La caída continúa
Es una suerte para el gobierno que tanto los economistas como “la gente” se hayan habituado a prestar más atención a lo ocurrido en un lapso relativamente breve, que a las tendencias de largo plazo. Si en el transcurso de un año el producto bruto baja el 16% pero en el siguiente aumenta el cinco, todos concordarán en que la recesión terminó y que el país está disfrutando de un período de auge. He aquí una razón por la que la sensación de crisis terminal que se apoderó del país a fines del 2001 se ha visto reemplazada por otra mucho más optimista. En comparación con las arrojadas en el 2002, las cifras económicas fueron por lo común promisorias. ¿Por qué preocuparse, pues, si la recuperación ya está en marcha?
La voluntad oficial de hacer pensar que todo va viento en popa y que gracias a su manejo sobrio de la economía los desastres del pasado reciente ya quedan atrás, puede comprenderse. Puesto que no parece tener la más mínima intención de procurar instrumentar un “plan” ambicioso encaminado a producir cambios drásticos no tiene por qué preparar al país para emprender un gran esfuerzo colectivo advirtiendo a la ciudadanía de que si no lo hace el futuro será sombrío para casi todos, pero especialmente para los millones que en un país económicamente sano disfrutarían de las mismas comodidades y oportunidades que sus pares de Estados Unidos o Europa. Sin embargo, aunque desde un punto de vista político es lógico el deseo oficial de hacer creer que en adelante todo será mejor sin que haya ninguna necesidad de realizar reformas dolorosas, acaso nos convendría más inquietarnos por las consecuencias a largo plazo de la descapitalización que fue ocasionada por el colapso de la convertibilidad, por un default insolente y por la propensión oficial a tomar el sector privado, sea éste argentino o internacional, por un enemigo natural. Según las cifras disponibles, aunque no haya más convulsiones en los años próximos y los inversores, los que por fortuna suelen ser bastante amnésicos, decidan incluir a la Argentina en su lista de mercados “emergentes” atractivos, tendrían que pasar por lo menos cinco años más para que por fin contemos con un grado de capitalización que sea igual al registrado en el 2000. Mientras tanto, el país seguirá viviendo de lo acumulado en épocas anteriores aunque el “stock de capital” así supuesto sea cada vez más anticuado.
No se trata de un problema menor. Sin inversiones adecuadas, las fábricas no podrán hacerse más productivas, los servicios no podrán ser más eficientes y será imposible que la infraestructura no se deteriore, con el resultado inevitable de que continuará ampliándose la brecha que nos separa de los países más avanzados que incluso en los peores momentos no han dejado de invertir. Por constituir la productividad y el uso eficiente de los recursos materiales y humanos las claves del desarrollo, esto quiere decir que a menos que se revierta muy pronto el proceso de descapitalización, la Argentina sencillamente no estará en condiciones de aprovechar el nuevo boom de las inversiones extranjeras que parece estar por concretarse. En efecto, en la actualidad, en los mercados financieros se da un superávit de dinero listo para invertirse que se mantiene inmovilizado porque la zona del euro está en apuros, la recuperación estadounidense es aún embrionaria, el Japón se resiste a salir de más de una década de estancamiento y el panorama ante los países subdesarrollados, sin excluir la China, parece excesivamente incierto por motivos políticos y sociales. En otras circunstancias, la Argentina pudiera haberse visto beneficiada por los problemas tanto de los países avanzados como de la mayoría de los demás porque, al fin y al cabo, es llamativamente tranquila y en teoría por lo menos sus recursos humanos son suficientes como para posibilitar muchos años de crecimiento sustentable. Sin embargo, debido en parte a la decisión del gobierno de Kirchner de subordinar sistemáticamente lo económico a lo político, no es nada probable que los grandes inversores internacionales opten por arriesgarse ni que los argentinos -los que por motivos evidentes propenden a confiar aún menos en el porvenir del país que los extranjeros- se sientan tentados a repatriar el dinero que tienen colocado en el exterior.
Es una suerte para el gobierno que tanto los economistas como “la gente” se hayan habituado a prestar más atención a lo ocurrido en un lapso relativamente breve, que a las tendencias de largo plazo. Si en el transcurso de un año el producto bruto baja el 16% pero en el siguiente aumenta el cinco, todos concordarán en que la recesión terminó y que el país está disfrutando de un período de auge. He aquí una razón por la que la sensación de crisis terminal que se apoderó del país a fines del 2001 se ha visto reemplazada por otra mucho más optimista. En comparación con las arrojadas en el 2002, las cifras económicas fueron por lo común promisorias. ¿Por qué preocuparse, pues, si la recuperación ya está en marcha?
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora