Movimiento disperso
Surge una suerte de pacto entre el trío Reutemann-Ruckauf-De la Sota y el gobierno nacional. No favorece el proyecto de Menem.
Al ex presidente Carlos Menem le gustaría que el Partido Justicialista se convirtiera en un bloque disciplinado que se pusiera a defender su gestión con pasión y a aprovechar los muchos flancos débiles de la Alianza gobernante, pero aunque tales objetivos parecen lógicos, ya no parece estar en condiciones de alcanzarlos debido a las particularidades inherentes al movimiento. A comienzos de su gobierno, Menem se vio beneficiado por el escaso interés de sus compañeros por los temas ideológicos, los cuales les parecieron decididamente menos significantes que su célebre “vocación de poder”, pero en cuanto comenzó a menguar su propia popularidad esta característica se transformó para él en una fuente de graves problemas de toda clase.
Es que muchos peronistas, lejos de sentirse comprometidos con lo que hizo el entonces presidente durante sus más de diez años en la Casa Rosada, preferirían olvidarlo cuanto antes para volver al populismo demagógico de antes, actitud que sin duda se modificaría si tuvieran motivos para creer que las acciones menemistas se recuperarían en los próximos meses, mientras que otros, si bien están dispuestos a reivindicar sin ambages los cambios económicos que se produjeron en la primera mitad de la década de los noventa, se saben rivales de Menem y por lo tanto son reacios a someterse de modo inequívoco a su liderazgo.
Para colmo, estos últimos, los más dispuestos a respetar “el modelo” menemista, Carlos Reutemann, Carlos Ruckauf y, a su modo, José Manuel de la Sota, gobiernan las tres provincias más importantes y por lo tanto quieren tener una buena relación con el presidente Fernando de la Rúa, dirigente con el cual tienen mucho en común. Así, pues, está concretándose una suerte de pacto no escrito entre este trío “posmenemista”, de mentalidad conservadora, y el gobierno nacional, que claramente no favorece el proyecto de Menem de hacer del peronismo una fuerza opositora muy dura que, en base a su control del Senado, logre obligar a la Alianza a obedecerla. Otro obstáculo en el camino de Menem consiste en el duhaldismo: el ex gobernador bonaerense, hombre de instintos netamente populistas, no lo ha perdonado por el aporte a su derrota en las elecciones del año pasado, razón por la cual no ha vacilado en aliarse con Domingo Cavallo, el crítico número uno de la corrupción menemista, en la ciudad de Buenos Aires. En consecuencia, Menem está viéndose constreñido a depender de la voluntad de ciertos diputados y senadores que a pesar de su poder actual no cuentan con demasiado prestigio social, deficiencia que significa que andando el tiempo perderán cada vez más peso político.
Tanto la capacidad de Menem de romper con el pasado peronista sin por eso granjearse la hostilidad de los caciques del PJ como su incapacidad de convencerlos de la conveniencia de seguir apoyándolo, además de las contradicciones exageradas que surgieron durante una campaña electoral en la que el candidato “oficialista” procuró ser más antioficialista que el representante de la oposición, tienen que ver con el hecho de que el peronismo aún no haya conseguido ajustarse plenamente a la democracia tal como se la practica en el mundo moderno. Por ser cuestión de un movimiento personalista, para no decir verticalista, Menem no tuvo otra alternativa que intentar una segunda reelección porque de lo contrario el PJ se hubiera quedado sin un líder indiscutido. Sin embargo, al enfrentarse con Duhalde, el cual reaccionó criticando con furia anacrónica el “modelo” y, como si esto no fuera suficiente, pidiendo a los acreedores que condonaran la deuda externa, Menem virtualmente aseguró que De la Rúa triunfaría. Pero, claro está, los conflictos así desatados, combinados con la confusión ideológica o doctrinaria del peronismo, no sólo le impidieron conservar el poder, sino que también supusieron que en el llano propendiera a dividirse en una multitud de líneas internas, de las cuales algunas están mucho más interesadas en poner fin al largo predominio del ex presidente que en acosar a su sucesor.
Al ex presidente Carlos Menem le gustaría que el Partido Justicialista se convirtiera en un bloque disciplinado que se pusiera a defender su gestión con pasión y a aprovechar los muchos flancos débiles de la Alianza gobernante, pero aunque tales objetivos parecen lógicos, ya no parece estar en condiciones de alcanzarlos debido a las particularidades inherentes al movimiento. A comienzos de su gobierno, Menem se vio beneficiado por el escaso interés de sus compañeros por los temas ideológicos, los cuales les parecieron decididamente menos significantes que su célebre “vocación de poder”, pero en cuanto comenzó a menguar su propia popularidad esta característica se transformó para él en una fuente de graves problemas de toda clase.
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