El mes eterno de España
España, desde la distancia, da pena y vergüenza. Los votos de las elecciones generales parece que se han convertido en papel mojado. El 20 de diciembre los españoles pensamos que habíamos elegido, aunque no fuera por mayoría absoluta, a un presidente del Gobierno y la representación completa de las Cámaras de Diputados y Senadores. Hoy apenas tenemos lo segundo y no sabemos por cuánto tiempo. Respecto de lo primero (o el primero), su nombre sigue siendo un misterio. Pedro Sánchez, el líder del PSOE, ha dado un paso al frente para lidiar con el toro esquivo de la Presidencia (necesita la mitad más uno de los votos o una mayoría simple en segunda ronda). El candidato que protagonizó los peores resultados de la historia del socialismo y quedó en un lejano segundo puesto (90 escaños sobre los 123 del PP) se lanza al ruedo tras cuarenta días y noches de bloqueo institucional. Lo hace después de que el presidente en funciones y ganador de las elecciones, Mariano Rajoy, declinara someterse a una sesión de investidura en el Congreso, al conocer de antemano que todas las formaciones votarían contra él, con la excepción de Ciudadanos. Pero los votos o abstenciones del partido españolista de cuna catalana no eran suficientes para garantizar cuatro años más de Rajoy en la Moncloa, la versión hispana de la Casa Rosada. La jugada de Rajoy al mover ficha, en forma de retirada temporal, como si el Parlamento fuera un tablero de ajedrez, dejó descolocado hasta el martes a un Pedro Sánchez que, desde entonces, trabajó únicamente para poder verse y encargarse las tarjetas de visita como presidente de Gobierno. En este mes eterno los españoles de dentro y los que estamos fuera de España hemos asistido, con amargura, a algo parecido a una serie de televisión escrita con renglones torcidos y más cerca del espectáculo de barrio que de la alta política que necesita un país que lleva hechos demasiados sacrificios en los últimos tiempos. La negativa –en diecisiete ocasiones– del máximo responsable del PSOE (ahora dice tender la mano) a sentarse a hablar con el hombre al que votaron más de siete millones de españoles y ganador de las elecciones resulta, cuando menos, un insulto al espíritu de la democracia. Los escándalos de corrupción –el de Valencia el último– que empañan el triunfo de un PP que se puso la venda en los ojos e hizo oídos sordos al latrocinio de los suyos no pueden ser justificación del PSOE para negarle el pan y la sal. Más aún si quien lo hace carga en la mochila actual de su partido un historial de corrupción difícil de superar, incluso, por el PP. Basta recordar el caciquismo de Andalucía (feudo del PSOE desde la muerte de Franco) y los miles de millones de euros en falsos cursos, expedientes de regulación de empleos (ERE), planes laborales y subvenciones varias que se fueron por el bolsillo roto de la corrupción socialista. Dicho de otro modo, ni PSOE ni PP pueden mostrar unas nalgas relucientes. Así las cosas, lo que se concretó desde las elecciones fueron los cambalaches de Pedro Sánchez (PSOE) –te presto cuatro senadores y luego me los devuelves–, permitiendo, ante el asombro de buena parte de los suyos (del resto ni hablar), formar grupo parlamentario a independentistas que no lograron los votos suficientes en las urnas. Aun así se produjeron acuerdos a tres bandas de los populares de Mariano Rajoy, socialistas y ciudadanos de Albert Rivera y se tradujeron, en estas semanas de incertidumbre y desasosiego, en un reparto de la Presidencia y la mesa del Congreso insólitos. El PP, que había logrado 123 escaños frente a los 90 del PSOE, 69 de Podemos y 40 de Ciudadanos, entregó la Presidencia del Congreso a Patxi López, socialista y exlendakari (presidente del gobierno vasco). Ni el kirchnerismo, con su mayoría, se animó a exigir tanto tras la victoria de Mauricio Macri. Dicho esto, el intercambio de cromos o estampitas, entre unos y otros, abría la puerta de la esperanza a un consenso para designar al presidente del Gobierno, con lo que ha dado en llamarse, con la vista puesta en Alemania, la gran alianza: Partido Popular, Partido Socialista Obrero Español y Ciudadanos. En rigor, con la abstención en segunda vuelta de los dos últimos sería suficiente. Nada más lejos de la realidad ha sucedido. Pedro Sánchez se enrocó y dijo no al PP. Le negó la voz, la mirada y el oído. No le dirigió la palabra ante el pasmo de los “peperos” que le recordaban que ganaron las elecciones, obtuvieron casi dos millones de votos más que él y tienen mayoría absoluta en el Senado. El mensaje implícito, en forma de advertencia o amenaza, era cristalino: España sin Rajoy en la Presidencia será ingobernable. A Sánchez eso pareció importarle menos que nada. Quiere ser presidente a toda costa y está dispuesto a pactar –o a intentarlo– a cinco bandas, incluidos partidos independentistas y Podemos, la versión española del kirchnerismo y algo más. En esta partida, también los emergentes que se han llevado el pedazo de tarta electoral que le falta al PSOE fueron sorprendidos por la corrupción –o algo muy parecido– al comenzar el chorreo de documentos e imágenes que recogen los fondos recibidos por Irán y hasta el vuelo fletado por Nicolás Maduro para llevarse a un Congreso a Caracas a sus protegidos. Pero los planes de Pedro Sánchez, en uno de los ya tediosos capítulos que hemos visto, chocan con varios muros de incomprensión, el más alto en las filas del PSOE. A los socialistas tradicionales –y no tanto– se les hace un nudo en el estómago al imaginarse a Pablo Iglesias (Podemos) de vicepresidente y a los suyos –como exigió– en media docena de ministerios, y no precisamente de interés social. Entre otros, Interior, Economía, Defensa y el de Plurinacionalidad para su “marca blanca” en Cataluña, a cambio de su apoyo. Para echarle más pimienta a un guiso político indigesto, las conversaciones del congreso interno del PSOE se filtraron y la voz de Susana Díaz, presidenta de Andalucía, sonó como un mazazo de realidad: “El PSOE hizo la peor elección de su historia… No lo veo, con Podemos”, sintetizó. En simultáneo, otros barones (gobernadores) manifestaron su descontento y contrariedad a un frente con Podemos. Sánchez se sacó una carta de la chistera y propuso consultar a la militancia los presuntos acuerdos, si se alcanzan, con Podemos y los otros partidos, pero la decisión de las bases, confirmó, “no será vinculante”. ¿Y ahora qué? Ahora, lo dijo Pedro Sánchez, un mes más para esperar si logra apoyos o cerrar la cuadratura del círculo. Mientras, Rajoy mira la corrida desde los palcos de la barrera a la espera de que a Sánchez le empitone el toro de la derrota y él se lance a la arena presidencial como última alternativa torera. No parece tener prisa, está convencido de que es eso o elecciones anticipadas. Entre tanto, España sigue sin gobierno y como dijo el ahora presidente del Congreso sobre el PSOE en esta insólita transición: “Menudo espectáculo estamos dando”. Tic, tac… (*) Corresponsal en Buenos Aires del ABC de Madrid
Carmen De Carlos (*) Especial para “Río Negro”
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