El explorador del Ártico que armó su base en Bariloche
Mariano Curiel fue el primer argentino en cruzar a pie Groenlandia, la isla de hielo. Caminó 564 kilómetros con temperaturas de hasta -35°C. Mirá el video.
El explorador del Ártico que armó su base en Bariloche
Isortoq es un pequeño pueblo al este de Groenlandia que cuenta con 70 habitantes que conviven a kilómetros del hielo ártico. Allí un barco pesquero aguardó la llegada de Mariano Curiel (35) quien, junto a cinco exploradores, caminó 564 kilómetros a través de una planicie de hielo que supo ponerlo a prueba durante varias semanas.
Mariano se convirtió en el primer argentino en cruzar a pie la isla de hielo. Una forma de traer a nuestros días la epopeya que logró el noruego Fridtjof Nansen en 1888. “Era un desafío”, asegura acerca de los motivos por los que eligió realizar una de las aventuras más extremas a nivel global.
En total fueron 26 días de travesía arrastrando 90 kilos de equipaje (entre carpa, comida y medicamentos), enfrentando temperaturas de 35 grados bajo cero y vientos de hasta 100 kilómetros por hora que hicieron que la expedición detuviera su marcha durante dos días.

“Lo desafiante de esta expedición son los largos días de blanco”, detalla sobre el escaso colorido que lo acompañó durante gran parte de la travesía. Con su teléfono cerca de su cuerpo, para que el calor alargue la vida de la batería, registró cada paso y se ayudó con música o audio libros en ocasiones en las que ya no quedaban recuerdos por repasar o situaciones por extrañar.
“No hay ni una montaña para mirar”, dice acerca de un proceso que no solo requirió de preparación física sino también psicológica. En promedio caminaron 25 kilómetros cada jornada en medio de los peligros que dejó el derretimiento histórico de glaciares.
La excursión se planifica durante la primavera del hemisferio norte. A diferencia de lo que sucede en el sur, en el círculo ártico el sol se pone a las 23:30 y reaparece a la 1:30 de la madrugada.
“Por la noche teníamos menos chances de encontrar agua”, explica sobre una modalidad que no siempre surtió efecto y los dejó caminando con agua helada hasta la cintura.

Durante tres semanas la rutina fue la misma: desayunar, desarmar el campamento, caminar una hora y parar 10 minutos para comer, armar el campamento y cenar. “Era todo por cronómetro”, remarca. No había tiempo para salirse del plan original. La comida se racionó para 28 días e incluso Mariano sufrió en carne propia la falta de medicinas al sufrir un esguince de rodilla que lo mantiene rengueando hasta estos días.
“No tengo miedo”, asegura sobre un contexto que conoce desde chico. A los 22 años un trabajo de verano a bordo de un barco terminó por depositarlo en la Antártida. Poco a poco dejó su lugar en una empresa de marketing deportivo y, desde entonces, participó en 150 expediciones en los últimos 13 años.
Nacido en el seno de una familia de marineros, comenzó conduciendo pequeñas embarcaciones esquivando trozos de hielo, se especializó en historia de exploración polar y se transformó en jefe de expedición.
El mar siempre está presente en su vida. Aquel bote pesquero en Isortoq navegó durante cuatro horas hasta la isla de Kulusuk, donde una pista de aterrizaje les permitió abordar un avión para llegar a Islandia y ponerle punto final a su diario de expedición.
“No me interesa hacer récords, me gusta descubrir lugares nuevos”, explica con entusiasmo, el mismo sentimiento con el que ya tiene prevista una expedición para fotógrafos en las Islas Georgias y el retorno a la Antártida, ese lugar en el que, además, conoció el amor.

En el círculo ártico el sol se pone a las 23:30 y reaparece a la 1:30.
La muerte viste de blanco
Los osos polares abundan en la costa este de Groenlandia. La escasa densidad de población les permite avanzar varios kilómetros en busca de alimento. “Si escapás te convertís en presa”, dice Mariano Curiel quien trabajó como guardia de osos en el Ártico.
Los últimos kilómetros de travesía expusieron al grupo a enfrentamientos con osos que pueden pesar hasta 800 kilos y correr a 40 kilómetros por hora.
“El rifle es la última instancia”, explica acerca de un entorno en el que un extranjero puede ir a la cárcel por dispararle a un oso a menos de 30 metros de distancia y no poder demostrar que fue en defensa propia.
Curiel reconoce que ante un oso se deja el arma cargada y lista para disparar. “Si levantás los bastones simulás ser una morsa y entienden que es uno de los pocos animales que pueden matarlos”, describe sobre una de las técnicas que utilizan en el norte.
Sin embargo ante un animal desnutrido las chances se agotan. Algunos prefieren cargar tubos de gas pimienta (del tamaño de un matafuegos) para disparar a 10 metros. No es el caso de Mariano.
“El oso está arriba de toda la cadena alimenticia. Come lo que quiere”, dice y recuerda ser testigo de
haberlos visto comiendo focas o ballenas belugas de un solo zarpazo.
CRUCE_GROENLANDIA2016 from Polarconnection on Vimeo.
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