Sin repercusiones
Para algunos optimistas, el que el día en que el presidente Néstor Kirchner optó por entrar en default con el FMI los mercados reaccionaran frente a la noticia con indiferencia llamativa, como si se tratara de un asunto sin mucha importancia, se habrá debido a que todos entendieran que sólo se trataba de un maniobra negociadora atribuible a la proximidad de elecciones presuntamente clave en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, pero por desgracia la pasividad de los agentes económicos tiene otra explicación.
Sucede que los mercados ya daban por descontado que la economía argentina estaba en la lona y que si bien por ahora no caerá más, tampoco podrá levantarse. Esta realidad desagradable se ve reflejada por la cotización del peso, que por cierto no tiene mucho que ver con su poder de compra en el país, y por el nivel de los índices bursátiles cuya apariencia aceptable es el resultado natural de la gran devaluación de comienzos del año pasado. Si los inversores sintieran más confianza en el futuro del país, el valor del peso aumentaría y también lo harían los índices sumamente deprimidos de la Bolsa.
De haber existido la impresión de que la Argentina estaba por superar los problemas traumáticos que fueron ocasionados por la implosión de la convertibilidad, el default con el FMI que por dos días la puso fugazmente a la par de los estados más miserables de la Tierra como Liberia y el ex Zaire hubiera tenido un impacto realmente devastador al provocar el colapso de las acciones de las empresas, una corrida bancaria y la jibarización de la moneda, pero puesto que ya hemos experimentado todos estos males y el país sigue anestesiado, no sucedió nada.
Aunque tanta insensibilidad puede complacer al gobierno porque a su entender confirma que la mayoría está conforme con su gestión, no puede sino preocupar a quienes se niegan a resignarse a la atrofia de la Argentina que le supondrían años sin inversiones importantes. La conciencia generalizada de que las secuelas del default y de la pesificación pudieron haber sido peores y que por lo tanto debemos sentirnos agradecidos por no haber tenido que soportar una nueva marejada hiperinflacionaria es sin duda un síntoma de madurez, pero ya es hora de pensar en lo que podríamos hacer para que en el futuro todo sea decididamente mejor.
Al tratar al FMI como un adversario al que le es preciso derrotar, obligándolo a aceptar condiciones mucho menos duras que las logradas por los gobiernos del Brasil y de Turquía, y al proclamarse paladín de la lucha contra el “neoliberalismo” en todas sus muchas manifestaciones, el presidente Kirchner y sus allegados se las han arreglado para aprovechar al máximo en términos políticos la transformación del país en un virtual paria financiero. Sin embargo, ocurre que los costos de tal “lucha” están haciéndose cada vez más onerosos.
Librar una suerte de guerra contra los inversores, informándoles que por orgullo o “dignidad” o lo que fuera el país no tiene ninguna intención de hacerse más confiable, puede encantar a los teóricos de la izquierda, pero es claramente contraproducente para todos los demás. Ese fue precisamente el mensaje del presidente en su discurso ante la Asamblea de la ONU, que mereció atención por ser el exponente de una posición que osó negociar y acordar con el FMI desde la dureza.
Aunque por motivos políticos al gobierno le resulte ventajoso en el corto plazo desempeñar el papel de firme defensor de la Argentina contra un mundo insaciable que no la respeta, en el mediano plazo su falta de interés auténtico por atraer inversiones en cantidades suficientes terminará socavándolo.
Puede que sea escaso el riesgo de que el país sufra otra convulsión equiparable con aquellas que fueron provocadas por la declaración triunfal del default y por la salida atropellada de la convertibilidad, pero esto no quiere decir que no nos aguarden peligros que a la larga podrían tener consecuencias todavía más nefastas. Si el gobierno persiste en privilegiar sus propios intereses políticos por encima de la necesidad de mejorar nuestra relación económica con “el mundo” y de emprender reformas “estructurales” ambiciosas, el porvenir nacional se caracterizará por el deterioro constante de los servicios públicos, la pérdida de competitividad de las empresas privadas y, lo que sería peor, la reducción irreversible del nivel educativo de sectores muy amplios de la población.
Para algunos optimistas, el que el día en que el presidente Néstor Kirchner optó por entrar en default con el FMI los mercados reaccionaran frente a la noticia con indiferencia llamativa, como si se tratara de un asunto sin mucha importancia, se habrá debido a que todos entendieran que sólo se trataba de un maniobra negociadora atribuible a la proximidad de elecciones presuntamente clave en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, pero por desgracia la pasividad de los agentes económicos tiene otra explicación.
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