“Elecciones en la era en que ‘Dios ha muerto’”
Llegados a sus postrimerías, –en el umbral de la edad de hierro– el pensamiento y la reflexión histórica no pueden sino reiterar –como en un círculo vicioso– los conflictos e interrogantes primigenios de la humana condición: del “Dios-hombre” cuyo legado es la confianza y la certeza cultural de la vida trascendente en la visión del cristianismo, al “hombre-Dios” prefigurado en el personaje de la novela “Demonios” de Dostoievsky (Kirillov), cuyo suicidio lúcido como acto supremo y voluntario anuncia la muerte de Dios y permite su reemplazo por el hombre mismo (humanismo). Dostoievsky infiere aquí la irrupción del nihilismo filosófico, que en distintas visiones (Nietzche) permite deducir aquello de que, “si Dios ha muerto, entonces todo está permitido”. De esta dicotomía histórico-filosófica “existencial” insuperada conceptualmente, se deduce que el hombre necesita –dentro o fuera de sí– un centro, un valor esencial que justifique la existencia humana para –de estos presupuestos– definir los sucedáneos políticos, económicos, culturales y sociales en la forma de “derivados” culturales. Dependiendo de estas visiones, adquiere una u otra orientación nada menos que el concepto de “libertad” que –asumida consciente o inconscientemente– nos hace partícipes de la vida comunitaria en el tiempo de la llamada “era global”. El nihilismo concibe al hombre como “un ser para la nada”, como una condena, que sintetiza el existencialismo en la fórmula de Sartre: “Estamos condenados a ser libres”. Inmersos en la atmósfera cultural y política de ese nihilismo, plena de extravíos y sinsentidos, apabullados por el consumismo estéril, la demagogia institucionalizada, la corrupción indisimulada, la inseguridad indignante, la incertidumbre generalizada y la decadencia manifiesta, iremos a las urnas el 14 de junio sufriendo la “libertad” como una condena, resignados al “juego fullero” de personajes mediocres y caricaturescos, sin desquite y atados al triste destino de un tránsito aborregado sin saber quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Feliz domingo. Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca
Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca
Llegados a sus postrimerías, –en el umbral de la edad de hierro– el pensamiento y la reflexión histórica no pueden sino reiterar –como en un círculo vicioso– los conflictos e interrogantes primigenios de la humana condición: del “Dios-hombre” cuyo legado es la confianza y la certeza cultural de la vida trascendente en la visión del cristianismo, al “hombre-Dios” prefigurado en el personaje de la novela “Demonios” de Dostoievsky (Kirillov), cuyo suicidio lúcido como acto supremo y voluntario anuncia la muerte de Dios y permite su reemplazo por el hombre mismo (humanismo). Dostoievsky infiere aquí la irrupción del nihilismo filosófico, que en distintas visiones (Nietzche) permite deducir aquello de que, “si Dios ha muerto, entonces todo está permitido”. De esta dicotomía histórico-filosófica “existencial” insuperada conceptualmente, se deduce que el hombre necesita –dentro o fuera de sí– un centro, un valor esencial que justifique la existencia humana para –de estos presupuestos– definir los sucedáneos políticos, económicos, culturales y sociales en la forma de “derivados” culturales. Dependiendo de estas visiones, adquiere una u otra orientación nada menos que el concepto de “libertad” que –asumida consciente o inconscientemente– nos hace partícipes de la vida comunitaria en el tiempo de la llamada “era global”. El nihilismo concibe al hombre como “un ser para la nada”, como una condena, que sintetiza el existencialismo en la fórmula de Sartre: “Estamos condenados a ser libres”. Inmersos en la atmósfera cultural y política de ese nihilismo, plena de extravíos y sinsentidos, apabullados por el consumismo estéril, la demagogia institucionalizada, la corrupción indisimulada, la inseguridad indignante, la incertidumbre generalizada y la decadencia manifiesta, iremos a las urnas el 14 de junio sufriendo la “libertad” como una condena, resignados al “juego fullero” de personajes mediocres y caricaturescos, sin desquite y atados al triste destino de un tránsito aborregado sin saber quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Feliz domingo. Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca
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