En el Día del Niño volvieron los tiros al Confluencia

Se suspendió el festejo comunitario.

Redacción

Por Redacción

Neuquén

Leonardo Petricio

NEUQUÉN (AN).- Cato tiene 17 años y jura que desea cambiar. Sólo cursó estudios primarios y su padre lo quiere sacar del barrio pero él se resiste. Hay un tema que le absorbe sus días, la vida misma: la disputa que mantiene con otro grupo de jóvenes que vive en el sector Los Pumas de Confluencia, un barrio que no tiene tregua, atacado por la violencia y la desidia. A su lado, un chico de 14 confiesa que ya empuñó armas, que se pelea y ya lo han tiroteado.

Cato y su amigo saben cada vez que se levantan que puede ser el último día. Miran con desconfianza. Se sueltan cuando la cámara baja. Las fotos son para ellos un enemigo mecánico. “Esos de allá son re atrevidos, están pasados (drogados) todo el día, y vienen a tirar tiros a la plaza, al playón también. Son re carnazas (sic). Ya les matamos seis, y siguen jodiendo”. La charla es a las 11 de la mañana, en un espacio verde cercano a la Comisaría 19ª. Allí hubo un enfrentamiento hace pocas horas. También en el playón del barrio, donde muchos insultos y algunos tiros decretaron el final de los festejos del Día del Niño que habían organizados algunos vecinos que quieren la paz.

“Esos de allá” viven en el sector Los Pumas, en una precaria vivienda de Paimún y Boer. Los Lozano-Cano dicen y repiten que quieren irse del barrio, que esperan la reubicación que gestionó la vecinal de Confluencia en el ministerio de Desarrollo Social. “Nosotros estamos aislados, mis nietos pueden moverse un par de cuadras y vuelven porque los tirotean. A mi hija (Miriam Lozano) le mataron al marido (José Segundo Lara Oyarzo), y hace un par de meses a mi nieta le mataron a la pareja (Juan “Moco” González) también. Ellos nos están matando como moscas”, repiten los ojos azules de Victoria Esther Cano.

Responsable o no de la violencia que hay en el barrio, la mujer tiene el rostro surcado por la desgracia. A su marido le aplastaron el cráneo con una piedra y está postrado a los 63 años. En el otro bando, Cato y su amigo no viven una vida acorde a su edad (al menos, de acuerdo a la Declaración Universal de los Derechos del Niño y el Adolescente). “Yo ando enfierrado para defenderme, porque los otros suben en motos y nos tiran. Hace unos días tiraron con una escopeta, y casi le pegan a una señora que estaba barriendo”.

Hay un dato sustancial que aporte el presidente de la Vecinal, Luciano Montecino: “A estos chicos los vi crecer, y eran todos amigos. Pero de un día para el otro, empezaron a matarse. Y se matan por nada, porque acá en el barrio no pasa como en otros lugares, donde se disputan negocios como el de la droga. Acá ni siquiera se acuerdan por qué es”. Eso de “matarse por nada” queda flotando en el aire. Y es una teoría que toma fuerza cuando se escucha hablar a chicos sobre armas, tiros y muertos.

“Los pibes jugaban al fútbol, todos juntos, eran amigos, pero un día se desconocieron (se pelearon) y comenzaron a matarse. Ellos son los que matan. Nosotros perdimos muchos parientes. Yo estoy cansada, ya no quiero más, estoy grande para todo esto…”. Victoria Cano se agita al hablar. Su hija Miriam tiene bronca. “Dicen banda de los Lozano, pero no se de qué banda hablan. Somos cuatro gatos locos y ellos son como cien. Para lo único que salgo yo es para buscar a mis hijos cuando escucho tiros”. Su hijo, menor igual que la hermana, mira con desconfianza y baja la gorra cuando detecta que irrumpirá el flash. Enumera los apellidos que disparan del otro lado: “los Osés, Cañete, Linares, Valenzuela, Salazar, Maripan”. Es demasiado chico para haber estado en ese partido de fútbol que hace unos años decretó el principio del fin. Desde esa época se cuenta nueve crímenes, cuatro sólo este año. Todos tienen o tuvieron problemas con la justicia. Cato sí participó del partido en el predio de Membrillales. “La única forma de terminar con esta guerra es que ellos se vayan del barrio. Son unos atrevidos esos pibes, y van a terminar todos muertos si siguen así”. Hace ya un tiempo que se pide la reubicación de la familia Lozano, pero la espera se ha hecho larga. (Ver aparte)

“La policía liberó la zona y estos pibes se matan como moscas”, repiten los vecinos. Chicos que no estudian, que empuñan armas, que se matan “por nada”, son la realidad en el barrio ubicado en cercanías de los ríos Limay y Neuquén.


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