Convertibilidad a la europea

Redacción

Por Redacción

Hace algunos meses parecía que el euro tenía los días contados, pero al difundirse la impresión de que la crisis griega resultaría ser manejable, la “moneda única” logró recuperar una parte del terreno que había perdido frente al dólar estadounidense y se disipó la sensación de que la Unión Europea estaba por experimentar una convulsión equiparable con la que tantos estragos provocó en la Argentina a fines del 2001 y comienzos del 2002. Sin embargo, la semana pasada el nerviosismo volvió a los mercados internacionales debido a la caída imprevista del Producto Bruto Interno de Irlanda en el segundo trimestre del año y la difusión de datos según los cuales los costos que supondría el rescate del banco Anglo Irish serían insostenibles para un país que es relativamente chico. El caso irlandés es especialmente preocupante porque el gobierno, a diferencia de los de Grecia, España y Portugal, ha hecho todos los deberes recomendados tanto por el FMI como por las autoridades monetarias de la Eurozona: ha reducido drásticamente los salarios de los empleados públicos, no ha aumentado demasiado los impuestos y ha apostado a que la competitividad así restaurada le permita salir del pozo en que se precipitó al estallar la burbuja inmobiliaria y hacerse sentir las repercusiones del terremoto financiero originado en Estados Unidos. Según los partidarios de la austeridad, el remedio elegido debió haberle asegurado a Irlanda una pronta recuperación. Puede que a la larga quienes piensan así resulten tener razón, pero el que a pesar de todos los esfuerzos por apretar el cinturón Irlanda aún no haya comenzado a levantar cabeza ha servido para sembrar pesimismo en el resto de Europa, sobre todo en el sur, donde los gobiernos se sienten obligados a aplicar programas similares aun cuando tengan que enfrentar la oposición de sindicatos aguerridos. La situación en que se encuentran Irlanda, Grecia, España, Portugal e Italia se asemeja mucho a la de nuestro país en vísperas del colapso de la convertibilidad. Tienen que convivir con lo que es en efecto la moneda de otro país de tradiciones económicas que les son ajenas. Desgraciadamente para ellos, Alemania, el país que posee la economía más fuerte de la Eurozona y que lleva la voz cantante en el Banco Central Europeo, se caracteriza por una actitud aún más severa ante la inflación que la de los estadounidenses, de suerte que la camisa de fuerza monetaria resultante es más rígida de lo que fue la supuesta por la convertibilidad. Es comprensible, pues, que haya temores de que tarde o temprano los países de la periferia de la Eurozona opten por abandonar el uso de la moneda común. Si bien las consecuencias inmediatas serían muy dolorosas, muchos creen que dicha alternativa sería mejor que intentar persistir con la política de “devaluación interna”, que consiste en reducir el estándar de vida hasta que sea compatible con un nivel de productividad que, desde luego, es mucho más bajo que el alcanzado por los alemanes. Aunque lo mismo sucedería si los países en apuros rompieran con el euro y devaluaran repetidamente la resucitada moneda local, se trataría de una forma mucho menos directa, y por lo tanto menos traumática, de adaptarse a la realidad económica. Al igual que en nuestro país, el grueso de la clase política de Irlanda y los miembros del “club mediterráneo” se siente emotivamente comprometido con el esquema existente, razón por la que es reacio a abandonarlo. Por motivos de orgullo patriótico, y porque durante años el euro les resultó beneficioso, buena parte de la opinión pública comparte su punto de vista. Con todo, de seguir los gobiernos anunciando nuevos cortes –el español acaba de aprobar un presupuesto caracterizado por la austeridad, advirtiendo que el desempleo continuará afectando al 20% de la población activa–, la resistencia no podrá sino intensificarse. Puesto que es poco probable que una eventual recuperación se haga sentir en los meses próximos, parece inevitable que se intensifique la frustración que se ha apoderado de las decenas de millones de europeos que tienen motivos de sobra para temer por su futuro, ya que en la mayoría de los casos les resultará imposible conseguir un empleo que esté a la altura de expectativas que, hasta hace apenas dos años, les parecían perfectamente razonables.


