obligación de robustecer el “¡nunca más!” y pedir a Dios, fuente de toda razón y justicia, la vigencia plena de la ley, que se encuentra entronizada, como Biblia política, en la Constitución nacional. Eves Omar Tejeda Roca

Eves Omar Tejeda Roca


Creímos, tal vez embriagados por el retorno a la libertad, a la vigencia plena del derecho y a la vida en democracia, que aquel emocionado “¡nunca más!” sepultaba en el ominoso pasado el brazo criminal del sicario alimentado por el terrorismo de Estado; que desaparecía para siempre el vil asesinato de todos aquellos que no comulgaban con los soberbios embriagados por el poder, alucinados por las candilejas que los encumbraban como semidioses mitológicos que les hacían creer en una falsa como torpe eternidad, alimentados por el pasto de la impunidad que diariamente consumían. Pero una minúscula parte de esa resaca histórica, muy a pesar de aquel valiente “¡nunca más!”, quedó en la borrasca del poder y se salvó, no sé por qué misterioso sortilegio, del implacable peso de la Justicia, que enarboló su bandera –sostenida por miles de víctimas– en los aún latentes juicios contra los genocidas. Y supieron subsistir en las sombras, para volver a la realidad y acosar a todos aquellos ciudadanos libres encaramados en el altar de Astrea que tuvieron y tienen el coraje cívico de enfrentarlos, no con la bala asesina ni con la hiriente espada vengativa, sino con la balanza de la Justicia, levantando el dedo, a lo Víctor Hugo, y diciendo “¡yo acuso!”, en defensa de la decencia pública y en salvaguarda de la honorabilidad y dignidad ciudadanas, para evitar una nueva traición a la patria. Y aquella augusta misión encargada al fiscal Nisman es destruida con la bala asesina, ya sea material o psicológica. Y su muerte cae sobre la conciencia ciudadana que lo eligió como bandera, pero más pesadamente aún cae sobre la conciencia de un gobierno que no lo supo proteger. La muerte de Nisman hiere profundamente a la Justicia independiente, pura, no contaminada y valiente, que hoy llora su martirio. Sus últimas palabras todo lo dicen y ponen de resalto su angustia ciudadana, que se convierte en una solapada alerta: “¡Tengo más miedo de tener razón que de no tenerla!”. Las garras siniestras de la antipatria nos han arrebatado a un hombre que se distinguió por su vocación a la equidad y a la justicia y por la percepción del derecho. Como fiscal pudo ser mejor o peor que el hombre que fue, pero lo más seguro es que fue un fiscal con todo lo que se es hombre, con el instinto igualitario con el que se alineó, sin pretender excepciones personales, y con el desinterés que le hizo prevalecer sobre su propio bien uno de mayor entidad. Vivió en busca de la verdad para imponer la justicia. Fue un fiscal que vivió con la meditación del derecho como sentido de la conducta, con la capacidad de superar los convencionalismos que esterilizan y las reglas que han dejado de ser ordenadoras. Sobre cuatro tablones edificó la vida que lo distinguió: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Quiera Dios que esa muerte no haya sido en vano, que la sangre derramada sirva para mantener incólumes los ideales de todos los fiscales del mundo, celosos vigías de la verdad, para que la ley se imponga sobre la impunidad, para que se destapen las hediondas ollas de la corrupción, para que se encuentren y destruyan los nidos de ratas donde se elabora y distribuye la droga asesina y para que las cárceles dejen de ser dolorosos albergues de chivos expiatorios y se conviertan en seguras celdas de los intocables encaramados en el poder que les brinda eterna impunidad. Hoy nos queda la obligación de robustecer el “¡nunca más!” y pedir a Dios, fuente de toda razón y justicia, la vigencia plena de la ley, que se encuentra entronizada, como Biblia política, en la Constitución nacional. Eves Omar Tejeda Roca

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