El sueño de una vida mejor
Hubo un tiempo en que los aspirantes a mudarse a un país más rico que el suyo tuvieron que llenar docenas de formularios, presentar ante el consulado correspondiente certificados médicos o policiales y tratar de convencer a burócratas suspicaces de que serían plenamente capaces de desempeñar una función útil en el caso de que los dejaran entrar. De acuerdo común, tales requisitos podrían considerarse antipáticos, pero eran necesarios para asegurar un mínimo de orden. ¿Siguen siéndolo? Parecería que a juicio de muchos progresistas y contestatarios mediáticos la respuesta es no, que todas las fronteras deberían desaparecer ya para que cualquiera pueda trasladarse al lugar que le parezca más atractivo. Algunos discrepan. Para indignación de Angela Merkel y muchos otros, en Europa aún se encuentran gobiernos que, presionados por la opinión pública local, se aferran a ideas anticuadas. Quieren discriminar entre los inmigrantes en potencia. No los tienta la posibilidad de que su país se convierta en un laboratorio demográfico, razón por la que se resisten a apostar al éxito del experimento propuesto por la alemana y sus aliados coyunturales. El más reaccionario en tal sentido ha resultado ser el húngaro que se opone a permitir que irrumpan decenas, tal vez centenares, de miles de extranjeros que quieren seguir viaje hacia Alemania; ha reaccionado de la manera tradicional, obligándolos a mostrar sus pasaportes y contar con las visas correspondientes. Los horrorizados por la terquedad del primer ministro húngaro Viktor Orban lo han calificado de “nazi”, dando a entender que sólo a un admirador de Adolf Hitler se le ocurriría oponerse al ingreso de los deseosos de llegar al paraíso teutón. Así y todo, los alemanes mismos, alarmados por el caos que habían desatado, además de los austríacos, checos, eslovacos y otros, pronto tomaron medidas similares. Parecería que los serbios, los que tienen la mala suerte de encontrarse en el camino más corto que va desde Grecia hasta Hungría, tendrán que encargarse del problema de los refugiados. Virtualmente nadie negaría que éstos merecen simpatía y protección, pero ya no se trata de devolver a los más vulnerables a países tan convulsionados como Siria o Afganistán, donde podría esperarles una muerte cruel. Lo que más llama la atención es que, casi sin excepciones, los refugiados, que además de sirios y afganos incluyen contingentes de iraquíes, palestinos, paquistaníes, bangladeshíes, eritreos y nigerianos, insistan en hacer valer su presunto derecho a trasladarse a Alemania o Suecia, países de oportunidades económicas y servicios sociales que creen adecuados. No quieren permanecer en Italia, Grecia o Hungría, tampoco en Turquía o Uruguay, donde estarían seguros pero carecerían de salidas laborales satisfactorias. Es por lo tanto comprensible que muchos europeos se hayan sentido ofendidos por las exigencias, a todas luces excesivas, de refugiados que manifiestan su desprecio por la generosidad de países que en su opinión son demasiado pobres. Los griegos e italianos siempre han estado dispuestos a ayudar a los desafortunados de otras latitudes, pero no les gusta ver sus esfuerzos repudiados con altanería por quienes están tratando de ayudar. Los gobiernos de Alemania y otros países que han impresionado al resto del mundo mostrándoles que ellos sí están comprometidos con lo que llaman “los valores europeos”, se han dado cuenta, un tanto tardíamente, de que acaban de abrir una caja de Pandora rebosante de sorpresas ingratas. Al proclamar en efecto que todos podrían venir, invitaron a muchísimas personas más a sumarse a las columnas migratorias que se acercaban a la parte noroccidental de su continente. ¿Cuántos responderán a la llamada emprendiendo viaje? ¿Un millón, como insinuó Merkel, diez millones, como advirtieron algunos, o, de tomarse en serio a los más apocalípticos, cien millones? La verdad es que nadie tiene la menor idea. Lo único cierto es que sería imposible que una política de puertas abiertas durara más de un par de meses, ya que en el mundo subdesarrollado muchísimos preferirían disfrutar de los beneficios disponibles en Alemania o Suecia a resignarse a trabajar por una miseria en un país que les parece irremediablemente atrasado. Algunos dicen que Europa tendrá que importar una cantidad enorme de personas porque de lo contrario muchos países, comenzando con Alemania, morirán de vejez dentro de un par de generaciones por ser los nativos reacios a darse el trabajo de tener hijos. Tales personas piensan como campesinos que, para tener más cabezas de ganado, compran sementales sin preocuparse por nada salvo el precio. Puesto que, desde su punto de vista, asuntos como la cultura tienen poca importancia, suponen que no habrá diferencia alguna entre una población conformada por alemanes por un lado y una procedente de África u Oriente Medio por el otro. En su opinión, es racista señalar que las sociedades así enriquecidas no tardarían en asemejarse mucho más a las de los inmigrantes que a la original: de llenarse Alemania de somalíes, a pesar de su ubicación geográfica sería un país africano más. Lo entienden los nacidos en ciudades británicas y francesas que, al regresar años después a los lugares donde había transcurrido su juventud, no los reconocen. No existe motivo alguno para suponer que sería distinto el destino de las ciudades alemanas si, como se ha propuesto Merkel, se expandieran exponencialmente las comunidades formadas por inmigrantes de tradiciones que tienen muy poco en común con las del norte de Europa. La reacción inicial de los gobiernos europeos frente al derrumbe de buena parte del mundo musulmán ha sido a un tiempo caritativa y pasiva pero, por desgracia, para atenuar las catástrofes humanitarias que seguirán produciéndose sería necesario mucho más que la solidaridad emotiva. Hasta cierto punto, tienen razón quienes culpan a los norteamericanos y europeos de la anarquía sanguinaria que se ha generalizado en Oriente Medio y el norte de África, pero el desastre se debe menos a las intervenciones militares que al avance atropellado de medios de comunicación electrónicos que contribuyen a brindar a los atrapados en sociedades moribundas la ilusión de que en otros países todos disfrutan de seguridad sin sufrir problemas económicos y que, para colmo, los gobiernos de tales utopías no vacilarían en darles todo cuanto dicen necesitar.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Hubo un tiempo en que los aspirantes a mudarse a un país más rico que el suyo tuvieron que llenar docenas de formularios, presentar ante el consulado correspondiente certificados médicos o policiales y tratar de convencer a burócratas suspicaces de que serían plenamente capaces de desempeñar una función útil en el caso de que los dejaran entrar. De acuerdo común, tales requisitos podrían considerarse antipáticos, pero eran necesarios para asegurar un mínimo de orden. ¿Siguen siéndolo? Parecería que a juicio de muchos progresistas y contestatarios mediáticos la respuesta es no, que todas las fronteras deberían desaparecer ya para que cualquiera pueda trasladarse al lugar que le parezca más atractivo. Algunos discrepan. Para indignación de Angela Merkel y muchos otros, en Europa aún se encuentran gobiernos que, presionados por la opinión pública local, se aferran a ideas anticuadas. Quieren discriminar entre los inmigrantes en potencia. No los tienta la posibilidad de que su país se convierta en un laboratorio demográfico, razón por la que se resisten a apostar al éxito del experimento propuesto por la alemana y sus aliados coyunturales. El más reaccionario en tal sentido ha resultado ser el húngaro que se opone a permitir que irrumpan decenas, tal vez centenares, de miles de extranjeros que quieren seguir viaje hacia Alemania; ha reaccionado de la manera tradicional, obligándolos a mostrar sus pasaportes y contar con las visas correspondientes. Los horrorizados por la terquedad del primer ministro húngaro Viktor Orban lo han calificado de “nazi”, dando a entender que sólo a un admirador de Adolf Hitler se le ocurriría oponerse al ingreso de los deseosos de llegar al paraíso teutón. Así y todo, los alemanes mismos, alarmados por el caos que habían desatado, además de los austríacos, checos, eslovacos y otros, pronto tomaron medidas similares. Parecería que los serbios, los que tienen la mala suerte de encontrarse en el camino más corto que va desde Grecia hasta Hungría, tendrán que encargarse del problema de los refugiados. Virtualmente nadie negaría que éstos merecen simpatía y protección, pero ya no se trata