Hace algunos meses parecía que el euro tenía los días contados, pero al difundirse la impresión de que la crisis griega resultaría ser manejable, la “moneda única” logró recuperar una parte del terreno que había perdido frente al dólar estadounidense y se disipó la sensación de que la Unión Europea estaba por experimentar una convulsión equiparable con la que tantos estragos provocó en la Argentina a fines del 2001 y comienzos del 2002. Sin embargo, la semana pasada el nerviosismo volvió a los mercados internacionales debido a la caída imprevista del Producto Bruto Interno de Irlanda en el segundo trimestre del año y la difusión de datos según los cuales los costos que supondría el rescate del banco Anglo Irish serían insostenibles para un país que es relativamente chico. El caso irlandés es especialmente preocupante porque el gobierno, a diferencia de los de Grecia, España y Portugal, ha hecho todos los deberes recomendados tanto por el FMI como por las autoridades monetarias de la Eurozona: ha reducido drásticamente los salarios de los empleados públicos, no ha aumentado demasiado los impuestos y ha apostado a que la competitividad así restaurada le permita salir del pozo en que se precipitó al estallar la burbuja inmobiliaria y hacerse sentir las repercusiones del terremoto financiero originado en Estados Unidos. Según los partidarios de la austeridad, el remedio elegido debió haberle asegurado a Irlanda una pronta recuperación. Puede que a la larga quienes piensan así resulten tener razón, pero el que a pesar de todos los esfuerzos por apretar el cinturón Irlanda aún no haya comenzado a levantar cabeza ha servido para sembrar pesimismo en el resto de Europa, sobre todo en el sur, donde los gobiernos se sienten obligados a aplicar programas similares aun cuando tengan que enfrentar la oposición de sindicatos aguerridos. La situación en que se encuentran Irlanda, Grecia, España, Portugal e Italia se asemeja mucho a la de nuestro país en vísperas del colapso de la convertibilidad. Tienen que convivir con lo que es en efecto la moneda de otro país de tradiciones económicas que les son ajenas. Desgraciadamente para ellos, Alemania, el país que posee la economía más fuerte de la Eurozona y que lleva la voz cantante en el Banco Central Europeo, se caracteriza por una actitud aún más severa ante la inflación que la de los estadounidenses, de suerte que la camisa de fuerza monetaria resultante es más rígida de lo que fue la supuesta por la convertibilidad. Es comprensible, pues, que haya temores de que tarde o temprano los países de la periferia de la Eurozona opten por abandonar el uso de la moneda común. Si bien las consecuencias inmediatas serían muy dolorosas, muchos creen que dicha alternativa sería mejor que intentar persistir con la política de “devaluación interna”, que consiste en reducir el estándar de vida hasta que sea compatible con un nivel de productividad que, desde luego, es mucho más bajo que el alcanzado por los alemanes. Aunque lo mismo sucedería si los países en apuros rompieran con el euro y devaluaran repetidamente la resucitada moneda local, se trataría de una forma mucho menos directa, y por lo tanto menos traumática, de adaptarse a la realidad económica. Al igual que en nuestro país, el grueso de la clase política de Irlanda y los miembros del “club mediterráneo” se siente emotivamente comprometido con el esquema existente, razón por la que es reacio a abandonarlo. Por motivos de orgullo patriótico, y porque durante años el euro les resultó beneficioso, buena parte de la opinión pública comparte su punto de vista. Con todo, de seguir los gobiernos anunciando nuevos cortes –el español acaba de aprobar un presupuesto caracterizado por la austeridad, advirtiendo que el desempleo continuará afectando al 20% de la población activa–, la resistencia no podrá sino intensificarse. Puesto que es poco probable que una eventual recuperación se haga sentir en los meses próximos, parece inevitable que se intensifique la frustración que se ha apoderado de las decenas de millones de europeos que tienen motivos de sobra para temer por su futuro, ya que en la mayoría de los casos les resultará imposible conseguir un empleo que esté a la altura de expectativas que, hasta hace apenas dos años, les parecían perfectamente razonables.

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