El gran psicodrama nacional
Por ser la Argentina un país de psicólogos natos, son muchos los que atribuyen la voluntad de Cristina de aferrarse al poder que se le escurre entre las manos a su presunta condición mental. Dicen que es “bipolar”, que padece “hubris” –un mal que desde hace dos milenios y medio fascina a poetas y dramaturgos sin pretensiones científicas–, que la carcome el rencor que aún siente por los agravios que recibió en su ya lejana juventud y sufre otras dolencias patológicas que supuestamente inciden en su conducta. Tendrán razón quienes creen que para entender lo que está sucediendo en la Argentina hay que prestar mucha atención al psicodrama del que Cristina se supone la protagonista exclusiva, pero acaso convendría más preguntarse cómo fue posible que un país de más de cuarenta millones de habitantes se haya resignado a desempeñar un papel menor en dicha obra.
La Argentina posee todas las instituciones propias de una democracia cabal pero se resiste a permitirles funcionar como es debido. Por lo tanto, es una democracia a medias. Lo que distingue la democracia de otras modalidades políticas es la forma en que se reparte el poder. Cuanto más democrática es una sociedad, menos poder tendrán los gobernantes, pero, como comprenden todos salvo algunos anarquistas románticos, es necesario que retengan el poder suficiente para garantizar cierto orden. Para cuadrar el círculo, en las democracias maduras se ha desarrollado un sistema muy sofisticado de controles y equilibrios, pero en la Argentina tales mecanismos apenas funcionan.
Como Cristina pronto se dio cuenta, con el apoyo automático de muchos legisladores, funcionarios, juristas y lo que suele llamarse “la calle”, podía gobernar sin prestar atención alguna a los organismos de control y, por ser la persona que es, no vaciló en aprovechar todas las oportunidades para hacer lo que se le dio la gana.
Echarle la culpa a Cristina por actuar así no sirve para mucho. Si no fuera por la voluntad de millones de personas, entre ellas una proporción muy grande del elenco político estable que ha sabido sobrevivir a una serie insólita de desastres colectivos, de subordinarse anímicamente a un jefe o jefa, desde el primer momento se hubiera sentido obligada a respetar las reglas que en teoría imperan en el país, pero sucede que le resultó extraordinariamente fácil rodearse de aduladores y aplaudidores serviles dispuestos a festejar cualquier transgresión presidencial. Asimismo, ha podido maltratar a tales subordinados a sabiendas de que le pedirían perdón por haberla ofendido. Pocos se atrevieron a protestar; la gestión del ministro del Interior y Transporte Florencio Randazzo no será recordada por los vagones de tren chinos sino porque, para asombro de los demás integrantes del gabinete, en una oportunidad desobedeció una orden de la señora al negarse a postularse para la gobernación de la provincia de Buenos Aires, una decisión que tuvo consecuencias nada felices para el futuro de muchos kirchneristas.
En todas partes el autoritarismo de algunos requiere el servilismo de muchos otros. Es el problema principal de la política nacional. Para que una sociedad moderna, forzosamente compleja, aproveche bien sus recursos humanos, es preciso que sus miembros se acostumbren a asumir responsabilidades y, en circunstancias determinadas, a tomar la iniciativa, de tal modo haciendo un aporte positivo. Si demasiados se resisten a hacerlo por “lealtad” hacia un caudillo, por querer ser un buen militante o por temor a sufrir las represalias de rivales quisquillosos, el conjunto no puede sino empobrecerse.
Es lo que ha ocurrido aquí en los últimos años. En virtualmente todos los sectores, la intervención estatal a menudo arbitraria y casi siempre torpe ha desalentado a quienes de otro modo estarían esforzándose por contribuir al desarrollo del país. Como deberían haber previsto los funcionarios de carrera, los empresarios y muchos otros, resultó asfixiante el estilo monárquico de una presidenta deseosa de manejar virtualmente todo. Lejos de vigorizar al país exhortándolo a través de la cadena nacional, Cristina lo hizo dormir.
¿Logrará su sucesor, Mauricio Macri, despertarlo del torpor en el que ha caído? Muchos esperan que sí, que liberadas de la tutela de un gobierno de aspiraciones más totalitarias que democráticas, millones de personas abandonarán la pasividad a la que se han habituado para convertirse en protagonistas de sus propios relatos. Para alcanzar los objetivos que se ha propuesto, Macri ha armado equipos de tecnócratas pragmáticos procedentes en muchos casos del mundo empresarial que, supone, estarán más interesados en encontrar soluciones prácticas para “los problemas de la gente” que en rendirle homenaje, pero la tarea que les aguarda dista de ser sencilla.
Por razones egoístas pero así y todo comprensibles, generaciones de políticos han tratado de convencer a la ciudadanía de que todo lo bueno se debe a la generosidad de sus gobernantes. Parecería que la mayoría les ha creído. De ser así, informarle que en adelante los eventuales beneficios conseguidos dependerán del esfuerzo de cada uno podría tomarse por una confesión de impotencia, cuando no de derrotismo.
La verdad es que muy pocas sociedades de tradiciones caudillistas, es decir, autoritarias, han logrado superar la pasividad resultante. He aquí la razón principal por la que buena parte del mundo permanece hundida en el atraso. Aunque a esta altura lo que hay que hacer para que un país se desarrolle debería ser evidente puesto que docenas ya han logrado hacerlo, en América Latina, África y Asia con la excepción de Japón, Corea del Sur, Singapur y algunas regiones costeras de China, los emotivamente comprometidos con un statu quo que es incompatible con la prosperidad del conjunto siguen arreglándoselas para frenar el progreso. Con pretextos por lo común nacionalistas, ideológicos o religiosos, se oponen sistemáticamente al cambio. No es que reivindiquen la pobreza como tal sino que defienden con tenacidad ya el orden establecido, por anticuado e inoperante que fuera, ya “proyectos” supuestamente revolucionarios, como el improvisado por los pensadores kirchneristas que, a juzgar por la experiencia universal, no podrán sino fracasar.
Opiniones
James Neilson
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