Herida
Columna semana
El disparador
Roberto es de los que rara vez no atienden un llamado. Y si no, lo devuelve en seguida. Lo mismo con los mensajes. Por eso, porque se trata de un amigo que está siempre disponible, Lucas ahora se impacienta al notar que es mediodía y aún no le respondió el Whatsapp que le envió en el desayuno (“¡Rober! ¿Cómo va?”).
Encima, este sábado Lucas se despertó con un presentimiento denso. Quizá por eso le parece aún más extraño el silencio de su amigo. Antes de salir al jardín, le manda otro mensaje (“Che, Tano, ¿en qué andás?”).
Lucas pisa el césped y sus pies se hunden como en un colchón. Va al garaje a buscar la cortadora, pero antes pasa por la cocina, donde dejó su celular. No hay novedades, insiste con un mensaje de voz (“Rober… ¿Estás por ahí Tano?”).
Ahora sí, Lucas se concentra en cortar el pasto. Lo hace en recorridos lineales, prolijo. Se demora una media hora. Quita la bolsa recolectora y echa el césped en el compost. Barre los restos de pasto que se volaron a la galería. Las tareas domésticas son su forma de relajarse.
Lucas tiene hambre y se le ocurre preparar lasaña. Pero se le hizo tarde y, sobre todo, no logra desprenderse de una preocupante y pegajosa sensación que crece en su interior. Abre una lata de cerveza, se hace un sándwich de jamón crudo, queso y tomate.
A Roberto tal vez no le esté funcionando el Whatsapp, entonces le manda un mensaje por el chat de Facebook (“Tano, ¡¿en qué andas?!”). Lucas se siente ridículo cuando se da cuenta de que pasa unos segundos mirando fijo la pantalla del celular esperando la comprobación de lectura.
Se ducha y se echa en el sofá. Abre otra cerveza y come su sándwich. Enciende la tele. Pesca el final de “La ventana indiscreta”, que ya vio media docena de veces. Cuando termina la película de Hitchcock, cambia de canal. El noticiero le resulta deprimente por ficticio y absurdo. Se cuestiona para qué mirarlo. Pero un accidente en la Panamericana llama su atención. A media mañana, quince autos chocaron en cadena porque un conductor intentó esquivar una paloma que iba renga por la autopista. El periodista explica que el conductor hizo una maniobra desafortunada y quedó atravesado. Hubo dos heridos graves: una joven argentina y un adulto italiano. La Policía no da nombres para no preocupar a las familias.
Lucas resopla. Abre una botella de vino porque ya no le queda más cerveza y, solo ante el televisor, mientras atardece, vuelve a pensar en Roberto. Maldice que el Tano suele andar de un lado para el otro por la Panamericana. El presentimiento se convierte en temor. Lo llama. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces. Evalúa telefonear a la mujer de Roberto. Sólo le preguntaría si sabe algo de su amigo.
Busca entre sus contactos, pero descarta llamarla. No se hablan desde el año pasado, cuando discutieron sobre Woody Allen. Lucas se sintió herido porque ella lo acusó de defender a un misógino y, además, sentenció: “Claro, ya entiendo por qué te dejó tu mujer”.
Lucas se sirve otra copa y va a la cocina a dejar la botella vacía. Chequea el celular, no hay novedades. Vuelve a echarse en el sofá. Se sumerge en el recuerdo de aquella discusión. Se pregunta si podrá perdonarla. Su celular vibra sobre la mesada de la cocina. Pero Lucas, con los ojos cerrados, no lo percibe.
Juan Ignacio Pereyra
El disparador
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