Cinco minutos

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Si un hijo se va y vuelve a los cinco minutos es porque algo pasó. Hay cosas que a los 50 años una madre ya sabe. Es como una experiencia acumulada que no estoy segura si se puede transmitir. Lo que casi nunca distingo es cuándo me tengo que preocupar por algo. Así que, ante la duda, me preocupo siempre.

Lorenzo es el que más me inquieta. Tiene 13 años y quiere hacer cosas de grande. Quizá porque sus dos hermanos mayores son independientes y hacen su vida. No sé, es como si luchara todo el tiempo para demostrar que creció. “Voy solo al colegio, son quince cuadras nomás”. “Gonzalo me invitó con su familia de vacaciones, nos vamos a la costa”. Así, con tono afirmativo; no pide permiso, avisa.

En la última negociación quedamos en que lo voy a seguir acompañando al colegio a la mañana pero que al mediodía podía empezar a volver solo a casa para almorzar y que a la tarde también podía ir por su cuenta a educación física; tampoco quiero ser una madre sobreprotectora que tenga a su hijo en una cajita de cristal.

La última ocurrencia de Lorenzo fue que se quería comprar un celular. “Todos tienen menos yo”. Varios meses intenté que desistiera. Le dije que era innecesario, que era un gasto grande, que mejor guarde sus ahorros para las vacaciones. No hubo caso. El mes pasado se fue de gira de rugby a Australia y volvió con un teléfono que para mí era de ciencia ficción.

El celular pasó a ser el tema de conversación con las madres de los compañeros de Lorenzo. Los martes, después de dejar a los chicos, nos juntamos en el Starbucks que está en la esquina del colegio. Una de las cosas que más me gusta de ese café es cuando me preguntan mi nombre para avisarme que está listo el pedido. “Marilyn”, “Cristina”, “Susana”, “Coca”, “Eva”, “Mirtha”. Cada semana me invento uno nuevo. Las primeras veces el cajero me miró con desconfianza, pero después, hizo como si nada y últimamente hasta me pareció verlo sonreír, cómplice.

“¿Cómo vas con el asunto de Lorenzo?”, me preguntó un par de semanas atrás la mamá de Gonzalito, uno de los mejores amigos de mi hijo. A esa altura, mi resistencia al celular nuevo se había ido diluyendo. Básicamente, porque veía tan entusiasmado a mi hijo que mis temores pasaban a un segundo plano. “¡Mamá, mamá, mirá esto!”, me decía Lorenzo y me mostraba en el teléfono una foto que había sacado en la calle, un video con sus amigos haciendo alguna payasada o la imagen de una isla a la que quería que fuéramos de vacaciones.

La mamá de Lucas contó entonces que con un programa logró acceder a las claves del teléfono de su hijo y que cada tanto hace un monitoreo para ver si no se metió en algo raro. Además de que no entendí cómo era que se hacía, me pareció un poco invasivo. Pensé que era como si mi madre me hubiera leído mi diario íntimo.

La verdad, estaba contenta porque lo veía bien a Lorenzo. Hasta ayer. Cuando volvió del colegio me mostró una foto que le había sacado a un perrito en la vidriera de una veterinaria. “¿Podemos tener uno así?”. Le dije que lo iba a pensar, que lo hablaríamos con papá. Almorzamos charlando sobre los exámenes de inglés que tenía que rendir. Antes de irse a educación física me dio un beso y salió caminando. A los cinco minutos volvió. “Me lo robaron”, me dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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