“¿Cómo sería?”
Recuerdos en el Día de la Madre
La Peña
Lo imaginé mil veces. Tal vez el deseo de que sucediera me llevó en tantas oportunidades a soñar que era posible. Supongo que no soy un pionero en esto, tal vez les pase a todos los que la perdieron sin haber llegado a disfrutarla lo que hubiera sido ideal.
Me acostumbré a esto de no tener a mi madre como referencia, porque mientras la tuve solía acudir a ella aunque sea para contarle las cosas que me tocaba vivir. Pero no fue posible desde un tiempo a esta parte y esa costumbre del diálogo necesario se convirtió en nostalgia, muchas veces en tristeza. Es que cuando uno asume que no está, que no está para siempre, se da cuenta que la ausencia eterna se convierte en impotencia.
Y me pregunté tantas veces qué haría si esta vida diera la oportunidad del reencuentro, qué haría si mágicamente tuviera la chance de verla, de sonreír y de decirle “tengo tantas cosas que contarte, los chicos están enormes, nació tu bisnieto, se recibió tu nieta, aprendí a hacer el famoso pollo a la parrilla que nunca me salía”.
Imaginé tantas veces qué sería de ese encuentro mágico si de un lado mi madre y del otro yo, nos encontráramos después de tantos años para mirarnos, contarnos, decirnos cosas, imaginar que todo fue una pesadilla y que su ausencia sólo fue un paréntesis.
Me pregunté quién se fue en realidad, si nos fuimos nosotros, sus hijos, nietos, su familia o se fue ella, porque nunca le encontré la vuelta a esa lógica.
Pensé que en realidad la ausencia nunca alcanzó a ser total, porque me quedé, nos quedamos, sin poder decirle tantas cosas, pero al mismo tiempo con la sensación de que alguno de nuestros pensamientos y deseos le llegaron. Mis deseos inventaron muchas veces el reencuentro, mis deseos me acercaron y mantuvieron intactas las imágenes del último encuentro.
Fue unos meses antes, cuando fuimos a visitarla en familia. Ahí compartimos los helados, un deseado huevo frito, asados, el incomparable kepi que sólo hacía cuando íbamos porque ya le dolían las manos cuando mezclaba los ingredientes. Me quedé con la mirada de la despedida, el no querer salir a la vereda como lo había hecho muchas veces, no le gustaban las partidas porque la ponían mal. Además, teníamos pendiente la vuelta.
Ella siempre quiso volver a la ciudad donde estaban sus hijos. Cuando esté bien me vuelvo a vivir con ustedes, solía decirme.
Pero en realidad no hubo bienestar después de eso, su salud no daba más, todos sabíamos lo que iba a suceder, pero nos resistíamos a ponerle fecha. Es más, hoy hubiera hecho lo mismo.
Pero una cosa sí me quedó en claro, me guardé las imágenes más lindas, esas que puedo poner en mi mente en limpio cada día de la madre como hoy, esas que aún en ausencia puedo seguir disfrutando, esas que se convirtieron en consejos de vida, en enseñanzas. Con eso no se compite, con eso se aprende, con eso se siente, porque no hacen falta las fotos cuando la mente está limpia y puede pasar cada una de las imágenes vividas, compartidas.
Tal vez suene inevitable el estar triste un Día de la Madre sin ella, con su espacio jamás ocupado. Pero también vale saber que las imágenes que nos quedaron serán capaces de calmar, de sanar, hasta de mimarnos imaginariamente. Esas imágenes que sólo uno sabe contener, se convirtieron en un capital inalterable y con ellas podremos convivir mientras tengamos los sentidos en condiciones.
Imaginé una y otra vez los detalles, la ropa, la cara, cómo actuó el paso del tiempo en lo físico, como sería su rostro, cómo haría para contener tanto impulso frenado. Lo imaginé una y otra vez y ese encuentro imaginario fue un abrazo también imaginario por ahora, que tal vez alguna vez volverá a ser realidad.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar
La Peña
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora