A la deriva
Ante un presidente vacilante, el sucesor de Remes se sentirá débil como para tomar las medidas drásticas necesarias.
Según virtualmente todos los criterios concebibles, la breve gestión del ahora ex ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, resultó ser un desastre con muy pocos atenuantes: el peso perdió más de dos tercios de su valor, la desocupación aumentó a un ritmo angustiante, los ingresos se redujeron, el sistema financiero colapsó y se puso en marcha un proceso inflacionario que pronto podría adquirir proporciones catastróficas, sin que se diera señal alguna de que la tan ansiada recuperación estuviera por manifestarse. Sin embargo, a pesar de tamaño catálogo de calamidades, la decisión de Remes de renunciar a causa de la negativa del Congreso a debatir un proyecto de ley destinado a transformar en bonos de valor dudoso la mayor parte del dinero atrapado en el corralito ha asestado un golpe muy fuerte al precario gobierno «de emergencia» que encabeza el presidente Eduardo Duhalde. Aunque el ex ministro nunca pudo controlar las fuerzas destructivas que él mismo había desatado al devaluar sin haber pensado debidamente en todas las consecuencias que tendría dicha medida para un país tan legal y psicológicamente dolarizado como está la Argentina, tanto aquí como en el exterior merecía respeto por su ecuanimidad, su presunta competencia profesional y, sobre todo, por la convicción, justificada o no, de que sería capaz de impedir que su jefe se entregara a sus instintos populistas.
Puesto que Duhalde mismo, en un alarde de sinceridad poco común en nuestro país, ha confesado no entender nada de economía -lo cual podría tomarse por una forma de achacar a otro la responsabilidad por todas las desgracias-, la ausencia del hombre que lo ha acompañado durante buena parte de su carrera pública no puede sino dejar un vacío muy peligroso en un entorno que, como es notorio, no se destaca por el nivel de sus integrantes. Además, es de prever que, por no contar con la plena confianza de un presidente que ya es excesivamente proclive a vacilar, el sucesor de Remes se sentirá demasiado débil como para tomar las medidas drásticas y con toda seguridad impopulares que serán necesarias para frenar una caída que está teniendo efectos devastadores en la vida nacional y que, de continuar mucho más, privará a la Argentina de la posibilidad de convertirse en un «país normal», definición ésta del objetivo que Remes había pensado alcanzar mediante la «pesificación». Para colmo, aun cuando Duhalde consiguiera encontrar a un «superministro» con la autoridad personal que le permitiría dominar una situación caótica al brindar la impresión de que él por lo menos estaba en condiciones de dominarla, su costumbre de contradecir esporádicamente a sus colaboradores con miras a subrayar su propio ascendiente no tardaría en socavarlo. Por lo tanto, las perspectivas frente al país son aún más negras de lo que eran antes de que Remes optara por dar su paso al costado.
Desafortunadamente para todos, los legisladores peronistas, radicales, frepasistas e izquierdistas que terminaron oponiéndose con éxito a la gestión de Remes, más «la gente» que por motivos respetables ha estado protestando ruidosamente contra el nuevo plan Bonex, parecen saber muy bien lo que no están dispuestos a tolerar, pero cuando se trata de proponer alternativas factibles pocos pretenden tener la más mínima idea de lo que convendría hacer. Los que se han afirmado contrarios a los bancos prefieren pasar por alto el hecho evidente de que si éstos se derrumban llevarán consigo todo el dinero depositado en ellos. Asimismo, quienes han estado vociferando eslóganes contra el FMI parecen suponer que si sus representantes se fueran, el país, libre por fin de una tutela sin duda humillante, podría dedicarse a prosperar: huelga decir que es tan engañosa como mostró ser la versión original esta nueva variante de la ilusión de que rehusar pagar la deuda pública nos permitiría gastar el dinero así «ahorrado» en escuelas y hospitales. Lejos de facilitar las cosas, romper con el Fondo las haría más difíciles todavía, aunque tal vez tendría la gran ventaja de enseñarles a ciertos «dirigentes» que la crisis económica no es una mera ficción numérica inventada por banqueros, especuladores y «neoliberales» vinculados con una entidad internacional interesada en extorsionarlos, sino una realidad bien concreta.
Según virtualmente todos los criterios concebibles, la breve gestión del ahora ex ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, resultó ser un desastre con muy pocos atenuantes: el peso perdió más de dos tercios de su valor, la desocupación aumentó a un ritmo angustiante, los ingresos se redujeron, el sistema financiero colapsó y se puso en marcha un proceso inflacionario que pronto podría adquirir proporciones catastróficas, sin que se diera señal alguna de que la tan ansiada recuperación estuviera por manifestarse. Sin embargo, a pesar de tamaño catálogo de calamidades, la decisión de Remes de renunciar a causa de la negativa del Congreso a debatir un proyecto de ley destinado a transformar en bonos de valor dudoso la mayor parte del dinero atrapado en el corralito ha asestado un golpe muy fuerte al precario gobierno "de emergencia" que encabeza el presidente Eduardo Duhalde. Aunque el ex ministro nunca pudo controlar las fuerzas destructivas que él mismo había desatado al devaluar sin haber pensado debidamente en todas las consecuencias que tendría dicha medida para un país tan legal y psicológicamente dolarizado como está la Argentina, tanto aquí como en el exterior merecía respeto por su ecuanimidad, su presunta competencia profesional y, sobre todo, por la convicción, justificada o no, de que sería capaz de impedir que su jefe se entregara a sus instintos populistas.
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