de devolver a los más vulnerables a países tan convulsionados como Siria o Afganistán, donde podría esperarles una muerte cruel. Lo que más llama la atención es que, casi sin excepciones, los refugiados, que además de sirios y afganos incluyen contingentes de iraquíes, palestinos, paquistaníes, bangladeshíes, eritreos y nigerianos, insistan en hacer valer su presunto derecho a trasladarse a Alemania o Suecia, países de oportunidades económicas y servicios sociales que creen adecuados. No quieren permanecer en Italia, Grecia o Hungría, tampoco en Turquía o Uruguay, donde estarían seguros pero carecerían de salidas laborales satisfactorias. Es por lo tanto comprensible que muchos europeos se hayan sentido ofendidos por las exigencias, a todas luces excesivas, de refugiados que manifiestan su desprecio por la generosidad de países que en su opinión son demasiado pobres. Los griegos e italianos siempre han estado dispuestos a ayudar a los desafortunados de otras latitudes, pero no les gusta ver sus esfuerzos repudiados con altanería por quienes están tratando de ayudar. Los gobiernos de Alemania y otros países que han impresionado al resto del mundo mostrándoles que ellos sí están comprometidos con lo que llaman “los valores europeos”, se han dado cuenta, un tanto tardíamente, de que acaban de abrir una caja de Pandora rebosante de sorpresas ingratas. Al proclamar en efecto que todos podrían venir, invitaron a muchísimas personas más a sumarse a las columnas migratorias que se acercaban a la parte noroccidental de su continente. ¿Cuántos responderán a la llamada emprendiendo viaje? ¿Un millón, como insinuó Merkel, diez millones, como advirtieron algunos, o, de tomarse en serio a los más apocalípticos, cien millones? La verdad es que nadie tiene la menor idea. Lo único cierto es que sería imposible que una política de puertas abiertas durara más de un par de meses, ya que en el mundo subdesarrollado muchísimos preferirían disfrutar de los beneficios disponibles en Alemania o Suecia a resignarse a trabajar por una miseria en un país que les parece irremediablemente atrasado. Algunos dicen que Europa tendrá que importar una cantidad enorme de personas porque de lo contrario muchos países, comenzando con Alemania, morirán de vejez dentro de un par de generaciones por ser los nativos reacios a darse el trabajo de tener hijos. Tales personas piensan como campesinos que, para tener más cabezas de ganado, compran sementales sin preocuparse por nada salvo el precio. Puesto que, desde su punto de vista, asuntos como la cultura tienen poca importancia, suponen que no habrá diferencia alguna entre una población conformada por alemanes por un lado y una procedente de África u Oriente Medio por el otro. En su opinión, es racista señalar que las sociedades así enriquecidas no tardarían en asemejarse mucho más a las de los inmigrantes que a la original: de llenarse Alemania de somalíes, a pesar de su ubicación geográfica sería un país africano más. Lo entienden los nacidos en ciudades británicas y francesas que, al regresar años después a los lugares donde había transcurrido su juventud, no los reconocen. No existe motivo alguno para suponer que sería distinto el destino de las ciudades alemanas si, como se ha propuesto Merkel, se expandieran exponencialmente las comunidades formadas por inmigrantes de tradiciones que tienen muy poco en común con las del norte de Europa. La reacción inicial de los gobiernos europeos frente al derrumbe de buena parte del mundo musulmán ha sido a un tiempo caritativa y pasiva pero, por desgracia, para atenuar las catástrofes humanitarias que seguirán produciéndose sería necesario mucho más que la solidaridad emotiva. Hasta cierto punto, tienen razón quienes culpan a los norteamericanos y europeos de la anarquía sanguinaria que se ha generalizado en Oriente Medio y el norte de África, pero el desastre se debe menos a las intervenciones militares que al avance atropellado de medios de comunicación electrónicos que contribuyen a brindar a los atrapados en sociedades moribundas la ilusión de que en otros países todos disfrutan de seguridad sin sufrir problemas económicos y que, para colmo, los gobiernos de tales utopías no vacilarían en darles todo cuanto dicen necesitar.
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