Kirchner en la tercera vía

Redacción

Por Redacción

Por ser «la imagen» tan importante en el mundo actual, el protagonismo insolente del dictador cubano Fidel Castro y, en menor medida, del imprevisible líder venezolano Hugo Chávez, en la asunción de Néstor Kirchner perjudicó al país al brindar la impresión de que tal vez su nuevo mandatario soñara con emprender una aventura político-económica de consecuencias nada felices. En cambio, la participación de Kirchner en la especie de cumbre socialdemócrata en Londres que ha sido convocada para el mes que viene por el primer ministro británico Tony Blair, a la que también asistirían los presidentes del Brasil, Luiz Inácio «Lula» da Silva, y de Chile, Ricardo Lagos, podría permitirle renovar sus credenciales como un moderado comprometido con la democracia. Según se ha anunciado, el propósito de la reunión consiste en discutir la evolución de la tesis política, de origen londinense, que se conoce como la «tercera vía», o sea, del intento de seguir dando una forma concreta a los viejos ideales socialistas en una época dominada por el capitalismo liberal en la que hasta gobiernos que se creen progresistas, como el encabezado por el alemán Gerhard Schröder, se han visto obligados a batirse en retirada frente a «los mercados», necesidad que, como es natural, enfureció a los resueltos a continuar disfrutando de las «conquistas» sociales conseguidas por generaciones anteriores.

Si bien la «tercera vía» blairista fue vapuleada por izquierdistas que la creen virtualmente idéntica al conservadurismo de Margaret Thatcher y criticada con dureza similar por «neoliberales» hostiles a la intervención del Estado en la economía, hasta ahora ha resultado ser la única fórmula capaz de combinar el crecimiento con cierto grado de justicia social. Con todo, el que variantes de la «tercera vía» hayan funcionado relativamente bien en algunos países del norte de Europa y en los Estados Unidos de Bill Clinton, no quiere decir que puedan prosperar en América Latina, región en la que los problemas planteados por la pobreza extrema, la ignorancia, las deficiencias del Estado y la corrupción endémica son incomparablemente más graves que en zonas que se encuentran entre las más ricas del «Primer Mundo». Sin embargo, por angustiantes que sean las dificultades sociales de la Argentina, el Brasil y Chile, sus respectivos gobernantes no pueden darse el lujo de «subordinar lo económico a lo político», optando por dejar de preocuparse por «los números» para concentrarse en «lo humano» sin provocar tragedias todavía mayores.

Tan espinoso es el dilema así supuesto, que es comprensible que a veces ciertos gobiernos hayan elegido pasar por alto ya los factores económicos, ya los sociales, con la esperanza vana de que un período de crecimiento explosivo impulsado por el mercado o, caso contrario, un prodigio de voluntarismo solidario, terminaría produciendo una «solución» milagrosa, pero por razones evidentes experimentos de este tipo siempre terminan mal. En última instancia, el crecimiento de una economía capitalista depende casi por completo de «la calidad» social, mientras que es obviamente inútil prometer eliminar los problemas sociales sin contar con los recursos mínimos precisos para hacerlo. Es lógico, pues, que los dos caminos así supuestos se hayan agotado en demagogia al sentirse constreñidos los comprometidos con ellos a sustituir logros auténticos por meras promesas de mejoras futuras o por ofensivas verbales histéricas contra los acusados de ser malhechores responsables de todas las dificultades habidas y por haber. Así y todo, si bien en principio por lo menos una «tercera vía» entre el capitalismo liberal a ultranza y el estatismo asfixiante parecería ser la única alternativa factible en el mundo actual, los esfuerzos por ubicarla en el mapa latinoamericano han tenido resultados decepcionantes. Puede que en esta empresa el gobierno chileno haya sido el más exitoso y que Lula y Kirchner terminen adoptando estrategias parecidas aunque, por una cuestión de imagen, la «tercera vía» chilena carece por completo del atractivo para algunos irresistible del «modelo» vengativo cubano que, sus salvajismo intrínseco no obstante, sigue siendo el único que sea capaz de entusiasmar a multitudes en el corazón de Buenos Aires.


Por ser "la imagen" tan importante en el mundo actual, el protagonismo insolente del dictador cubano Fidel Castro y, en menor medida, del imprevisible líder venezolano Hugo Chávez, en la asunción de Néstor Kirchner perjudicó al país al brindar la impresión de que tal vez su nuevo mandatario soñara con emprender una aventura político-económica de consecuencias nada felices. En cambio, la participación de Kirchner en la especie de cumbre socialdemócrata en Londres que ha sido convocada para el mes que viene por el primer ministro británico Tony Blair, a la que también asistirían los presidentes del Brasil, Luiz Inácio "Lula" da Silva, y de Chile, Ricardo Lagos, podría permitirle renovar sus credenciales como un moderado comprometido con la democracia. Según se ha anunciado, el propósito de la reunión consiste en discutir la evolución de la tesis política, de origen londinense, que se conoce como la "tercera vía", o sea, del intento de seguir dando una forma concreta a los viejos ideales socialistas en una época dominada por el capitalismo liberal en la que hasta gobiernos que se creen progresistas, como el encabezado por el alemán Gerhard Schröder, se han visto obligados a batirse en retirada frente a "los mercados", necesidad que, como es natural, enfureció a los resueltos a continuar disfrutando de las "conquistas" sociales conseguidas por generaciones anteriores.

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